|
Indice
La Vida en la Edad Media
Leyes y
Castigos:
Tomando como precedente el
Derecho romano, la mayoría de los pueblos bárbaros que atacaron el
Imperio Romano de Occidente y se asentaron en sus territorios
desarrollaron una importante labor legislativa que conocemos gracias a
las numerosas recopilaciones efectuadas por diversos reyes. En ellas se
recogen normas tanto de origen latino como germánico, estableciendo una
jurisprudencia con la que se regula la vida cotidiana. Al estar
desprovistos de escritura durante un tiempo, algunos pueblos bárbaros
-como merovingios, burgundios o francos- utilizaron a especialistas que
se aprendían los códigos de memoria. Estos hombres se denominaban "rachimbourgs"
y eran los portadores de la ley al memorizar los artículos para dictar
las sentencias a los jueces. Nadie más conocía las leyes hasta que no
pudieron ser recogidas por escrito en los diferentes códigos como el de
Eurico o el Breviario de Alarico. Es lógico pensar que cada pueblo tenía
su propio código, eliminando el carácter universal de la justicia
aportado por los romanos, al ser aplicada indistintamente para todos los
ciudadanos del Imperio. En la justicia germánica se da prioridad a los
asuntos privados sobre los públicos. Esa es la razón por la que
conservamos un buen número de ejemplos de castigos y multas ante
determinados delitos, pudiéndose apreciar que el robo era uno de los más
duramente castigados. Robar un tarro de miel por parte de un esclavo
podía costarle la horca mientras que la muerte era castigada en
numerosas ocasiones con el pago de una suma de dinero. Matar a uno de
los miembros de la guardia del rey -antustriones- costaba 600 monedas de
oro, la multa más alta en cuestiones de asesinato. La ley salia
castigaba con 300 sueldos a quien asesinara al comensal del rey.
Cualquier animal doméstico que aplaste o devore pámpanos o racimos de
los huertos privados será castigado con la muerte. El asesinato de una
mujer joven en edad de procrear era castigado con 600 sueldos mientras
que si la mujer moría tras sufrir la menopausia, su asesino sólo era
castigado a 200 sueldos. Esto demuestra como la sociedad germánica
defendía la natalidad. Una embarazada asesinada tenía un castigo de 700
sueldos -más 600 sueldos si el feto era varón- pero si era el niño el
muerto tras el consiguiente aborto, el asesino debía pagar 100 sueldos
de multa. La muerte de un joven varón de menos de 12 años se castigaba
con 600 sueldos mientras que una niña de esa edad sólo "valía" 200
sueldos. Para fomentar la natalidad, el rey Gontran estableció que
aquella mujer que proporcionara hierbas o plantas abortivas a otra debía
de pagar 62 sueldos y medio. Si era un cuadrúpedo doméstico quien mataba
a un hombre, su propietario debía de pagar la mitad de la multa por
homicidio, recibiendo la familia del finado el animal como
"compensación". Quien desvalije una despensa deberá pagar 15 sueldos si
la despensa no tiene llave y 45 si la tiene. El que robaba un perro
debía de abrazar el trasero del animal en público. Si se negaba a ese
deshonor pagaba 5 sueldos al dueño y dos de multa. El robo de un ciervo
doméstico se castigaba con 45 sueldos. El robo del halcón sobre su
percha tenía una multa de 15 sueldos y de 45 si el animal estaba
encerrado con llave. Un vaso de miel robado tiene una multa de 45
sueldos; si lo robado es un esclavo o un jumento, la multa desciende a
35 sueldos -por lo que se deduce que la miel era casi un objeto de lujo
al ser las abejas las únicas proveedoras de azúcar en aquella época-. El
hurto de un esclavo cualificado tiene una pena mayor: 62 sueldos y
medio, mientras que el robo del caballo de tiro esta penado con 45
sueldos. Para regular todos los robos que se producían, la ley salia
cuenta con 22 títulos que afectan a estos delitos, de un total de 70
títulos, lo que supone casi una tercera parte. De esta manera podemos
afirmar que el robo estaba a la orden del día en la sociedad
altomedieval. Sin embargo, los francos castigan todos los robos
mencionados anteriormente con una multa de tres sueldos, a excepción del
hurto de la reja del arado o de la pareja de bueyes, castigándose al
culpable con la esclavitud. La violación y la castración son delitos
castigados rigurosamente por la ley salia mientras que la lex romana no
legislaba al respecto. La castración estaba penada con una multa de 100
a 200 sueldos que podían subir a 600 si el castrado era miembro de la
guardia personal del monarca. El médico que curara la víctima recibiría
9 sueldos en agradecimiento a su trabajo. Sin embargo, la castración era
un castigo habitual para los esclavos que robaban, recibiendo también
cuantiosos latigazos y las correspondientes torturas. En esto no difería
mucho de las leyes romanas ya que consideraban que todos los criminales
condenados debían ser torturados. La tortura era considerada como un
sádico espectáculo para el pueblo quien acudía en masa a contemplar el
tormento público. Oficialmente estas torturas se hacían públicas para
dar ejemplo del castigo aplicado a los delincuentes pero en definitiva
se convirtió en una nueva fórmula de diversión. Incluso muchos de los
torturados eran curados in situ para volver a recibir nuevos tormentos
como nos cuenta Gregorio de Tours: "(...) estuvo colgado de un árbol con
las manos atadas a la espalda, y hasta la hora novena, en que se le dejó
tendido sobre un caballete, se le molió a palos, a vergazos y a
correazos, y no sólo por una o dos personas, sino por todos cuantos se
pudieron acercar a aquellos miserables miembros". La violación de una
mujer libre era castigada con la muerte entre los galo-romanos mientras
que la de una esclava se imponía una multa por su valor. Entre los
francos, esa misma violación tenía como castigo la imposición de una
multa de 62 sueldos y medio, aumentada por Carlomagno hasta 200 sueldos.
