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PANTALÓN (siglo XVII, Italia)
Un personaje cómico del folklore italiano daría nombre,
a través de su conducta y atuendo, a esta prenda
esencial de la indumentaria masculina y, con el tiempo,
femenina. Abyecto esclavo del dinero, Pantaleone hacía
pasar tanta hambre a sus criados, que los esqueletos de
éstos no proyectaban sombra. Aunque se jactaba de tener
reputación de gentilhombre, flirteaba con toda clase de
mujeres, que se mofaban públicamente de él. Tales son
los rasgos del flaco, moreno y barbudo Pantaleone de la
“commedia dell'arte” italiana del siglo XVI. Y este
personaje llevaba unos pantalones unas veces tensados
entre el tobillo y la rodilla, y otras sueltos y
colgantes como una falda.
Las comedias de este género eran representadas por
grupos de actores ambulantes que recorrían Inglaterra y
Francia, y el personaje Pantalón siempre aparecía con
unos pantalones exagerados. En Francia, él y su prenda
de vestir eran llamados “Pantalón”, y en Inglaterra, “Pantaloon”.
Shakespeare contribuyó a popularizar el término
británico en su obra “Como ustedes gusten”. En el siglo
XVIII, el pantalón consiguió una difusión total, tanto
en Europa como en América, si bien las mujeres tuvieron
que esperar hasta el siglo XX para hacer suya esta
prenda hasta entonces tan exclusivamente masculina.
BOLSILLOS
Tan simples e indispensables son los bolsillos en un
pantalón, que cuesta creer que no existían antes de las
últimas décadas del siglo XVI. Monedas, llaves y
objetos personales se envolvían en un trozo de tela, una
bolsa improvisada, y se ataban a cualquier parte del
atuendo personal.
En el siglo XVI, un lugar corriente donde llevar el
hombre sus efectos personales era la bolsa frontal que
formaban sus calzones.
Tuvo su origen como abertura o bragueta, pero cayó en
desuso cuando su exagerado tamaño llegó a resultar
ridículo y embarazoso. La moda de la época dictaba que
esta pieza de quitaipón se forrase con tela gruesa, y
así se convirtió en lugar ideal para transportar la
bolsa que contenía las pertenencias más valiosas.
Después se mantuvo la bolsa interior, pero más pequeña y
provista de un cordón que sobresalía de la cintura, con
lo que dio un paso más para convertirse en el forro que
es en realidad el bolsillo.
Los primeros bolsillos en calzas y calzones aparecieron
muy a fines del siglo XVI y evolucionaron en dos fases.
Primero se practicó una abertura como costura exterior
en los calzones, por entonces muy ajustados, y en esta
abertura se introducía la bolsa de tela con las
pertenencias del usuario. Esta bolsa independiente no
tardaría en convertirse en característica permanente
del pantalón, cosida a él.
Los bolsillos demostraron de inmediato su utilidad, y en
el siglo siguiente formaban ya parte de capas y abrigos
de hombres y mujeres. Primero estuvieron situados en el
borde inferior del abrigo, pero más tarde ascendieron
hasta la altura de la cadera.
TIRANTES
Un antecesor de los tirantes para sujetar el pantalón
fueron las ligas, que, todavía no elásticas, se ataban
a la pantorrilla para sostener los calcetines. Los
tirantes fueron introducidos en Inglaterra en el siglo
XVIII en su forma clásica, es decir, pasando por encima
de los hombros y abrochados con botones al pantalón.
LEOTARDOS
Similares a las antiquísimas medias muy ajustadas que
llevaron los hombres en toda Europa, los leotardos deben
su nombre a Jules Léotard, artista francés del trapecio
en el siglo XIX. Ataviado con las mallas ajustadas que
se convirtieron en su marca personal, Léotard
impresionaba a su público con sus saltos mortales en el
vacío, y también con la osadía de su atuendo. Tenía un
gran número de admiradoras y aconsejaba a los hombres
que si querían “verse adorados por las damas”, debían
adoptar “una indumentaria más natural, que no ocultara
sus mejores características”.
BLOOMERS (bombachos)
Unos pantalones bombachos, muy amplios, cerrados a la
altura de los tobillos y a juego con una túnica corta y
provista de cinturón, constituían el atuendo de Amelia
Jenks Bloomer, de Homer, en Nueva York, en 1851. Lo
había copiado de una amiga suya, Elizabeth Smith Miller,
pero fue la señora Bloomer, una pionera del feminismo y
firme partidaria de las doctrinas de la reformista Susan
B. Anthony, quien llegó a estar tan identificada con
esta indumentaria de corte masculino que le dio su
nombre.
Los pantalones, en aquel entonces prenda exclusivamente
masculina, atraían a Amelia Bloomer. Ésta defendía la
reforma en la indumentaria femenina basándose en que la
falda ahuecada con miriñaque, corriente en la época, era
inmodesta, incómoda y voluminosa, y que no sólo
dificultaba los movimientos, sino que impedía atender a
las funciones corporales. Y esta situación empeoró con
el rígido corsé de tela y pelo de caballo que se puso de
moda en la década de 1840 y que pretendía acentuar la
femineidad de un vestido.
Amelia Bloomer rechazó la moda popular y, a partir de
1851, empezó a aparecer en público con sus pantalones
bombachos y su túnica corta, y al sumarse más mujeres a
la campaña por el derecho de sufragio, la Bloomer
convirtió los pantalones en el uniforme de la rebelión.
Esta tendencia recibió un impulso adicional con la
pasión que despertó la bicicleta en las dos últimas
décadas del siglo. Las faldas se enganchaban con
frecuencia en el piñón o la cadena, ocasionando
accidentes más o menos graves, y los bloomers se
convirtieron en el atuendo ideal para las ciclistas. De
este modo se inició el declive de la antigua tradición
de quién ha de llevar los pantalones en la familia.
PANTALONES VAQUEROS (década de 1860, San Francisco)
Antes de que los pantalones vaqueros o tejanos fueran
azules, y antes incluso de que fueran pantalones, se
daba el nombre de “jeans” a una tela de algodón tipo
sarga, utilizada para confeccionar ropas de trabajo
resistentes. Este tejido se fabricaba en la ciudad
italiana de Génova, llamada por los franceses, Genes,
de donde el nombre posterior de jeans.
Sin embargo, el origen de los pantalones vaqueros es la
historia de un sastrecillo inmigrante de diecisiete
años, llamado Levi Strauss. Cuando Strauss llegó a San
Francisco durante la fiebre del oro, en la década de
18S0, se dedicó a vender la lona tan necesaria para las
tiendas y los toldos de las carretas. Astuto
observador, comprendió que los mineros pulverizaban
literalmente y en muy poco tiempo sus pantalones, por
lo que Strauss confeccionó algunos utilizando gruesa
tela de lona. Aunque ásperos y rígidos, estos pantalones
demostraron ser tan resistentes que Strauss se vio muy
solicitado como sastre.
Hacia el año 1860, sustituyó la lona por una tela más
suave fabricada en Nimes, en Francia. Conocido en Europa
como “serge de Nimes”, en América el nombre de este
tejido se pronunciaba “denim”, y Strauss descubrió que
tiñendo de un azul índigo los pantalones,
originariamente de color neutro, aumentaba de modo
considerable su popularidad, ya que las manchas que
caían se veían menos. Para conseguir un cómodo ajuste,
los vaqueros remojaban en un abrevadero de caballos los
pantalones de Strauss y después los dejaban secar al
sol, para que se encogieran y quedaran a la medida.
Pero si bien estos pantalones de sarga eran muy
resistentes a los desgarrones, los mineros se quejaban
de que el peso de las herramientas a menudo abría las
costuras en los bolsillos, y Strauss solventó este
problema aprovechando una idea de Jacob Davis, un sastre
judío ruso. En el año 1873 aparecieron remaches de cobre
en las costuras de cada bolsillo, así como un remache
en la base de la braguera para evitar que se descosiera
la costura de la entrepierna cuando el minero trabajaba
en cuclillas.
Sin embargo este remache en la entrepierna generó otro
tipo de queja. Los mineros, que prescindían de toda ropa
interior, descubrieron que al colocarse en cuclillas
demasiado cerca de un fuego de campamento, el remache se
calentaba hasta el punto de ocasionar una dolorosa
quemadura. El remache de la entrepierna fue abandonado.
Los remaches de los bolsillos se mantuvieron hasta el
año 1935, fecha en que se formularon quejas de muy
distinta índole. Eran muchos los niños que en todo el
país llevaban pantalones vaqueros para ir a la escuela,
y las autoridades docentes informaron de que los
remaches del bolsillo posterior arañaban y estropeaban
irremediablemente los bancos y pupitres de madera. Así
pues, los remaches de bolsillos fueron abandonados.
Los vaqueros, estrictamente utilitarios, se convirtieron
por primera vez en prenda de moda en el año 1935, cuando
apareció “un anuncio en la revista “Vogue”.
Representaba a dos mujeres de la alta sociedad ataviadas
con bien ajustados vaqueros, y pregonaba una tendencia
llamada “chic del Oeste”. Sin embargo, poco representó
esta novedad comparada con la erupción que produjo la
competición entre diseñadores de pantalones vaqueros en
los años setenta. Esta prenda, en otro tiempo destinada
al trabajo, se convirtió en la indumentaria más adecuada
para las actividades al aire libre, creando una
industria multimillonaria. En el apogeo de la guerra
entre los diseñadores de vaqueros, los pantalones
Calvin Klein, por ejemplo, a pesar de su elevado precio,
cincuenta dólares (o tal vez a causa del mismo), se
vendían a razón de 250.000 unidades por semana.
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ZAPATOS (antes del año 2.000 a.C., Próximo Oriente)
Aunque ciertas prendas tuvieron su origen en la
necesidad de proteger y cubrir el cuerpo, desde los
tiempos más remotos la mayoría de las prendas surgieron
como manifestación de categoría y rango social. Color,
estilo y tela distinguían al sumo sacerdote del hombre
del pueblo llano, al magistrado del delincuente, y al
jefe militar de sus subordinados. De hecho, la
indumentaria sigue siendo el medio más patente para
exteriorizar una jerarquía social. En cuanto a las
contribuciones aportadas a la moda por los dictados de
la modestia, nada tuvieron que ver, en general, con el
origen del vestido, y estamparon su sello particular (y
a menudo peculiar) en el atuendo siglos más tarde.
Los zapatos, aunque indiscutiblemente prácticos,
constituyen un temprano ejemplo de la indumentaria como
indicador de categorías.
El calzado más antiguo que se conoce es la sandalia.
Fabricada con papiro tejido, fue descubierta en una
tumba egipcia con una antigüedad de 2.000 años a.C. Las
sandalias, el calzado más usado en la Antigüedad en
climas cálidos, ofrecían toda una variedad de formatos,
acaso tan numerosos como los modelos hoy a nuestra
disposición.
Las sandalias griegas de cuero, o “krepis”, se
fabricaban en diversos colores y con adornos variados,
incluso oro. Las “crepida” romanas tenían la suela más
gruesa y costados de cuero, y se ataban por encima del
empeine. Los galos preferían el “campagus”, con más
caña, y los moros calzaban la alpargata de cáñamo o de
esparto trenzado. A partir de tumbas y pinturas
antiguas, los arqueólogos han catalogado cientos de
modelos de sandalia.
Aunque las sandalias fueran el calzado más corriente en
la Antigüedad, también se utilizaban otros tipos. El
primer zapato propiamente dicho que se conoce es un
modelo de cuero en forma de mocasín. Se sujetaba al pie
con unos cordones de cuero sin curtir y gozó de
especial predilección en Babilonia hacia 1.600 años
a.C.
A partir del año 600 a.C., las mujeres griegas de la
clase alta adoptaron un calzado de cuero similar,
ajustado al pie, y los colores de moda eran el blanco y
el rojo. Los romanos fueron los primeros en establecer,
alrededor del año 200 a.C., gremios de zapateros, y
estos profesionales fueron también los primeros en
diferenciar el calzado para el pie izquierdo y para el
derecho.
Tanto en estilo como en color, el calzado romano
designaba claramente a la clase social. Las mujeres de
alcurnia lucían zapatos cerrados blancos y rojos y, en
las ocasiones especiales, verdes o amarillos. Las
mujeres de menor rango calzaban sandalias de cuero
abiertas en sus colores naturales. Oficialmente, los
senadores llevaban zapatos de color marrón, con cuatro
tiras de cuero negro alrededor de la pantorrilla, hasta
la mitad de la misma y atadas con dobles nudos. Los
cónsules lucían calzado blanco. Todavía no existían
marcas, pero sí ciertos profesionales agremiados cuyos
productos eran muy solicitados por su confección
excepcional y su comodidad. Huelga precisar que este
calzado era mucho más caro.
Hasta la primera década del siglo XIV, en las sociedades
europeas más civilizadas, ni siquiera la realeza podía
adquirir calzado según medidas estándar. Incluso los
zapatos más caros, hechos a la medida, podían variar en
tamaño de un par a otro, según las mediciones efectuadas
y la habilidad artesana de cada zapatero.
Estas deficiencias empezaron a subsanarse en el año
1305, cuando el monarca británico Eduardo I decretó
que, para conseguir un nivel de precisión en ciertos
oficios, una pulgada había de ser considerada como la
longitud de tres espigas de cebada, secas y puestas una
a continuación de otra. Los zapateros británicos
adoptaron esta medida y empezaron a fabricar el primer
calzado de horma estándar. Un zapato de niño que midiera
trece espigas de cebada pasó a ser considerado del
número 13, y así se pedía en la tienda. Y aunque los
zapatos confeccionados para el pie derecho y el
izquierdo habían dejado de existir después de la caída
del Imperio Romano, reaparecieron en la Inglaterra del
siglo XIV.
Por
la misma época, hizo su aparición un nuevo estilo: los
zapatos con puntas extremadamente largas y afiladas. La
moda llegó al extremo de que Eduardo III de Inglaterra
promulgó una ley que prohibía que las puntas se
alargaran dos pulgadas más allá del dedo gordo. Durante
algún tiempo, se obedeció este edicto, pero a
principios del siglo XIV había ya zapatos con puntas de
casi medio metro, cuyos usuarios tropezaban
continuamente con sus propios pies.
Este calzado, los llamados “crakows”, surgido en el
ambiente que auguraba el Renacimiento, introdujo nuevas
tendencias en el estilo de los zapatos, reemplazando una
moda extrema por otra igualmente extrema. El zapato
absurdamente largo y puntiagudo, por ejemplo, fue
sustituido por otro cortísimo y de una anchura casi
cómica, que bien podía acomodar otros cinco dedos.
En el siglo XVII, el llamado “oxford”, un zapato bajo de
piel de becerro, atado sobre el empeine a través de tres
o más ojales, fue la creación de los zapateros de
aquella ciudad universitaria inglesa.
En Norteamérica, el diseño dio en aquella época un paso
atrás, pues los primeros artesanos de la colonia sólo
ofrecían zapatos cortados de una sola pieza, sin
diferenciar pie derecho e izquierdo.
Los ricos recurrían al calzado importado de Inglaterra.
La selección, precio y comodidad del calzado mejoraron
a mediados del siglo XVIII cuando se inauguró la primera
fábrica americana de este ramo en Massachusetts. Estos
zapatos fabricados en serie todavía se cortaban y
cosían a mano, operaciones que realizaban en casa
mujeres y chiquillos a cambio de un magro estipendio.
Después se completaba el montaje en la fábrica.
La mecanización completa de la confección de calzado, y
con ella la auténtica producción en serie, tardó en
llegar. En 1892, la Manfield Shoe Company de Northampton,
en Inglaterra, puso en marcha las primeras máquinas
capaces de producir zapatos de calidad en medidas
estándar y en grandes cantidades.
BOTAS
(1.100 años a.C., Asiria)
Las botas se originaron como calzado para las batallas.
Los sumerios y los egipcios enviaban a sus soldados a
combatir descalzos, pero hacia 1.100 años a.C., los
asirios introdujeron unas botas de cuero hasta media
pantorrilla, sujetas con cordones y con suela provista
de un refuerzo metálico.
Se sabe que los asirios, y los hititas, unos y otros
expertos zapateros, disponían de botas militares con
los pies izquierdo y derecho diferenciados. Una
traducción de un texto hitita se refiere a Telipinu,
dios de la agricultura, y a su enojo al meter
inadvertidamente “su pie derecho en la bota izquierda y
su pie izquierdo en la bota derecha”.
La bota de la infantería asiria tardó mucho en ser
adoptada por los soldados griegos y romanos. De pelear
descalzos, éstos progresaron hasta adoptar las
sandalias con suelas claveteadas, y tanto griegos como
romanos sólo se equipaban con botas gruesas para largas
travesías a pie. En tiempo frío, estas botas solían
estar forradas con pelo y adornadas en su parte superior
con la cola o zarpa colgante de algún animal.