La ley del emperador Mayoriano permitía al marido de la adúltera matar
de un solo golpe a los amantes sorprendidos in-fraganti. Esta práctica
continuó entre los francos mientras que los burgundios permitían el
estrangular a la mujer y arrojarla a una ciénaga. Las legislaciones
germánicas también regulaban la multa para aquel hombre que se casara
con una mujer diferente a la prometida: 62 sueldos y medio. La ley salia
preveía que el responsable de un incendio debería pagar diferentes
indemnizaciones a los familiares de los muertos que se provocaron o a
los implicados que habían sobrevivido. Sin embargo, los romanos
castigaban a estos pirómanos con el destierro -si era noble el culpable-
o a trabajos forzados en las minas si se trataba de un hombre libre. En
caso de graves daños, la muerte era el castigo que le esperaba. Para
evitar una pena de muerte o un castigo en la época medieval eran
frecuentes las ordalías o juicios de Dios. La más conocida era hacer
caminar al acusado sobre nueve rejas de arado puestas al rojo vivo, por
supuesto con los pies desnudos. Si días después las plantas de sus pies
estaban sanas sería absuelto. Otra ordalía habitual era arrojar al
presunto culpable a un río con una piedra de grandes dimensiones atada
al cuello. Si conseguía salir del agua recibía la absolución al haber
manifestado Dios su inocencia. Otra manera de escapar de la acusación
era hacer uso del derecho de asilo por el cual aquel que entrase en
lugar sagrado -iglesia, catedral o templo rural- era acogido por el
santo patrón y recibía su protección. El refugio se acomodaba en los
atrios de los templos gracias a una triple galería de columnas adosada a
la fachada occidental. Allí podían acogerse hasta doce fugitivos
recibiendo techo y comida, siendo frecuentes entre ellos el adulterio y
la embriaguez. Era frecuente que los enemigos, para vengar sus afrentas,
esperasen a que el acusado saliese de lugar sagrado para acabar con su
vida. El papel protector de la Iglesia se afianzó gracias al privilegio
de inmunidad por el cual el rey ofrecía a las tierras eclesiásticas
-previa petición de un obispo o abad- la posibilidad de librarse de
visitas, inspecciones o imposiciones de los funcionarios locales o de
los señores que en zona inmune no podían llevar espada.
|
Casas y
Comidas
Según los datos
arqueológicos las casas altomedievales eran muy simples, por
regla general. Su tamaño era reducido y estaban construidas en
madera, adobe y piedras, utilizando paja para el techo. Las
cabañas de los campesinos solían medir entre 2 y 6 metros de
largo por dos de ancho, horadando el piso para crear un ambiente
más cálido. En su interior habitaban la familia y los animales,
sirviendo estos de "calefacción". Las casas podían tener una
cerca alrededor donde se ubicaría el huerto, uno de los espacios
más queridos en la época. Allí se cultivaban las hortalizas, las
legumbres y las pocas frutas que constituían parte de la
alimentación de los campesinos El mobiliario de las casas era
muy escaso. Algunas ollas de cerámica, platos y marmitas, una
mesa y taburetes para comer a su alrededor ya que los germanos
abandonaron la costumbre romana de comer acostados y apoyándose
sobre un codo. Al ubicarse alrededor de la mesa se emplearon
cuchillos y cucharas, aunque serían las manos la pieza más
utilizada para comer. La comida más fuerte era la de la tarde,
rompiéndose el tópico que en la época medieval se pasaba
habitualmente hambre. Al principio de la comida se servía la
sopa, invento franco consistente en caldo de carne con pan.
Después se comen las carnes, tanto en salsa como a la parrilla,
acompañadas de verdura -coles, nabos, rábanos, aliñados con
especias, ajo y cebolla, considerando que las especias
favorecían la digestión-. Era habitual que los platos se
aliñaran con garum, condimento de origen romano elaborado a
partir de la maceración de intestinos de caballa y esturión en
sal. El vino y la cerveza regaban estas pantagruélicas comidas
habituales en la nobleza. Como no todos los platos eran
devorados, las numerosas sobras caían en manos de los esclavos y
sirvientes que daban debida cuenta de ellas. Son frecuentes los
testimonios que aconsejan abandonar esta dieta para sustituirla
por "raíces, legumbres secas y gachas con una pequeña galleta, a
fin de que el vientre no esté pesado y asfixiado el espíritu"
como recomienda san Columbano a sus monjes. Un monje nos cuenta
que "no probaba ni siquiera el pan y sólo bebía cada tres días
una copa de tisana" mientras que un rico bretón llamado Winnoch
se jactaba de comer sólo hierbas crudas. Pero estos casos no
eran lo habitual ya que Fortunato manifiesta que sale de las
comidas "con el vientre inflado como un balón" mientras que
Gregorio de Tours monta en cólera cuando hace referencia a dos
obispos que pasan todo el día comiendo, "se volcaban sobre la
mesa para cenar hasta la salida del sol", durmiendo hasta el
atardecer. Las dietas de los monjes eran abundantes. En un día
un monje solía consumir 1700 gramos de pan, litro y medio de
vino o cerveza, unos 80 gramos de queso y un puré de lentejas de
unos 230 gramos. Las monjas se contentan con 1400 gramos de pan
y 130 gramos de puré, añadiéndose el queso y el vino. Los laicos
suelen engullir kilo y medio de pan, 100 gramos de carne, 200
gramos de puré de legumbres secas y 100 de queso, regado también
con litro y medio de vino o cerveza. Las raciones alimentarias
rondarían las 6.000 calorías ya que se consideraban que sólo son
nutritivos los platos pesados, convirtiéndose el pan en el
alimento fundamental de la dieta. En algunos casos, cuando no
había platos, los alimentos se tomaban sobre el pan. De estos
datos podemos advertir que la obesidad estaría a la orden del
día, por lo menos entre los estamentos noble y clerical, si bien
los campesinos también hacían comidas fuertes cuyas calorías
quemaban en su duro quehacer diario. Las fiestas eran iguales a
exceso en la época altomedieval. Las raciones alimenticias de
monjes y clérigos aumentaban en un tercio, alcanzando las 9.000
calorías gracias a doblar la ración diaria de potajes, sopas o
pures y recibir medio litro más de vino junto a media docena de
huevos y un par de aves. Los canónigos de Mans recibían en
determinadas fiestas un kilo de carne con medio litro de vino
aromatizado con hinojo o salvia. Si advertimos que el calendario
cristiano contaba con unos sesenta días festivos al año -más las
festividades locales- podemos imaginar el peso alcanzado por
algunos monjes. En época de Cuaresma la carne se sustituye por
pescados: lenguados, arenques, congrio o anguilas. Estas pesadas
comidas requerían de largas digestiones "acompañadas de siestas,
eructos y flatulencias expresadas de la manera más sonora
posible, porque tal cosa se consideraba como prueba de buena
salud y de reconocimiento al anfritión" en palabras de Michel
Rouche. Buena parte de la culpa de estas comilonas está en la
mentalidad de la época al asociar la salud, las victorias
militares o la progenie con las plegarias y los banquetes que se
prolongaban durante dos o tres días. En un mundo plagado de
violencias como era el altomedieval se impuso obligatoriamente
la hospitalidad, tanto en casas como en monasterios. El viajero
o peregrino podía refugiarse del cansancio o de los bandidos
acogiéndose a la hospitalidad brindada. "Quienquiera que rehuse
al huésped recién llegado a un techo o un hogar pagará tres
sueldos de multa" según aparece en la ley burgundia. Aunque los
viajes y traslados no fueran muy numerosos, el viajero podía
moverse con la tranquilidad de que él y su montura recibirían un
trato respetuoso allí donde solicitara hospitalidad. Esta es la
razón de la creación de hospederías donde se pueden alojar los
peregrinos, en un momento donde las peregrinaciones empiezan a
tomar forma. De esta manera se intenta evitar que los viajeros
no tengan que prostituirse para poder llegar a su destino, como
ocurrió a unos compañeros anglosajones de san Bonifacio. Esta
práctica debía ser corriente por lo que la Iglesia prohibió a
las mujeres la peregrinación. En Corbie se instituyó una posada
para doce viajeros mientras que en Saint-Germain-des-Pres se
contaron 140 huéspedes en un solo día durante el año 829.