Las botas también se convirtieron en el calzado
rutinario para las comunidades nómadas que se
desplazaban a caballo por regiones montañosas frías y
por las estepas. Su solidez y el tacón que mantenía el
pie en el estribo otorgaban a este calzado un papel
importante como equipo de combate. A principios del
siglo XIX, zapateros de Hesse, en Alemania, presentaron
las botas militares enterizas denominadas “hessianas”,
de cuero negro y abrillantado, con una borla similar a
las colas de animal empleadas por los. romanos, colgando
de la parte superior. Y en el mismo período, los
zapateros británicos, aprovechando una victoria militar,
popularizaron las “Wellington”, botas altas así llamadas
en honor de Arthur Wellesley, el “Duque de hierro” de
Wellington, artífice de la derrota de Napoleón en
Waterloo.
A lo largo de los siglos, las botas han estado más o
menos de moda, pero un aspecto de las mismas, su
pronunciado tacón, sería el causante del fenómeno de los
tacones altos.
TACONES ALTOS (siglo XVI, Francia)
Los tacones altos no aparecieron de la noche a la
mañana. Crecieron, centímetro a centímetro, a lo largo
de las décadas, y la tendencia más extrema se inició en
la Francia del siglo XVI. Y aunque el término “tacones
altos” se convertiría más tarde en rúbrica para el
calzado femenino, tales zapatos los llevaron primero los
hombres. En el siglo XVI hubo relativamente poca
evolución en el calzado de las mujeres, puesto que
quedaba oculto bajo las faldas largas.
La ventaja de un tacón más bien alto se apreció primero
en la equitación, ya que estos tacones aseguraban los
pies en los estribos. Por consiguiente, las botas de
montar fueron el primer calzado rutinariamente dotado
de tacón alto. Y durante la Edad Media, cuando el
hacinamiento y las pésimas condiciones sanitarias
hacían de las deposiciones humanas y animales un
desagradable obstáculo en las calles, las botas con
suela gruesa y tacón alto ofrecían unos centímetros de
protección práctica, así como una altura adicional de
innegable valor psicológico.
Precisamente con la finalidad de elevarse por encima de
las inmundicias callejeras aparecieron los zuecos en la
Edad Media. Tuvieron su origen en el norte de Europa
como un calzado adicional, en parte o totalmente de
madera, con una base gruesa para proteger los buenos
zapatos de cuero del usuario contra el barro y la
suciedad de las calles. En meses más cálidos, solían
usarse en vez de los zapatos ajustados de cuero.
Un calzado alemán denominado “pump” adquirió popularidad
en toda Europa a mediados del siglo XVI. Era una especie
de zapatilla, simple o adornada con gemas, tenía tacón
bajo, y los historiadores creen que su nombre es una
onomatopeya del ruido (“plump, pluma”) que hacía su
tacón al rebotar en un suelo de madera. Una zapatilla
femenina posterior, la chancleta, fue conocida también
con este nombre.
A mediados del siglo XVII, las botas de hombre con
tacones altos eran de rigor en Francia. La moda la
inició y la llevó a gran altura Luis XIV, el Rey Sol. En
sus setenta y tres años de reinado, el más prolongado
en la historia de Europa, Francia alcanzó el cenit de su
poderío militar, y la corte francesa llegó a un nivel de
cultura y refinamiento sin precedentes. Pero ninguno de
los impresionantes logros de Luis podía compensar
psicológicamente su baja estatura, y en cierto momento
el monarca hizo añadir varios centímetros de altura a
los tacones de sus zapatos. Nobles y damas de su corte
se apresuraron a encargar a sus zapateros que
aumentaran la altura de sus tacones, homenaje que obligó
al rey a incrementar la de los suyos. Cuando, pasado un
tiempo, los varones descendieron de nuevo a sus alturas
anatómicas, las mujeres de la corte no siguieron su
ejemplo, y con ello se creó una disparidad histórica en
la altura de los tacones de los dos sexos.
En
el siglo XVIII, las damas de la corte francesa usaban
zapatos de brocado con tacón alto cuya elevación podía
llegar a los ocho centímetros, y en otros países las
mujeres, adoptando la moda llegada de París, se pasaron
al llamado “tacón francés”. Con el tiempo, se impuso una
polarización en los tacones, pues mientras los de las
mujeres se hacían cada vez más altos y estrechos, los de
los hombres se reducían (aunque no en las botas de
montar). En los años veinte, “tacón alto” ya no indicaba
la altura real de un tacón de zapato, sino que
connotaba una atractiva moda femenina en el calzado.
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CAMISA (a partir del siglo XVI, Europa)
Los historiadores de la moda puntualizan que la moderna
camisa hasta la cintura se originó como respuesta a los
pantalones, tal como la blusa surgió para complementar
la falda. Antes, una “camisa” de hombre o de mujer era
una prenda que llegaba debajo de las rodillas por lo
menos, y se ceñía en la cintura. Los pantalones, y más
tarde las faldas, hicieron innecesaria la tela de la
camisa por debajo de la cintura, y con ello surgió la
necesidad de nuevas prendas.
La camisa masculina hizo su aparición en Europa, en el
siglo XVI. Se llevaba directamente sobre la piel, ya que
la camiseta no nacería como prenda estándar hasta
principios del siglo XIX. Por su parte, la blusa se
difundiría mucho más tarde, en la segunda mitad del
siglo XIX. Era una prenda holgada, con cuello alto,
mangas largas y puños ajustados.
SUÉTER
Mientras las mujeres empezaban a colgar blusas en sus
armarios, surgió una nueva prenda para completar la
camisa, y más tarde la blusa: el “suéter cardigan”. Se
trataba de un suéter de lana sin cuello, abrochado en su
parte delantera, y debió su nombre a James Thomas
Brudenell, séptimo conde de Cardigan. El 25 de octubre
del año 1854, Brudenell, comandante del ejército
británico durante la guerra de Crimea, estuvo al frente
de sus hombres en la famosa carga de la Brigada Ligera.
El conde fue uno de los pocos supervivientes. Aunque
esta gesta fue inmortalizada en un poema de Tennyson, al
séptimo conde de Cardigan sólo se le recuerda hoy por el
suéter de lana tejido a mano que él llevó y popularizó.
CUELLO CON BOTONES EN LAS PUNTAS
A fines del siglo XIX, el atuendo típico de un jugador
británico de polo consistía en pantalones blancos de
franela, suéter de lana blanco y camisa de manga larga,
también blanca. La camisa tenía cuello alto y recto,
que, en pleno juego, tendía a levantarse y aletear a
consecuencia de la brisa o del movimiento del caballo.
Los jugadores pidieron a las tiendas de confección que
mantuvieran los cuellos en posición baja, y dos botones
en las puntas se convirtieron en la solución más popular
del problema.
En 1900, John Brooks, hijo del fundador de la empresa de
confección “Brooks Brothers”, observó estos cuellos con
botones y acuñó el nombre “cuello de polo”, con lo que
añadió un nuevo modelo de camisa al catálogo de su
empresa. El estilo se convirtió en un clásico, como ya
había ocurrido con otros modelos de cuello de camisa
popularizados por diferentes personajes: el cuello
“Lord Byron”, el cuello “Nehru”, el cuello “Windsor” y
tantos otros.
POLO
LACOSTE
Mientras que un partido de polo inspiró a John Brooks la
creación del cuello con botones, una maleta de piel de
caimán en el escaparate de una tienda de Boston indujo
al gran tenista francés René Lacoste a producir un tipo
de camisas con un cocodrilo como marca.
En 1923, mientras efectuaba una gira por Norteamérica
con el equipo francés de la Copa Davis, Lacoste, que
entonces tenía diecinueve años de edad, vio esa lujosa
maleta de piel de caimán y aseguró a sus compañeros que
la compraría si ganaba sus próximos partidos. Lacoste
perdió y no compró la maleta, y para bromear sus
compañeros del equipo dieron en apodarle “le crocodile”.
René Lacoste se retiró del tenis en 1929, Y cuatro años
más tarde, cuando empezó a diseñar camisas de tenis,
patentó aquel apodo como marca. ¿Cocodrilo o caimán?
Lacoste había estudiado bien su reptil. El de sus polos,
con su mandíbula alargada, es técnicamente un
cocodrilo, de la familia zoológica “Crocodylidae”. El
caimán es un reptil con la mandíbula más corta y roma, y
pertenece a una subespecie de los cocodrilos.
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CORBATA (siglo XVII, Francia)
Esta prenda de la indumentaria masculina, decorativa
pero tan inútil como incómoda, tiene un origen militar.
La primera corbata conocida apareció en el siglo I a.C.
En los días calurosos, los soldados romanos llevaban los
llamados “focale”, una especie de bufandas empapadas en
agua y enrolladas al cuello para refrescar el cuerpo.
Sin embargo, esta prenda, totalmente utilitaria, nunca
prendió lo suficiente, ya fuese en el aspecto práctico o
en el decorativo, como para convertirse en artículo
corriente en el atuendo masculino.
El origen de la corbata moderna procede de otra
costumbre militar. En el año 1668, un regimiento de
mercenarios croatas al servicio de Austria se exhibió
en Francia con pañuelos de lino y muselina alrededor del
cuello. Nunca se ha establecido si estos pañuelos de
cuello fueron en algún momento funcionales, como los “focale”,
o meramente una nota decorativa en un uniforme militar
por otra parte discreto, pero la historia registra que
franceses y francesas, siempre pendientes de la moda, se
mostraron entusiasmados con esta novedad y empezaron a
mostrarse en público con corbatas de lino y encaje,
anudadas en el centro y con los extremos largos y
flotantes. Los franceses dieron a estas prendas el
nombre de “cravates”, por los croatas que habían
inspirado esta nueva costumbre indumentaria.
La
moda se propagó rápidamente en Inglaterra, pero tal vez
se hubiera extinguido si el monarca británico Carlos II,
hombre extravagante y dado a los placeres, no hubiera
hecho de la corbata, con su propio ejemplo, una prenda
obligada en la corte. Y si el momento no hubiera sido
propicio para conseguir, gracias a la moda, una
diversión que alegrase un tanto los ánimos, pues
recientemente los londinenses habían padecido la
epidemia del año 1665 y el devastador incendio de la
ciudad en el año 1666. El capricho de la corbata se
propagó en la ciudad casi con tanta rapidez como las
llamas de aquella gran conflagración.
La moda de la corbata se vio reforzada en el siglo
siguiente por Beau Brummel, que se hizo famoso por su
impresionante colección de corbatas y sus innovaciones
en el arte de anudarlas. De hecho, la manera adecuada de
hacerse la corbata llegó a convertirse en una obsesión
masculina, y el tema era discutido y calurosamente
argumentado en las conversaciones y en la prensa. Una
revista de modas de la época ofreció una lista de
treinta y dos nudos diferentes. Nudos y corbatas
recibían los nombres de personajes famosos y de lugares
elegantes, como por ejemplo el hipódromo de Ascot. A
partir de entonces, la corbata en sus diversas formas,
larga hasta la cintura o de pajarita, severa o
fantasiosa, estrecha o ancha, ha gozado de continua
popularidad.
LA
CORBATA DE LAZO O PAJARITA
Popularizada en la década de 1920, pudo haber tenido
también su origen en los soldados croatas. Durante
muchos años, los historiadores de la moda creyeron que
la pequeña corbata de lazo surgió como una de tantas
variantes de la corbata larga, pero esto fue puesto en
duda al descubrirse que, a lo largo de siglos, la
corbata de lazo había formado parte de la indumentaria
masculina en ciertas zonas de Croacia. Se
confeccionaban a partir de un pañuelo cuadrado, doblado
a lo largo en diagonal, anudado en forma de lazo y
después sujeto alrededor del cuello con un cordón.
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TRAJE
COMPLETO (siglo XVIII, Francia)
Hoy son muchos los hombres que llevan una americana
deportiva y pantalones de diferente tela y color, pero
este conjunto nunca recibe el nombre de traje. Según la
definición moderna, un traje consiste en americana y
pantalón de la misma tela y color, y a veces con el
aditamento de chaleco, en cuyo caso hablamos de terno.
Sin embargo, no era ésta la definición original del
traje masculino, ni tampoco se llevaba un traje como
indumentaria propia de los negocios.
La tradición del traje masculino se originó en Francia
en el siglo XVIII, con la moda consistente en llevar
chaqueta, chaleco y pantalón de diferentes telas,
dibujos y colores. El corte era sumamente holgado, y
este traje se consideraba un atuendo informal para el
campo. Hacia 1860 se puso de moda confeccionar todos los
elementos de un traje a juego.
Debido a que estos trajes se llevaban también para
practicar la equitación, los sastres recibían a menudo
el encargo de dejar un corte en la parte posterior de la
chaqueta. Otra característica tuvo un origen utilitario:
el ojal de la solapa, que no estaba destinado a prender
una flor, sino que servía para abrochar el cuello en
días de mucho frío. Estos trajes fueron considerados tan
cómodos que empezaron a llevarse también en la ciudad.
Los sastres perfeccionaron su imagen y, en la década de
1890, se habían convertido en respetable indumentaria
para los hombres de negocios.
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SOMBRILLAS Y
PARAGUAS (1.400 años a.C., Mesopotamia)
Emblema de rango y distinción, el paraguas se originó en
Mesopotamia hace 3.400 años como una extensión del
abanico, ya que estos primeros paraguas no protegían de
la lluvia, muy rara en aquellas tierras, sino que
hacían de pantalla contra la cruda luz solar. Seguirían
siendo parasoles o sombrillas durante siglos, e incluso
hoy, en muchas sociedades africanas, el portador de la
sombrilla camina detrás del jefe tribal para proteger
del sol su cabeza, reflejando la antigua tradición
egipcia y mesopotámica.
En 1.200 años a.C., el parasol egipcio había adquirido
un significado religioso. Se creía que toda la bóveda
del cielo estaba formada por el cuerpo de la diosa
celestial Nut, que, cubriendo la tierra como una vasta
sombrilla, sólo tocaba el suelo con los dedos de los
pies y de las manos. Su vientre, en el que se
incrustaban las estrellas, creaba el cielo nocturno. Los
parasoles pasaron a ser encarnaciones terrenales de Nut,
que sólo podían amparar las cabezas de los nobles. Una
invitación a situarse a la sombra del parasol real era
un altísimo honor, ya que esta sombra simbolizaba la
protección del monarca. Al igual que para los abanicos,
frondas de palma, plumas y papiros tensados eran los
materiales con que se confeccionaban las sombrillas.
Griegos y romanos bebieron liberalmente en la cultura
egipcia, pero consideraban afeminado el parasol, que
rara vez utilizaban los hombres. Hay numerosas
referencias burlonas de escritores griegos del siglo VI
acerca de los hombres que usaban parasoles “como las
mujeres”. Durante muchos siglos, la única ocasión que
excusaba a un griego de mostrarse en público sosteniendo
una sombrilla era cuando protegía la cabeza de una
acompañante femenina.
La situación era totalmente opuesta en el caso de las
mujeres. Las griegas de alto rango llevaban sombrillas
blancas y una vez al año celebraban la Fiesta de los
Parasoles, una procesión de homenaje a la fertilidad,
que tenía lugar en la Acrópolis.
Sin embargo, fueron las romanas, con su fiesta del
parasol, las que iniciaron la práctica de aceitar
sombrillas de papel para impermeabilizarlas. Señalaban
los historiadores romanos que una llovizna en un
anfiteatro al aire libre hada que cientos de mujeres
alzaran sus sombrillas, con gran indignación de los
espectadores varones, a los que obstruían la visión. Se
abrió un debate sobre el uso de estos paraguas en los
actos públicos, y en el siglo I d.C., la cuestión fue
expuesta ante el emperador Domiciano, quien legisló en
favor de que las mujeres se protegieran con sus
parasoles impermeabilizados.
Parasoles y paraguas se mantuvieron predominantemente
como accesorios del atuendo femenino hasta bien entrado
en siglo XVIII en Europa, y hasta más tarde en América.
Los hombres llevaban sombreros y llegaban a empaparse,
pero casi todo intento por su parte de escapar a los
elementos era juzgado como poco viril.
Fue un caballero británico, Jonas Hanway, quien hizo de
los paraguas un elemento respetable para los hombres, y
consiguió esta transformación con obstinada
perseverancia, soportando humillaciones y poniéndose en
ridículo públicamente. Hanway había amasado una fortuna
comerciando con Rusia y Extremo Oriente, pero se retiró
de los negocios a la edad de treinta y ocho años para
dedicarse a la fundación de hospitales y orfanatos. y
para popularizar el paraguas, que era en él una pasión.