Carlomagno animó a los obispos a instituir hospederías para
pobres y ricos, diferenciándose también a los viajeros por su
condición social.
|
Vestido y Aseo:
Los
germanos solían utilizar amplios vestidos forrados que
se ceñían ligeramente al cuerpo gracias a fíbulas o
cinturones. Una camisa de lino hasta las rodillas sobre
la que se ponía una túnica, pantalones con polainas y
botas o zuecos, dependiendo de la condición social,
sería la indumentaria masculina mientras que las mujeres
nobles llevaban sobre la túnica una especie de bata
abierta por delante y recogida con una cadenita que
permitía caminar. Si eran campesinas se vestían sólo con
la túnica. Los días de frío se utiliza un chaleco de
piel y un manto de lana. Los hombres germanos solían
llevar el cabello largo y la frente, la barba y la nuca
despejadas mientras que los romanos se lo cortan sobre
la nuca. La longitud del cabello obedece a un claro
simbolismo ya que indica fuerza, bravura y virilidad.
Por eso los esclavos y los clérigos tienen la obligación
de estar tonsurados, quedando sólo en su cabeza una
corona de cabello o una banda que va de oreja a oreja,
moda habitual entre los monjes irlandeses. No en balde,
cortar el cabello a una joven o a un muchacho estaba
castigado 45 sueldos. El desnudo sólo se permitía en dos
casos, al lavarse o al ir a dormir. Hasta el siglo VIII
el bautismo se había realizado, tanto a hombres como
mujeres, por inmersión en una piscina adosada a la
catedral. La ceremonia se celebraba las noches del
sábado santo y los neonatos en la religión recibían el
bautismo desnudos. La desnudez bautismal tenía un
simbolismo que desapareció en época carolingia al
sustituirse el bautismo por inmersión, aplicando al
cuerpo desnudo exclusivamente carga sexual. Esta es la
razón por la que se empezó a vestir el cuerpo de Cristo
cuando se le representaba en la Crucifixión o san Benito
aconsejaba a sus monjes acostarse vestidos. La mujer y
el hombre sólo podían mostrarse desnudos en el lecho
donde tendrá lugar la procreación, aportando al tálamo
un cierto aire de sacralidad. Incluso la ley regulaba
los contactos ya que si un hombre libre tocaba la mano
de una mujer debía de pagar 15 sueldos que aumentaban a
30 si se trataba del brazo hasta el codo, 35 sueldos por
tocar encima del codo y 45 si eran los senos la zona
tocada. La razón de estos castigos estaría justificada
por las ceremonias paganas en las que las mujeres se
desnudaban para atraer la lluvia o provocar la
fecundidad de la tierra. De esta manera tocar a la mujer
supondría un atentado contra la generación de la vida.
El aseo personal solía hacerse en los lechos de los ríos
o en las piscinas de aguas termales. Los príncipes
carolingios se bañaban y cambiaban sus ropas los
sábados. Nos han quedado restos de utensilios de cuidado
personal como tijeras, pinzas depilatorias o peines,
especialmente para las damas que mesaban sus cabellos y
los "esculpían" con ayuda de largas horquillas.
Encontramos numerosas joyas que servían para adornar
vestidos y capas, considerándose la orfebrería germánica
como una de las más atractivas de la historia. Nos han
quedado sortijas, anillos, pendientes, horquillas,
broches, placas-hebillas, joyas que exclusivamente
podían utilizar las mujeres como se ha podido constatar
en los yacimientos arqueológicos. Estas joyas nos dan fe
de la existencia de grandes fortunas en la Alta Edad
Media. Tenemos el ejemplo de un general merovingio
llamado Mummolus, quien a su muerte dejó 250 talentos de
plata y 30 de oro lo que suponían 6250 kilos de plata y
750 de oro, fortuna entre la que destaca una fuente de
56 kilos. Un esclavo culto llamado Andarchius valoró su
fortuna en 16.000 sueldos de oro -unos 68 kilos- para
convencer a una noble dama de que podía casarse con su
hija. El obispo Didier de Auxerre legó a su iglesia en
el año 621 aproximadamente 140 kilos de orfebrería
litúrgica. Son algunas muestras de la pasión por el oro
y la plata desencadenada en estos tiempos.