A partir del año 1750, rara vez salía Hanway sin
paraguas, tanto si llovía como si lucía el sol, y
siempre atraía la curiosidad. Ex socios comerciales
suyos empezaron a mirarle con recelo, los golfillos de
la calle se mofaban de él, y los cocheros, que veían
amenazado su negocio por el paraguas y la protección que
éste ofrecía contra la lluvia, procuraban salpicarle de
barro.
Imperturbable, Hanway llevó siempre paraguas durante los
treinta últimos años de su vida. Gradualmente, los
hombres comprendieron que invertir en un paraguas
resultaba más barato que alquilar un coche de punto
cada vez que llovía. En Londres, sobre todo, constituía
un ahorro muy considerable. Ya fuera por conveniencia
económica o porque la familiaridad acabase por engendrar
indiferencia, lo cierto es que el estigma de
afeminamiento empezó a extinguirse. Antes de que Jonas
Hanway muriese en el año 1786, los caballeros británicos
sacaban a relucir sus paraguas en días lluviosos, y
además los llamaban “hanways”.
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TRAJE
DE BAÑO (mediados del siglo XIX, Europa)
El origen del traje de baño como prenda distintiva se
remonta a mediados del siglo XIX. Anteriormente, los
baños recreativos no eran un pasatiempo popular, y si un
hombre o una mujer se zambullían en el agua lo hacían en
paños menores o desnudos.
Un avance importante contribuyó a cambiar la práctica
del baño y a crear la necesidad del traje de baño. En el
siglo XIX los médicos europeos empezaron a recomendar el
baño recreativo como un tónico para los “nervios”,
término que abarcaba entonces algo tan temporal como las
penas de amores o tan terminal como la meningitis
tuberculosa. La cura eran las aguas, ya fuesen
minerales, de manantial o de mar. A docenas de miles,
los europeos, que durante siglos habían equiparado el
baño de cuerpo entero a la muerte, empezaron a
chapotear, zambullirse y nadar en lagos, torrentes y
playas.
Los trajes de baño que aparecieron para satisfacer esta
necesidad siguieron el diseño de los vestidos de calle.
Las mujeres, por ejemplo, usaban un vestido de franela,
alpaca o sarga, con un corpiño ajustado, cuello alto,
mangas hasta el codo, una falda hasta las rodillas, y
debajo de ella pantalones bombachos, medias negras y
zapatillas de lona con tacón bajo. El atuendo masculino
era poco menos voluminoso y peligroso. Esta
indumentaria constituía el traje de baño propiamente
dicho, en contraposición a los posteriores bañadores,
más ligeros y prácticos.
Desde el año 1880, las mujeres podían establecer un
contacto más seguro con el agua del mar, gracias a la
“máquina de baños”. Este artefacto, provisto de una
rampa y un cubículo para vestirse, era arrastrado sobre
ruedas desde la arena hasta aguas poco profundas. La
dama se desvestía en la máquina, se ponía una holgada
bata de franela larga hasta los pies y sujeta al cuello
por un cordón, y bajaba por la rampa hasta el mar. Una
tienda, conocida como “capuchón de modestia”, la
ocultaba a los varones que hubiera en la playa. Las
“máquinas de baños” eran custodiadas por unas empleadas
cuya misión consistía en acelerar el paso de los
mirones.
Poco antes de la primera guerra mundial, adquirió
popularidad el bañador ceñido y de una sola pieza,
aunque tenía mangas y llegaba hasta las rodillas, y el
modelo femenino disponía también de falda. La revolución
del bañador se debió en gran medida a los conocimientos
textiles del danés Carl Jantzen.
Nacido en Aarhus, en Dinamarca, en el año 1883, Jantzen
emigró a los Estados Unidos, y en el año 1913 era socio
de la firma textil Portland Knitting Mills de Oregón,
que fabricaba suéteres, gorros y guantes de lana.
Jantzen experimentaba con una máquina de hacer punto en
el año 1915, tratando de producir un jersey ligero de
lana, con una elasticidad excepcional, cuando descubrió
un punto que correspondía exactamente a este deseo.
Se suponía que este punto debía de intervenir en la
fabricación de suéteres, pero un amigo perteneciente al
Club de Remo de Portland pidió a Jantzen una prenda que
permitiera mayor holgura de movimientos. Al poco
tiempo, todos los miembros del equipo de remo
utilizaban las prendas ceñidas y elásticas de Jantzen.
La empresa de Portland adquirió el nuevo nombre de
Jantzen Knitting Mills y adoptó este eslogan: “El traje
que cambió el baño en natación.”
BIKINI
Los bañadores se tornaron más reveladores en los años
1930. Desde la adopción de los modelos sin espalda o con
delgados tirantes, el atuendo de las mujeres progresó
rápidamente hasta el dos piezas con cuello y pantalón
corto. El bikini fue el paso siguiente y, a través de su
nombre, la moda ha quedado unida para siempre con el
comienzo de la era nuclear.
El 1 de julio de 1946, los Estados Unidos iniciaron las
pruebas nucleares en tiempo de paz dejando caer una
bomba atómica en el archipiélago de las Marshall, en el
océano Pacífico, exactamente en el atolón de Bikini.
Esta bomba, similar a las que un año antes habían
devastado Hiroshima y Nagasaki, llamó la atención de
todos los medios de comunicación mundiales.
En París, el diseñador de modas Louis Réard se disponía
a presentar un osado bañador de dos piezas que aún
carecía de nombre. Los periódicos multiplicaban los
detalles acerca de la explosión de la bomba y Réard,
deseando que su bañador fuera objeto de interés para los
medios de comunicación, y convencido de que su modelo
era en sí explosivo, seleccionó aquel nombre entonces
tan repetido.
El 5 de julio, cuatro días después de lanzada la bomba,
la primera modelo de Réard, Micheline Bernardi, presentó
en París el primer bikini de la historia; aquel mismo
año el nuevo bañador suscitó más debates,
preocupaciones y condenas que la misma bomba.
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GUANTES (hace 10.000 años, Europa septentrional)
La evolución de los guantes se debió a la necesidad de
proteger las manos contra el frío y los efectos del duro
trabajo manual. Entre los numerosos ejemplos
descubiertos en lugares del norte de Europa, halamos los
“guantes de bolsa”, fundas de piel animal que llegan
hasta el codo. La antigüedad de estas prendas es de unos
diez mil años como mínimo.
Los primeros pueblos que habitaron las tierras cálidas
lindantes con el Mediterráneo utilizaron guantes para la
construcción y las labores agrícolas. Hacia 1.500 años
a.C., los egipcios fueron los primeros en hacer de los
guantes un accesorio decorativo. En la tumba del rey
Tutankhamon, los arqueólogos recuperaron un par de
guantes de suave tela de lino envueltos en varias capas
de tela, así como un solo guante tejido con hilos de
varios colores. Y la separación entre el pulgar y los
demás dedos no dejan duda de que hace al menos 3.500
años ya se usaban guantes con toda la forma de la mano.
Cualquiera que fuese el clima, con el tiempo todas las
grandes civilizaciones crearon a la vez guantes para
vestir y guantes para el trabajo. En el siglo IV a.C.,
el historiador griego Jenofonte comentó la producción
persa de guantes de piel exquisitamente confeccionados,
y en “la Odisea” de Homero cuando Ulises regresa a su
casa, encuentra a su padre, Laertes, trabajando en el
jardín con “guantes sujetos a su manos para protegerlas
de las espinas”.
BOLSA
PERSONAL (antes del siglo VIII a.C., Europa meridional)
Cuando fruncimos los labios, los contraemos hasta formar
arrugas y pliegues similares en su apariencia a la
embocadura de una bolsa de cordones, la primera que se
utilizó en la Antigüedad. El material con el que se
confeccionaban estas primeras bolsas personales,
generalmente cuero o “byrsa” en griego, dio origen a la
palabra “bolsa”.
Los romanos adoptaron sin alteraciones la “byrsa” o
bolsa de cordón griega, aunque latinizando su nombre
como “bursa”. Los franceses lo cambiaron por “bourse”,
que también llegó a significar el dinero que contenía la
bolsa y más tarde el mercado de valores de París, la
Bourse.
Hasta que aparecieron bolsillos en los vestidos, en el
siglo XVI, hombres, mujeres y niños llevaban bolsas
personales, que en algunos casos no eran sino un retazo
de tela que contenía llaves y otros efectos personales,
y en otros se trataba de objetos preciosos, bordados y
adornados con piedras preciosas.
PAÑUELO (siglo XV, Francia)
Durante el siglo XV, los marinos franceses volvían de
Oriente con los grandes cuadrados de tela de lino que
habían visto utilizar a los campesinos chinos para
protegerse la cabeza contra los ardores del sol. Las
francesas, siempre pendientes de las modas e
impresionadas por la calidad de la tela, adoptaron este
pequeño lienzo, al que dieron el nombre de “couvrechef”.
También los británicos hicieron suya esta costumbre y
adaptaron la palabra convirtiéndola en “kerchief”.
Puesto que estos pañuelos se llevaban en la mano hasta
que el sol obligaba a utilizarlos, se les denominaba
“hand kerchiefs”, de donde viene el nombre actual de
pañuelo en inglés.
Dado que las mujeres europeas de las clases superiores,
a diferencia de los chinos que trabajan en los
arrozales, ya utilizaban sombrillas para defenderse de
los rayos solares, el pañuelo fue desde buen principio
un capricho de la moda. Esto resulta evidente en
numerosos grabados y pinturas del período en que los
pañuelos, exquisitamente adornados, tan sólo aparecen en
la mano, utilizados para despedidas o dejados caer
disimuladamente. Los pañuelos de seda, algunos de ellos
confeccionados con hilo de plata o de oro, llegaron a
ser tan caros en el siglo XVI que a menudo se incluían
en los testamentos como objetos de gran valor.
Durante el reinado de Isabel I aparecieron en Inglaterra
los primeros pañuelos de encaje. Adornados con las
iniciales de algún ser querido, estos pañuelos medían
unos diez centímetros de lado, y de una de sus esquinas
colgaba una borla. Durante algún tiempo fueron
conocidos como “nudos de amor verdadero”. El caballero
llevaba uno con las iniciales de su dama metido en la
cinta de su sombrero, y ella guardaba el suyo entre sus
pechos.
¿Cuándo aquel cubrecabezas chino, que se convirtió en
prenda de lujo europea, pasó a ser el pañuelo utilizado
para llevarse a la nariz? Tal vez no mucho después de la
introducción del pañuelo de adorno entre la sociedad
europea. Sin embargo, la operación de sonarse la nariz
difería entonces de la actual. Durante la Edad Media, la
gente se despejaba la nariz soplando por ella con
fuerza, y después se limpiaba con lo que tuviera más a
mano, generalmente una manga. Los primeros libros de
etiqueta legitiman explícitamente esta práctica. Los
antiguos romanos llevaban consigo un paño llamado “sudarium”,
que empleaban a la vez para secarse la frente los días
de mucho calor y para sonarse la nariz, pero el uso del
civilizado “sudarium” se extinguió con el Imperio
Romano.
Las primeras admoniciones registradas contra la práctica
de limpiarse la nariz con la manga (aunque no contra la
operación de vaciar la nariz en pleno aire) aparecen en
libros de etiqueta del siglo XVI, o sea durante el auge
del pañuelo de adorno. En el año 1530, Erasmo de
Rotterdam, cronista de costumbres, recomendaba que
limpiarse la nariz con la manga es una grosería, y que
hacerlo con el pañuelo de mano es lo correcto.
A partir del siglo XX, los pañuelos establecieron
contacto con las narices, aunque tímidamente al
principio. El descubrimiento en el siglo XIX de los
gérmenes transportados por el aire, contribuyó
considerablemente a popularizar esta costumbre, al
igual que la producción masiva de telas de algodón
baratas. Y el delicado pañuelo de otros tiempos se
convirtió en un artículo de uso indispensable.
ABANICO (3.000 años a.C., China y Egipto)
Ya fuesen de plumas de pavo real o de papiro y frondas
de palmera, estos decorativos y utilitarios abanicos
surgieron, simultánea e independientemente, en dos
culturas dispares hace unos cinco mil años. Los chinos
convirtieron el abanico en un arte, y los egipcios, en
un símbolo diferenciador de clases.
Numerosos textos y pinturas de Egipto atestiguan la
existencia de un “abanicador” para los ricos y de un
“portador del abanico real” para los faraones. Ciertos
esclavos, de piel más clara o más oscura, movían
continuamente enormes abanicos de frondas o de papiro
tejido para refrescar a sus amos. Y la sombra
proyectada en el suelo por los abanicos opacos era
terreno prohibido para la gente común. En el Egipto
semitropical, los beneficios intangibles de la sombra y
la brisa eran un tesoro que, gracias al cuidado de los
esclavos, adornaba a los ricos y les confería el mismo
prestigio que sus valiosos atuendos.
En China, los abanicos refrescaban de una manera más
“democrática”, y ellos mismos eran mucho más variados
en diseño y embellecimiento. Además del iridiscente
abanico de plumas de pavo real, los chinos crearon el
abanico “de biombo”, con tejido de seda tensado sobre
un armazón de bambú y montado en un mango lacado.
En el siglo VI d.C., introdujeron este abanico entre los
japoneses, los cuales, a su vez, idearon una ingeniosa
modificación: el abanico plegable. Este abanico japonés
consistía en una pieza de tela de seda unida a una serie
de bastoncillos que se abatían unos sobre otros. Según
su tela, color y diseño, estos abanicos tenían nombres
diferentes y usos prescritos. Las mujeres, por ejemplo,
usaban abanicos de “baile”, de “corte”, y de “té”, en
tanto que eran propios de los hombres los abanicos “de
montar” e incluso los “de combate”.
Los japoneses introdujeron en China el abanico plegable
en el siglo X, y a partir de entonces fueron los chinos
quienes introdujeron acertadas modificaciones en el
diseño japonés. Prescindiendo del tejido de seda
tensado entre palillos separados, los chinos lo
sustituyeron por una serie de láminas de bambú o de
marfil. Por sí solas, estas láminas, unidas en su parte
superior por una cinta, constituían el abanico, también
plegable. A partir del siglo XV, los mercaderes
europeos que comerciaban en Oriente volvieron con
amplios surtidos de decorativos abanicos chinos y
japoneses. Sin duda alguna, el modelo más popular era el
llamado “brise”, con láminas de marfil intrincadamente
talladas y unidas por un cinta de seda blanca o roja.
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SOMBREROS (Antigüedad, Europa y Asia)
Que se sepa, el primer sombrero con ala se utilizó en
Grecia en el siglo V a.C. Empleado por cazadores y
caminantes para protegerse del sol y de la lluvia, este
sombrero de fieltro, el pétaso (petasos), tenía ala
ancha y cuando no se llevaba en la cabeza colgaba a la
espalda, sujeto con un cordón. El pétaso fue copiado por
los etruscos y los romanos, y su popularidad persistió
hasta bien entrada la Edad Media.
Los griegos usaban también un sombrero sin ala, en forma
de cono truncado. Lo habían copiado de los egipcios y le
daban el nombre de “pilos”, es decir, fieltro, el
material con el que estaba fabricado. Aparecería con
variantes en las culturas europeas, y con el auge de las
universidades a fines de la Edad Media resurgió como
“pileus quadratus” o birrete de cuatro lados.
En los tiempos clásicos, rara vez las mujeres se
cubrían la cabeza, en tanto que los hombres seguían
cubiertos bajo techado, e incluso en las iglesias y
catedrales. Esta costumbre persistió en el siglo XVI,
cuando la popularidad de los cabellos postizos y el
tamaño fenomenal de las pelucas hacía que el uso del
sombrero resultara inconveniente cuando no imposible. Al
extinguirse la moda de las pelucas, los hombres
recuperaron el uso del sombrero, aunque ya no con la
devoción del pasado. y tres costumbres quedaron
totalmente cambiadas: el hombre jamás conservaba puesto
el sombrero en el interior de una casa, en la iglesia o
en presencia de una dama.
Fue en esta época, fines del XVIII, cuando las mujeres
empezaron a usar con profusión sombreros adornados con
cintas, plumas, flores y encajes. Anteriormente, en el
caso más bien raro de que una mujer europea se cubriera
la cabeza, lo hacía con un gorro en su casa o con una
capucha si salía. Con la nueva moda femenina, Milán se
convirtió en la capital de la sombrerería europea y sus
creaciones fueron objeto de una extraordinaria demanda.
SOMBRERO DE COPA
John Etherington, un londinense propietario de una
lujosa mercería en el Strand, salió de su tienda al
atardecer del 15 de enero de 1797, luciendo un sombrero
nuevo que él mismo había ideado. El “Times” de Londres
comunicó que el sombrero de Etherington, negro y alto
como una chimenea, atrajo a una multitud tan numerosa
que se produjo un tumulto, al ser empujado un hombre
contra el escaparate de una tienda, que resultó roto,
Etherington fue arrestado por alterar el orden. Sin
embargo, al cabo de un mes ya no podía cumplimentar los
encargos de sombreros de copa que recibía.