|
Demografía:
Los estudios antropológicos en los cementerios
han permitido un mayor acercamiento a la
demografía de la época. Podemos afirmar que la
mortalidad infantil era muy elevada,
estableciéndose la tasa en 45 por mil. La
esperanza de vida rondaría los 30 años,
situándose la longevidad media entre 30 y 40
años para las mujeres y 45 años para los
hombres. Alcanzar esas edades era complicado
pero cuando se llegaba las posibilidades de
alcanzar la ancianidad eran dobles, como han
podido constatar los estudios realizados entre
los eremitas, manifestando que las mujeres
fallecían a los 67 años y los hombres a los 76,
invirtiendo la tendencia actual. Los estudios
alrededor de la mortalidad arrojan estos
curiosos datos; fallecían un 448 por mil de los
recién nacidos pero la tasa baja a 150 para los
adultos de 20 años; los de 30 años presentan una
tasa de 229 por mil; los de 40, 297 por mil; a
los 50, 423 por mil; a los 60, 533 por mil; y a
los 70, 1000 por mil. La mayoría de los
fallecimientos femeninos se producen entre los
18 y 29 años debido a fiebres puerperales o a
partos difíciles. La natalidad también era muy
alta, estimándose en un 50 por mil pero las
familias sólo tenían -por término medio- un par
de hijos que alcanzaran el matrimonio. La
estatura media se acercaría a 1´67 metros para
los hombres y 1´55 para las mujeres, estaturas
bajas posiblemente debido a la malnutrición. A
pesar de estos datos negativos se ha podido
constatar en algunas aldeas como la población se
ha duplicado e incluso quintuplicado, haciendo
referencia los especialistas a la endogamia que
multiplicaba las tasas elevadas de
consanguineidad,, motivando el aumento de
enfermedades degenerativas que acercaban a la
muerte. Sin embargo, podemos afirmar que el 60 %
de la sociedad altomedieval no supera los 25
años, considerándose una población joven y
dinámica, que aumenta a pesar de la elevada
mortalidad infantil. A lo largo de los siglos V
y VI las epidemias asolaron Europa en varias
ocasiones, siendo la peste inguinaria la más
mortal, mostrando los característicos bubones
bajo las axilas que significaban la inmediata
muerte. Las enfermedades más corrientes eran la
parálisis, la debilidad -producto de la
desequilibrada dieta alimenticia-, la ceguera,
la sordera y enfermedades mentales. La
avitaminosis provocaría raquitismo en los
infantes, polineuritis y glaucomas. La
poliomielitis estaría también a la orden del día
debido a la desastrosa situación de los
acueductos y la necesidad de consumir agua
estancada. Entre las enfermedades mentales
encontramos numerosas depresiones, neurosis que
explicarían parálisis o fenómenos como las manos
engarfiadas provocando que las uñas atravesaran
las palmas, manías agudas acompañadas de
epilepsias o estados maniacos asociados o
provocados por el alcoholismo. La mayoría de
estos enfermos mentales estarían catalogados
fácilmente como poseídos por el demonio, lo que
hacía necesario frecuentes exorcizaciones. Estos
datos han podido ser constatados gracias a los
registros de los lugares de peregrinación ya que
los monjes registraban los casos médicos que
llegaban para intentar establecer diagnósticos
siguiendo las enseñanzas de Hipócrates.
|
Demografía:
Los estudios antropológicos en los
cementerios han permitido un mayor
acercamiento a la demografía de la
época. Podemos afirmar que la mortalidad
infantil era muy elevada,
estableciéndose la tasa en 45 por mil.
La esperanza de vida rondaría los 30
años, situándose la longevidad media
entre 30 y 40 años para las mujeres y 45
años para los hombres. Alcanzar esas
edades era complicado pero cuando se
llegaba las posibilidades de alcanzar la
ancianidad eran dobles, como han podido
constatar los estudios realizados entre
los eremitas, manifestando que las
mujeres fallecían a los 67 años y los
hombres a los 76, invirtiendo la
tendencia actual. Los estudios alrededor
de la mortalidad arrojan estos curiosos
datos; fallecían un 448 por mil de los
recién nacidos pero la tasa baja a 150
para los adultos de 20 años; los de 30
años presentan una tasa de 229 por mil;
los de 40, 297 por mil; a los 50, 423
por mil; a los 60, 533 por mil; y a los
70, 1000 por mil. La mayoría de los
fallecimientos femeninos se producen
entre los 18 y 29 años debido a fiebres
puerperales o a partos difíciles. La
natalidad también era muy alta,
estimándose en un 50 por mil pero las
familias sólo tenían -por término medio-
un par de hijos que alcanzaran el
matrimonio. La estatura media se
acercaría a 1´67 metros para los hombres
y 1´55 para las mujeres, estaturas bajas
posiblemente debido a la malnutrición. A
pesar de estos datos negativos se ha
podido constatar en algunas aldeas como
la población se ha duplicado e incluso
quintuplicado, haciendo referencia los
especialistas a la endogamia que
multiplicaba las tasas elevadas de
consanguineidad,, motivando el aumento
de enfermedades degenerativas que
acercaban a la muerte. Sin embargo,
podemos afirmar que el 60 % de la
sociedad altomedieval no supera los 25
años, considerándose una población joven
y dinámica, que aumenta a pesar de la
elevada mortalidad infantil. A lo largo
de los siglos V y VI las epidemias
asolaron Europa en varias ocasiones,
siendo la peste inguinaria la más
mortal, mostrando los característicos
bubones bajo las axilas que significaban
la inmediata muerte. Las enfermedades
más corrientes eran la parálisis, la
debilidad -producto de la desequilibrada
dieta alimenticia-, la ceguera, la
sordera y enfermedades mentales. La
avitaminosis provocaría raquitismo en
los infantes, polineuritis y glaucomas.
La poliomielitis estaría también a la
orden del día debido a la desastrosa
situación de los acueductos y la
necesidad de consumir agua estancada.
Entre las enfermedades mentales
encontramos numerosas depresiones,
neurosis que explicarían parálisis o
fenómenos como las manos engarfiadas
provocando que las uñas atravesaran las
palmas, manías agudas acompañadas de
epilepsias o estados maniacos asociados
o provocados por el alcoholismo. La
mayoría de estos enfermos mentales
estarían catalogados fácilmente como
poseídos por el demonio, lo que hacía
necesario frecuentes exorcizaciones.
Estos datos han podido ser constatados
gracias a los registros de los lugares
de peregrinación ya que los monjes
registraban los casos médicos que
llegaban para intentar establecer
diagnósticos siguiendo las enseñanzas de
Hipócrates.
|
Diversiones:
Entre los romanos la ociosidad
era el modo ideal de vida ya que
el trabajo era algo despreciable
que ya realizaban los esclavos.