Los historiadores británicos de la moda aseguran que el
de Etherington fue el primer sombrero de copa del
mundo, pero sus colegas franceses juran que este modelo
apareció en París un año antes, y que John Etherington
lo copió. Sin embargo, la única prueba del origen
parisino de la prenda es una pintura del artista Charles
Vernet. Un “Incroyable” de 1796, que representa a un
petimetre con un sombrero de copa como el de Etherington.
Aunque tradicionalmente los artistas han presagiado
tendencias, los británicos sostienen la opinión de que
este cuadro es más bien un ejemplo del artista que se
adelanta a una obra.
SOMBRERO “FEDORA”
El “fedora” es un sombrero de fieltro blando con un
surco en el centro y ala flexible, cuyo nombre procede
del sombrero que llevaba un personaje de una comedia
francesa del año 1882. Escrita por Victorien Sardou,
cuyas obras hicieron furor en París en el siglo XIX,
“Fedora” fue estrenada en honor de Sarah Bernhardt, la
gran actriz, y estableció una nueva moda en sombrerería.
Un “fedora”, con un velo y una pluma, se convirtió en el
sombrero predilecto de las mujeres para pasear en
bicicleta.
SOMBRERO “PANAMÁ”
Aunque parecería lógico que el sombrero panamá tuviera
su origen en este país centroamericano, no es así. Este
ligero sombrero de paja, confeccionado con hojas de
jipijapa finamente trenzadas, nació en Perú, y Panamá
se convirtió en un gran centro para su distribución. Los
ingenieros norteamericanos vieron por primera vez estos
sombreros en Panamá, durante la construcción del canal
en 1914, Y los consideraron un producto local.
SOMBRERO HONGO O BOMBÍN
En el año 1780, Edward Smith Stanley, duodécimo conde de
Derby, instituyó una carrera anual para caballos de tres
años, el Derby que se celebraba en Epsom Downs, cerca de
Londres. En aquella época, alcanzaron gran popularidad
entre los hombres los sombreros de fieltro rígido, con
la copa en forma de cúpula y ala estrecha y dura. Eran
una prenda casi obligada para asistir el Derby, y en
Inglaterra adquirieron este nombre, mientras que en
Francia recibían la denominación de “chapeau-mélor” y
en España, la de hongo o bombín.
SOMBRERO STETSON
En la década de 1860, John B. Stetson, un sombrerero de
Filadelfia, buscaba la manera de sacar el mejor provecho
de su negocio. Recordando unas vacaciones que había
pasado en el Medio Oeste ya los prósperos ganaderos que
había conocido allí, Stetson decidió producir un
sombrero de gran tamaño, apropiado para los “reyes del
ganado”. El sombrero de “diez galones”, dedicado a los
vaqueros del Oeste y llamado “El amo de las llanuras”,
dio un enorme impulso al negocio de Stetson y se
convirtió en símbolo clásico del Salvaje Oeste y de los
hombres y mujeres que lo colonizaron. Buffalo Bill, el
general Custer y Tom Mix llevaban Stetsons, asi como
Annie Oakley y Calamity Jane.
BOINA
(Antigüedad, Europa)
En la década de 1960, la revista francesa “Archéologie”
publicó la fotografía de una figura de la Edad de
Bronce, procedente de Cerdeña y que representa a un
hombre tocado con una boina igual a las actuales. Al
parecer, éste es el testimonio más antiguo que se posee
de esta prenda (unos 2.000 años antes de Cristo), y
quizá todavía cabría remontarse a épocas más remotas si
se tiene en cuenta que, por su forma y características,
es una prenda sencilla, práctica y de fácil fabricación.
Cierto es que su origen se pierde en los tiempos, pero a
lo largo de la historia hace constante acto de
presencia, con unas localizaciones bien determinadas. En
un sepulcro de 1.000 años a.C., en Guldhöi, en
Dinamarca, se encontró un cadáver que llevaba en la
cabeza una especie de boina semiesférica de lana, y en
una sítula de bronce de 400 y 800 a.C., descubierta en
Carniola, en Austria, varios hombres se cubren la
cabeza con boinas. En el códice “Speculum Virginum”,
obra de siglo XII que se conserva en el Rheinisches
Landes Museum de Bonn, en Alemania, se ve la figura de
un campesino provisto de una pala y tocado con una boina
como las actuales. En las “Cantigas” de Alfonso el
Sabio, del siglo XIII, se observan en algunas de sus
exquisitas miniaturas hombres con boina, y en una de
ellas la prenda incluso tiene el rabillo o “txortena”.
En retratos pintados por Holbein en la primera mitad del
siglo XVI, como el del conde de Surrey y el del poeta
Nicholas Bourbon de Vandoeuvre, estos personajes lucen
boinas de un modelo sencillo, sin aditamentos, muy
semejante al actual. En el Hospital del Rey, en Burgos,
las esculturas que adornan las puertas y que datan de
principios del XVI representan a unos romeros cubiertos
con amplias boinas adornadas con la concha de peregrino.
Hay constancia de que en el siglo XVII la boina o
“txapela” era ya la prenda más utilizada en Guipúzcoa, y
en el coro de la villa de Ysaba, en Navarra, hay figuras
esculpidas que se tocan con boinas cuyas badanas quedan
a la vista, como en el modelo escocés. Se encuentran
también personajes de boina en algunos grabados de Goya
como en “La Tauromaquia”. Durante la guerra de la
Independencia, no pocos guerrilleros vascos se echaron
al monte con esta prenda tan distintiva. Más tarde, en
el curso de las guerras carlistas, la boina formó parte
del uniforme de los combatientes, y uno de los que mayor
prestigio le confirió fue el general Zumalacárregi, con
su boina de gran amplitud o “chapelaundi”.
Desde la vertiente francesa de los Pirineos se dio
también un gran impulso a la proyección internacional de
la boina, puesto que, además de los pelotaris, el gran
tenista vascofrancés Jean Borotra, que junto con René
Lacoste formaba el equipo francés de Copa Davis, la
popularizó en Europa y sobre todo en los Estados
Unidos, junto con sus alpargatas de esparto. En los
años veinte y treinta, la boina conoció una gran
difusión en Hollywood y la usaron no pocos directores de
cine, así como estrellas de uno y otro sexo.
Actualmente, la boina se mantiene firmemente implantada
en sus áreas tradicionales, sobre todo en el País Vasco,
sigue siendo por doquier la prenda ideal para trabajo y
deporte, y ha conseguido una difusión extraordinaria en
los ejércitos de casi todo el mundo.
Grande o chica, de muy diversos colores, aunque con gran
predominio de los oscuros, más sufridos, ha sido usada
modernamente por personajes históricos como Richard
Wagner, el mariscal Montgomery, el Che Guevara, entre
muchos otros, y su carácter utilitario, junto con su
recia personalidad, siguen haciendo de ella la prenda
de cabeza más popular del mundo.
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ALFILER IMPERDIBLE (1.000 años a.C., Europa central)
En el moderno alfiler imperdible, la punta queda
totalmente oculta en una funda metálica, pero su
antecesor tenía la punta resguardada, aunque quedaba
algo expuesta, en un alambre curvado. Este dispositivo
en forma de U tuvo su origen en Europa central hace unos
tres mil años, y representó el primer perfeccionamiento
importante sobre el alfiler recto. En las excavaciones
se han encontrado varios ejemplares.
Alrededor de 3.000 años a.C., los sumerios ya habían
fabricado alfileres rectos de hierro y hueso, y hay
textos sumerios que también revelan el uso de agujas con
ojo para coser. Tras examinar dibujos y artefactos
hallados en viejas grutas, los arqueólogos llegan a la
conclusión de que incluso pueblos más antiguos, que
vivieron hace unos diez mil años, ya utilizaban agujas
fabricadas con espinas de pescados y horadadas en su
parte superior o en el centro para recibir el hilo.
En el siglo VI a.C., las mujeres griegas y romanas se
sujetaban las túnicas a la altura del hombro con una
fíbula. Ésta era una aguja innovadora cuya parte media
formaba una espira y producía tensión, facilitando una
sujeción y una abertura a base de muelle. La fíbula era
un paso más en dirección al moderno alfiler imperdible.
En Grecia se empleaban alfileres rectos como joyas, y
unos “estiletes” de marfil y de bronce, para adornar
cabellos y ropas, que medían de doce a quince
centímetros. Aparte los cinturones, los alfileres se
mantenían como accesorio predominante para sujetar las
prendas de vestir, y cuanto más complejo se tornaba el
atuendo, más numerosos eran los alfileres de sujeción
que requería. Un inventario de palacio en el año 1347
anota la entrega de doce mil alfileres para el
guardarropa de una princesa francesa.