Pero en la Europa germánica
cambiará este concepto, en parte
por la introducción del
cristianismo. No en balde, san
Benito de Nursia incorpora a su
regla monástica la máxima "ora
et labora" que implica aceptar
el trabajo como algo saludable y
que satisface al espíritu. Aún
así los nobles no son muy
aficionadas a la labor por lo
que sus diversiones son bastante
conocidas. La caza encabeza el
ranking de aficiones nobiliarias
al estar también considerada
como un adiestramiento para la
guerra. Los francos sometan la
naturaleza por la fuerza en
época otoñal, en el momento que
los animales jóvenes ya no
dependen de sus madres y el
bosque se presentan más claros.
De esa manera se establece la
ley del más fuerte, entre el
hombre y la bestia. La caza
también tenía inconvenientes
como en el caso de Carlomán III,
herido mortalmente por un jabalí
al igual que su tío Carlos el
Niño. Childerico II y su esposa
Bilichilda fueron asesinados por
una conjura nobiliaria cuando
estaban de caza, a pesar del
estado de buena esperanza de la
reina. Más curioso es el caso de
Luis II, prendado de una bella
moza mientras cazaba. Decidió
perseguir a la muchacha a golpe
de caballo y no se percató de
que la joven había entrado en su
choza cuando chocó contra el
dintel, abriéndose la cabeza.
Para la caza a caballo eran
utilizados perros de dos tipos,
unos que perseguían y cercaban a
la presa y otros que la atacaban
al cuello para matarla. Esta
estrecha relación con el perro
de caza motivaría que aquel que
robase un can se viera castigado
a abrazarle el trasero en
público, deshonor que podía ser
sustituido por una multa de 7
sueldos, cinco para el dueño del
animal y 2 para las arcas
estatales. También se utilizaban
trampas como el ciervo en celo
atado a unas ramas que con sus
bramidos atraía a las hembras.
Otro tipo de caza era el que
tenía a las aves de presa como
protagonistas. Los halcones eran
muy preciados y aquel que osase
robar uno de una percha debía
soportar un cruel castigo: el
animal devoraría cinco onzas de
carne roja sobre el pecho del
ladrón. Para la caza era
habitual utilizar el arco,
especialmente para una modalidad
denominada tiro al vuelo. El
cazador, montado a caballo,
disparaba sus flechas contra las
aves, siendo su criado quien le
preparaba el arco. Otro tipo era
la caza a cuchillo,
especialmente para los jabalíes,
la pieza más preciada. Entre las
diversiones más sosegadas
tenemos la pesca -que no
requería casi actividad física
por lo que no era ocio típico
del guerrero- el ajedrez y los
banquetes, momento en el que el
noble se abandonaba a las
pasiones de la comida y la
bebida.
|
Amor Conyugal y
Extraconyugal:
En la mayoría de los
textos altomedievales no
se hace referencia a la
relación conyugal con la
palabra amor,
utilizándose más bien el
término "caritas". Este
término lo utiliza Jonás
de Orleans en el siglo
IX para hacer referencia
al amor que conlleva la
"honesta copulatio", la
relación sexual que
tiene como objetivo la
procreación, una
relación carnal sin
desbordamientos y
absolutamente fiel y
desinteresada. Eginhardo,
el biógrafo de
Carlomagno, hace
referencia a su
fallecida esposa como
"su mujer, su hermana,
su compañera" mientras
que una pareja del siglo
V se separan para
disfrutar del matrimonio
místico con Dios. Sí se
emplea la palabra amor
para hacer referencia a
la relación
extraconyugal, cargada
de pasión. En la Alta
Edad Media se considera
que el amor es un
impulso irresistible de
los sentidos, un impulso
de deseo que
difícilmente puede
manifestarse en el
ámbito matrimonial. Los
paganos encuentran el
origen de esta pasión en
la divinidad mientras
los cristianos la
achacan al maligno
Satán, por lo que este
amor debe ser
destructor. Los germanos
utilizan un término
relacionado con el deseo
sexual: la "líbido",
curiosamente siempre
relacionado con las
mujeres. Los códigos
legales hacen referencia
a este ardor sexual,
hablando de las viudas:
"toda viuda que libre y
espontáneamente, vencida
por el deseo se haya
unido con alguno y esto
haya acabado por saberse
pierde inmediatamente
sus derechos y no puede
casarse con el hombre en
cuestión". A pesar de
ser el amor considerado
como un mancha
encontramos numerosos
testimonios de mujeres
que realizan todo tipo
de conjuros y pócimas
para atraer la atención
del hombre amado. Si se
desea que un hombre sea
impotente se podía
conseguir anudando una
cinta a cada una de las
prendas de vestir de
ambos cónyuges. Si la
mujer no deseaba
quedarse encinta se
desnudaba, se
embadurnaba en miel y se
revolcaba en un montón
de trigo, recogiéndose
con cuidado los granos
que habían quedado
pegados a su cuerpo.
Esos granos eran molidos
manualmente al contrario
que de la forma
habitual, de izquierda a
derecha. El pan
resultante de esa harina
se ofrecía al hombre con
el que se mantendría la
relación sexual. De esta
manera se "castraba" al
varón y no se
engendraban niños. Un
afrodisiaco utilizado en
la época era la
introducción de un pez
vivo en la vagina de la
mujer, donde quedaba
hasta que moría. El pez
era cocinado y servido
al marido que se cargaba
de potencia sexual. Otro
sistema sería amasar la
pasta del pan en las
nalgas de una mujer o
sobre sus partes
genitales, provocando de
esta manera el deseo del
hombre perseguido. La
sangre de las
menstruaciones, la orina
de ambos sexos o el
esperma del hombre
también eran
considerados potentes
afrodisiacos. En los
penitenciales
encontramos numerosas
referencias a la
masturbación. Cuando el
pecador era joven se
imponía una penitencia
bastante leve pero podía
llegar a tres años en
caso de que la
masturbación la hubiera
efectuado una mujer
adulta.
|
Violencia y
Muerte:
La sociedad
altomedieval
vivía inmersa en
la violencia.
Aún estaban
presentes en la
memoria
colectiva las
invasiones
germánicas
cuando el Islam
azotó algunas
zonas de Europa,
especialmente la
península
Ibérica. Pero
también podían
aparecer en
cualquier
momento bandidos
-llamados
baguadas en
lengua galaica-
que asolaban
cosechas,
mataban
campesinos y
violaban
mujeres. Si
caían en manos
de las tropas
reales estos
bandidos eran
condenados a
muerte o a la
esclavitud pero
su presencia
motivaba gran
angustia e
inquietud en la
sociedad franca
de la época.