No es sorprendente que a menudo escaseara el suministro
de agujas fabricadas a mano. La escasez disparaba los
precios, y casos hay en la historia de siervos a los que
se hicieron pagar impuestos a fin de que sus señores
feudales dispusieran de dinero para alfileres. A fines
de la Edad Media, a fin de remediada escasez de agujas y
atajar su despilfarro y acaparamiento, el gobierno
británico promulgó una ley que permitía a los
fabricantes poner a la venta sus artículos tan sólo en
determinados días del año. En tales días, mujeres de
todos los estamentos sociales, muchas de las cuales
habían ahorrado asiduamente “para alfileres”, afluían a
las tiendas para adquirir estos artículos relativamente
caros. Cuando el precio de las agujas bajó en picado a
consecuencia de la producción masiva que permitían las
máquinas, la locución “dinero para alfileres” quedó
igualmente devaluada y vino a significar “dinero de
bolsillo para la esposa”, es decir, una cantidad mínima.
BOTÓN
(2.000 años a.C., sur de Asia)
Los botones no fueron al principio elementos sujetadores
para las prendas de vestir. Se trataba de discos
decorativos que, a modo de joyas, se cosían en las ropas
de hombres y mujeres. Y durante casi 3.500 años
mantuvieron su carácter puramente ornamental, ya que
agujas y cinturones se consideraba que bastaban para
mantener en su debido lugar las ropas.
Los más antiguos botones decorativos datan de 2.000 años
a.C., aproximadamente, y fueron exhumados en
excavaciones arqueológicas efectuadas en el valle del
Indo. Consisten en conchas de diversos moluscos
talladas en formas circulares y triangulares, y
perforadas con dos agujeros para coserlas a la prenda de
vestir.
Los antiguos griegos y romanos utilizaron botones de
concha para adornar túnicas, togas y mantos, e incluso
unieron botones de madera a alfileres que se fijaban a
estas prendas como un broche. En yacimientos
arqueológicos europeos se han recuperado botones de
marfil y hueso labrados, muchos de ellos revestidos de
oro y con gemas incrustadas, pero en ningún lugar,
ilustración, texto o fragmento de vestimenta se
encuentra la menor indicación de que un sastre de la
Antigüedad concibiera la idea de oponer un botón a un
ojal. No es sorprendente que el nombre «botón» no
apareciera hasta el siglo XIII.
OJAL
La práctica de abotonar una prenda se originó en la
Europa occidental, y ello por dos razones. En el siglo
XIII, las ropas holgadas y flotantes empezaban a verse
sustituidas por otras más estrechas y ajustadas. Por sí
solo, un cinturón no podía conseguir este efecto, y si
bien podían hacerlo los alfileres; se requería gran
cantidad de ellos, y a menudo se extraviaban. Con los
botones cosidos, desaparecía el problema cotidiano de
encontrar medios de sujeción al vestirse.
La segunda razón para la aparición de botones con ojales
tiene que ver con las telas. En aquella misma época, se
utilizaban tejidos más finos y delicados para las
prendas de vestir, y éstos se estropeaban con la
repetida penetración en ellos de los alfileres.
Y así surgió el moderno botón funcional, que dio toda la
impresión de querer compensar con exceso el tiempo hasta
entonces perdido. Los vestidos iban abiertos simplemente
desde el cuello hasta los tobillos, a fin de poder
utilizar toda una larga hilera de botones para
cerrarlos, y se dejaban aberturas en los lugares menos
prácticos como a lo largo de las mangas y de las
piernas, tan sólo para poder exhibir botones que
realmente abrochaban. Y los botones se cosían muy
contiguos (hasta doscientos para abrochar un vestido de
mujer), lo que era un obstáculo a la hora de desnudarse.
Si ia búsqueda de alfileres extraviados consumía largo
tiempo, abotonar las prendas no podía considerarse una
operación rápida.
Estatuas, grabados y pinturas de los siglos XIV y XV
atestiguan la manía de los botones, y la moda alcanzó su
apogeo en el XVI, cuando se cosieron a las ropas botones
de oro y plata, así como adornados con piedras
preciosas, con fines meramente decorativos, como se
había hecho antes de la creación del ojal.
En 1520, Francisco I, rey de Francia y constructor del
castillo de Fontainebleau, encargó a sus joyeros 13.400
botones de oro que fueron cosidos a un solo vestido de
terciopelo negro. El motivo fue un encuentro con Enrique
VII de Inglaterra, celebrado con gran pompa cerca de
Calais, y en el que Francisco buscó en vano una alianza
con Enrique. El propio Enrique VII se enorgullecía de
sus valiosos botones, que ostentaban los mismos dibujos
que sus anillos. La botonadura y los anillos a juego
fueron reproducidos en los retratos por el pintor
alemán Hans Holbein.
La manía de los botones ha tenido cierto paralelo en el
siglo XX, en la década de 1980, aunque con los cierres
de cremallera gozaron de una popularidad temporal
pantalones y camisas con cremalleras en los bolsillos,
brazos y piernas, y otras muchas cremalleras que se
abrían o cerraban sin ninguna finalidad concreta.
ABOTONARSE A LA DERECHA Y A LA IZQUIERDA
Los hombres se abrochan sus ropas de derecha a
izquierda, y las mujeres de izquierda a derecha.
Estudiando retratos y grabados de prendas con botones,
los historiadores de la moda hacen remontar esta
práctica al siglo XV, Y creen comprender su origen. Las
mujeres que podían costearse los caros botones de la
época eran vestidas por sirvientas y camareras, en su
mayoría diestras, que al encontrarse los botones de
frente consideraban más fácil abrochar las ropas de sus
señoras si botones y ojales estaban cosidos como si los
mirasen a través de un espejo. Las modistas se
mostraron de acuerdo, y esta convención nunca ha sido
alterada ni discutida.
CREMALLERA (año 1893, Chicago)
La cremallera no tenía ningún antecedente antiguo, ni se
originó a consecuencia de un súbito chispazo de ingenio.
Surgió de una larga y paciente pugna tecnológica, y se
necesitaron veinte años para transformar la idea en una
realidad de mercado, y otros diez años más para
persuadir a los compradores. Y la cremallera no fue
concebida para competir con los botones, sino como
dispositivo para cerrar las botas altas, sustituyendo
los largos cordones y los ojetes de fines del siglo
XIX.
El 29 de agosto de 1893, un experto mecánico que vivía
en Chicago, Whitcomb Judson, consiguió una patente para
un “cierre con grapas”. En la época, no existía en los
archivos del registro de patentes algo que se
pareciera, ni remotamente, al prototipo de cremallera de
Judson, pero ya se utilizaban dos cierres con grapas:
uno en las botas de Judson y otro en las de su socio
comercial Lewis Walker.
Aunque Judson, que poseía una docena de patentes para
motores y frenos de ferrocarril, ya se había forjado una
reputación como inventor práctico, no consiguió
interesar a nadie en su cierre. Éste era un dispositivo
de aspecto impresionante: consistía en una secuencia
lineal de cierres a base de gancho y ojete, más
parecido a un aparato medieval de tortura que a un
accesorio moderno destinado a economizar tiempo.
Para suscitar interés, Judson exhibió su cierre en la
Exposición Mundial de Chicago en el año 1893, pero los
visitantes que en número de veintiún millones desfilaron
por los terrenos del certamen se concentraron ante la
primera rueda eléctrica Ferris, y ante el seductor
espectáculo “Coochee-Coochee”, en el que intervenían la
bella bailarina Little Egypt con sus danzas del vientre.
La primera cremallera del mundo fue ignorada. .
La firma de Judson y Walker, la Universal Fastener,
recibió un pedido del Servicio de Correos de los
Estados Unidos, para veinte sacos de correo provistos de
cremallera, pero las cremalleras se atascaban con tanta
frecuencia que estos envases fueron retirados. Aunque
Judson siguió introduciendo mejoras en su invento,
quien de veras lo perfeccionó fue otro inventor: el
ingeniero sueco-americano Gideon Sundback. Abandonando
el sistema de ojete y gancho de Judson, Sundback
produjo en el año 1913 un dispositivo más pequeño,
ligero y fiable, que fue la moderna cremallera, y los
primeros pedidos de ella procedieron del Ejército de los
Estados Unidos, para su uso en ropas | | | |