Estos frecuentes
ataques
provocarán el
encastillamiento
de la población,
primero en sus
pequeños
refugios y
posteriormente
en el castillo
del señor
feudal. Los
incendios eran
otra muestra de
la violencia
cotidiana,
atacando a la
comunidad. No
resultaba
difícil
incendiar
aquellas casas
de techumbre de
madera y paja o
los graneros por
lo que las leyes
eran
contundentes en
los castigos.
Los salios
imponían fuertes
multas a los
causantes de
estos
incidentes,
obligando a
pagar
indemnizaciones
a los familiares
de los muertos y
a los heridos.
El pirómano
podía ser
condenado al
destierro o
trabajos
forzados en las
minas
dependiendo de
su condición
social, según la
ley romana
mientras que si
los daños eran
graves la muerte
sería su
condena. Los
incendios no
sólo afectan a
hogares aislados
sino a ciudades
enteras como en
los casos de
Bourges (584),
París (585),
Orleans (580) o
Tours en varias
ocasiones. Los
cristianos
buscaban las
causas de estos
sucesos en las
vidas
licenciosas de
los habitantes
por lo que había
que buscar
refugio bajo el
signo de la cruz
pintado en el
dintel de las
casas o las
reliquias de
algún santo o
mártir. Con
motivo de uno de
los incendios
sufridos por la
ciudad de
Burdeos "la casa
del sirio
Euphrôn, a pesar
de haber quedado
rodeada por las
llamas, no se
vio en absoluto
perjudicada" ya
que había
colocado en uno
de sus muros un
hueso de uno de
los dedos de san
Sergio. La
violencia debía
de ser algo
cotidiano según
podemos advertir
en los escritos
de los literatos
de la época.
Pero esta
violencia no
sólo afectaba a
laicos sino
también a los
religiosos.
Conocemos el
caso de las
monjas del
monasterio de la
Santa Cruz de
Poitiers que
maltrataron a la
abadesa y al
obispo y
reunieron "una
tropa de
hechiceros,
asesinos y
adúlteros" para
atacar su propio
monasterio.
También se ha
constatado el
caso de un
obispo de Le
Mans que hizo
castrar a sus
clérigos por
estar
descontento con
sus actitudes. A
comienzos del
siglo X la
instigación del
conde de Flandes
motivó el
asesinato del
arzobispo
Foulque de Reims.
Para evitar el
derramamiento
innecesario de
sangre la ley
salia establecen
castigos
monetarios: tres
puñetazos se
multan con 9
sueldos; una
mano arrancada,
un ojo saltado,
un pie cortado o
una oreja
cortada son 100
sueldos de
multa, que se
rebajan si el
miembro aún
cuelga. Ese
mismo importe
supone la lengua
cortada "de tal
forma que ya no
pueda hablar".
Resulta curioso
diferenciar las
multas para los
cortes de dedo:
si se trata del
índice la multa
es de 35 sueldos
mientras que si
el seccionado es
el dedo meñique
sólo serán 15
sueldos. La
razón: el índice
sirve para
tensar el arco,
instrumento
fundamental para
la defensa y la
caza. Resulta
lógico pensar
que en una
sociedad tan
violenta la
venganza estaba
a la orden del
día. Cuando se
realiza un
homicidio la
familia de la
víctima debe
vengar su
muerte, ya sea
en la persona
del culpable o
de algún miembro
de su familia.
Cuando el joven
Sicharius conoce
la muerte de sus
padres, comenta:
"Si no vengo la
muerte (...), no
merezco seguir
llamándome
hombre sino que
me tengan por
una débil
mujer". Su
reacción será
cortar la cabeza
del asesino con
un serrucho. De
esta manera ha
vengado a sus
víctimas pero
inicia una
cadena
interminable de
sangre y muerte
como las que
hace referencia
Gregorio de
Tours en el
siglo VI. Era
frecuente que
las víctimas de
la venganza
fueran expuestas
de manera
pública para
exhibir que la
obligación había
sido cumplida.
No en balde, las
leyes hacen
referencias a
que "si alguien
quita la cabeza
de un hombre que
sus enemigos han
clavado en una
estaca sin
contar con
alguna otra
persona (...)
tendrá que pagar
15 sueldos".
Para solucionar
este tipo de
venganzas la
reina Brunehaut
utilizó un
sistema bastante
reprochable:
hizo que sus
sicarios mataran
a hachazos,
después de
haberles
emborrachado, a
los miembros de
dos familias que
estaban
enzarzadas en
guerras de
venganza. Pero
existía otro
método menos
violento para
detener la
venganza. Si la
familia del
finado exigía el
pago de un
cantidad de oro
y el asesino
aceptaba, se
detenía la
venganza. Esta
acción se
denominaba
wergeld o
composición. Sin
embargo, el
temor a ser
considerado
cobarde pesaba
en numerosas
ocasiones y la
venganza seguía
su curso. Otra
muestra de la
violencia
altomedieval
eran las
injurias y los
insultos. Al
estar
relacionado con
el honor se ha
llegado a
legislar sobre
el asunto. Si no
se respondía a
una injuria o
insulto se daba
por sentado que
se aceptaba el
calificativo
mencionado. Las
multas que se
imponían por los
insultos sitúan
el calificativo
de prostituta
como el más vil
ya que estaba
castigado con 45
sueldos. La
mención a la
pederastia se
castiga con 15
sueldos y el
resto de
calificativos
relacionados con
descréditos se
castigan con 3
sueldos de
multa: chivato,
traidor, zorro,
homosexual, etc.
En un mundo
cargado de
violencia y
muerte tenemos
que hacer
referencia a los
cementerios,
advirtiéndose
distintas
costumbres entre
los variados
pueblos
europeos. Los
romanos
enterraban a sus
muertos fuera de
los muros de la
ciudad, en
diferentes
tumbas que se
sucedían a lo
largo de las
vías. Los
merovingios
también
siguieron esa
costumbre,
enterrando a los
fallecidos en
las afueras de
los poblados.
Los germanos
desarrollaron
unos
particulares
cementerios
rurales situados
en la vertiente
sur de una
colina y en las
cercanías de una
fuente, situando
las tumbas en
hilera. Los
francos
enterraban los
cadáveres
desnudos,
rodeando la fosa
con piezas de
piedra como si
se tratara de un
sarcófago. En
algunos
enterramientos
se han
encontrado a los
niños sepultados
en grupos, junto
a las tumbas de
sus padres. En
algunas zonas se
practicaba la
incineración,
especialmente en
los siglos V y
VI, para evitar
que los muertos
regresasen a
atormentar a los
vivos, de la
misma manera que
se ponían
arbustos
espinosos sobre
la tumba. El
muerto era
trasladado desde
la aldea al
cementerio en
cortejo,
colocado sobre
unas parihuelas
y cubierto con
un paño sus
ojos,
transportado a
la altura de las
rodillas. Una
vez enterrado
los familiares
acudían
regularmente a
la tumba para
celebrar
banquetes
funerarios. En
el cementerio se
reproducía el
mundo de la
aldea. Los
muertos eran
enterrados
vestidos con sus
pocas o muchas
pertenencias
-armas,
herramientas,
joyas, collares,
peines, pinzas
de depilar,...-.
En algunos
enterramientos
se han
encontrado
caballos
sacrificados
quizá para
conducir a la
tierra al
difunto en la
celebración de
la fiesta de
Jul, el 26 de
diciembre.
También se
depositaban a
los pies del
finado jarras de
cerámica o
cristal con
alimentos para
el viaje al más
allá,
reminiscencia
pagana al igual
que la moneda en
la boca para
pagar el óbolo a
Caronte, el
barquero con el
que se debía
cruzar la laguna
Estigia. En las
culturas
cristianas se
sustituyó la
moneda por una
hostia, lo que
motivó la
prohibición de
la Iglesia. Las
culturas
germánicas
hacían todo lo
posible para que
el muerto
estuviera
tranquilo en su
tumba. Esa es la
razón por la que
a los niños
muertos al poco
de nacer se los
empalaba debido
a que el
inocente no
podía estar bajo
tierra. Para
asegurar la
tranquilidad de
las tumbas había
que protegerlas
contra las
violaciones de
los vivos,
práctica
bastante
corriente como
han podido
constatar los
arqueólogos.
Estos delitos
traían consigo
como
catastrófica
consecuencia el
regreso del
difunto por las
noches para
atormentar a los
vivos.
Legalmente el
violador de
tumbas era
castigado con
una fuerte multa
y la condena al
ostracismo más
absoluto hasta
que no abonara
el castigo.
Hacia la mitad
del siglo VIII
la Iglesia
consigue que el
cementerio rodee
el templo,
creando de esta
manera una mayor
esperanza de
protección y
salvación. Las
tumbas de los
personajes
importantes
pasaban a
ubicarse bajo el
pavimento de la
iglesia.
|
Paganismo:
Aunque
la
religión
cristiana
era la
oficial
de los
diferentes
Estados
germanos
surgidos
tras la
caída
del
Imperio
Romano
de
Occidente,
el
paganismo
perduró
en las
conductas
sociales
durante
la Alta
Edad
Media
tal y
como nos
informan
obispos
y
clérigos,
al menos
hasta el
siglo X.
Estas
prácticas
paganas
se
manifiestan
aún con
más
fuerza
en
regiones
recientemente
conquistadas
para el
cristianismo
como
Sajonia
o
Frisia.
Un mundo
plagado
de
violencia
como el
altomedieval
nos
ofrece
muestras
de
mantenimiento
de la
práctica
de la
adivinación,
tanto de
tradición
romana
como
germana.
Si un
viajero
escucha
a una
corneja
graznando
a la
izquierda
lo puede
interpretar
como un
signo de
buen
viaje.
El
estudio
de los
excrementos
o los
estornudos
de los
animales
de
trabajo
-caballos
o
bueyes-
permite
conocer
si el
día nos
trae
buenos o
malos
augurios.
Arrojar
unos
granos
de
cebada
sobre el
fuego
del
hogar y
contemplar
como
saltan
es una
señal de
peligro.
Numerosos
adivinos
se
ponían
en
contacto
con los
muertos.
Era
frecuente
que el
adivino
se
sentara
en un
cruce de
caminos
sobre
una piel
de toro
-con la
zona
ensangrentada
vuelta
sobre la
tierra-
para
recibir
las
comunicaciones
de los
difuntos,
en el
silencio
de la
noche.
De esta
manera
podían
predecir
catástrofes
o
brindar
soluciones
a
diferentes
problemas.
El papel
de la
mujer
como
mediadora
entre
los
vivos y
los
espíritus
es
frecuente
en esta
época. A
falta de
cartas
para
adivinar,
las
mediums
germánicas
asociaban
letras a
diferentes
vaticinios.
Las
letras
eran
grabadas
en palos
y
sacadas
por la
adivina
al azar.
La n
significaba
miseria
e
infortunio
mientras
que la t
era
victoria.
Una
fórmula
curiosa
de
adivinación
era la
que
utilizaba
como
instrumento
la
Biblia.
Un
clérigo
o un
niño
abría
las
Sagradas
Escrituras
al azar,
leyéndose
la
primera
línea de
la
página
elegida,
lo que
se
consideraba
como una
profecía.
Tampoco
faltaban
las
interpretaciones
de los
sucesos
naturales
como
temblores
de
tierras
o fuegos
fortuitos
así como
fórmulas
de
conjuro
contra
las
enfermedades
oculares,
las
hemorragias
o la
hidropesía.
La magia
estaba a
la orden
del día,
sirviendo
todo
tipo de
amuletos
contra
el mal
de ojo o
las
enfermedades.
Estos
amuletos
los
utilizaban
hasta
los
grandes
monarcas
como
Carlomagno,
quien
llevaba
un
talismán
de
cristal
en su
cuello.
En las
hebillas
de
cinturón
encontramos
adornos
contra
la mala
suerte.
También
se
consideraba
que el
cabello
tenía
una
fuerza
especial,
e
incluso
se han
constatado
casos de
quien ha
llegado
a quemar
la
cabeza
de un
muerto,
cocer el
resultante
y beber
la
pócima
con tal
de sanar
una
enfermedad.
Para
curar a
los
niños
enfermos
se les
introducía
en una
excavación
cerrada
con
espinos,
situada
en una
encrucijada.
Si la
madre
tierra
se
empapaba
de la
enfermedad,
el niño
dejaba
de
llorar y
estaba
curado.
Para
curar la
terrible
tos
ferina,
el
pequeño
era
introducido
en un
árbol
hueco.
Como es
de
imaginar,
en una
época
tan
mágica y
misteriosa
abundaban
los
conjuros
y las
hierbas
sanadoras.
Para
cristianizar
estas
prácticas
la
Iglesia
impuso
que
cuando
se
recolectaran
las
hierbas
se
rezara
un
Padrenuestro
y un
Credo.
Mezclas
mortales
podían
ser las
de
belladona
y bayas
de
madreselva
como nos
refieren
los
penitenciales,
al igual
que
algunas
pócimas
buscaban
el amor,
la
fertilidad
o la
impotencia
masculina.
Si se
desea
que un
hombre
sea
impotente
se podía
conseguir
anudando
una
cinta a
cada una
de las
prendas
de
vestir
de ambos
cónyuges.
Si la
mujer no
deseaba
quedarse
encinta
se
desnudaba,
se
embadurnaba
en miel
y se
revolcaba
en un
montón
de
trigo,
recogiéndose
con
cuidado
los
granos
que
habían
quedado
pegados
a su
cuerpo.
Esos
granos
eran
molidos
manualmente
al
contrario
que de
la forma
habitual,
de
izquierda
a
derecha.
El pan
resultante
de esa
harina
se
ofrecía
al
hombre
con el
que se
mantendría
la
relación
sexual.
De esta
manera
se
"castraba"
al varón
y no se
engendraban
niños.
Un
afrodisiaco
utilizado
en la
época
era la
introducción
de un
pez vivo
en la
vagina
de la
mujer,
donde
quedaba
hasta
que
moría.
El pez
era
cocinado
y
servido
al
marido
que de
esta
manera
se
cargaba
de
potencia
sexual.
Otro
sistema
sería
amasar
la pasta
del pan
en las
nalgas
de una
mujer o
sobre
sus
partes
genitales,
provocando
así el
deseo
del
hombre
perseguido.
La
sangre
de las
menstruaciones,
la orina
de ambos
sexos o
el
esperma
del
hombre
también
eran
considerados
potentes
afrodisiacos.
Las
leyes
germanas
consideran
que el
peor
insulto
es el de
bruja,
tal y
como
aparecen
en sus
castigos:
"Si
alguien
llama a
otro
servidor
de las
brujas o
portador
de un
caldero
de
bronce
en el
que las
hechiceras
hacen
sus
mejunjes,
tendrá
que
pagar 62
sueldos
y
medio".
Las
brujas
eran
francamente
temidas
por la
sociedad
según
reza en
un
castigo:
"Si una
bruja
devora a
un
hombre,
pagará
200
sueldos".
Sus
poderes
estarían
vinculadas
al
diablo y
tendrían,
entre
otras
facultades,
la de
leer el
futuro.
Para
ello
utilizaban
sangre
humana
esparcida
por su
caldero
por lo
que eran
denominadas
caníbales
y
chupadoras
de
sangre.
La
Iglesia
perseguirá
este
tipo de
muestras
de
paganismo,
especialmente
a partir
del
Concilio
de París
del año
829
donde se
condenaron
estas
creencias.
Una de
las
fórmulas
que se
llevarán
a cabo
para
cristianizar
el
paganismo
está
relacionada
con la
creación
de
nuevos
espacios
sagrados,
el culto
hacia
los
santos,
las
celebraciones
litúrgicas
o las
procesiones.
En
resumen,
hacer
pública
la fe.
Todo
tipo de
magia
será
considerada
satánica
ya desde
los
concilios
de Agde
y
Orleans
en el
siglo VI,
donde se
condenó
a
pitonisas
y
adivinos.
Sin
embargo,
como
bien
dice
Michel
Rouche
"la
cristianización
(...) no
pudo
hacer
desaparecer
aquel
conglomerado
de
creencias
subjetivas
(...)
Los
esfuerzos
del
cristianismo
procuraron
alejar
el temor
de las
fuerzas
del mal
transfiriéndolas
al
diablo a
fin de
liberar
la
conciencia
personal.
(...) La
penitencia
y el
matrimonio
fueron
probablemente
los
medios
más
eficaces
de
cristianización
de la
vida
privada".
|
Pecados y Penitencias:
Gracias a los numerosos penitenciales que nos han quedado podemos acercarnos con cierta facilidad al mundo del pecado en la Alta Edad Media. En estos documentos encontramos la penitencia correspondiente a cada pecado, pudiendo afirmar que la mayoría de ellos tienen en el ayuno a pan seco o recocido y agua su correspondiente penitencia. Si alguien no desea o no puede realizar el ayuno, existe la posibilidad de cambiarlo por el pago de una determinada cantidad de dinero al año. Una vez más , los pobres deben sufrir las consecuencias del pecado en sus propias carnes mientras que los ricos pueden adquirir su salvación. Quizá sea esta la razón por la que el concilio de París del año 829 condenó los penitenciales, ordenando que fueran quemados. A pesar de la prohibición, los sacerdotes siguieron manteniendo entre sus libros algún penitencial. Según éstos, el cristianismo consideraba tres como los más grandes pecados: la fornicación -incluyendo todo tipo de actos sexuales pero haciendo hincapié en el bestialismo, la sodomía, las relaciones orales, la masturbación, variar de postura a la hora de hacer el acto sexual, el incesto y la homosexualidad femenina-, los actos violentos y el perjurio. Sin embargo, también es cierto que estos tres pecados son los más cometidos por lo que hacen referencia los textos. Las penas pecuniarias impuestas por los penitenciales no hacen distinción social, salvo si se trata de eclesiásticos o laicos. Los sacerdotes y monjes debía ser absolutamente impolutos e impecables. El asesinato podía ser castigado con tres o cinco años de ayuno, si el acto de violencia lo cometía un laico. Caso de un sacerdote, el ayuno se elevaba a doce años. También en los penitenciales se afirma que el esclavo que ha cometido un delito por orden de su dueño no es culpable de tal, acusando al propietario de ese esclavo de la fechoría. Incluso se llega a mencionar algunos casos de amos que matan a sus esclavos y están obligados a cumplir cinco años de penitencia. El amo que violaba a su esclava debía manumitirla. Durante el siglo IX los actos de venganza serán muy perseguidos por la Iglesia, al igual que el asesinato de la mujer por parte del marido. Estos nuevos cambios están directamente relacionados con la renovación carolingia que trae consigo un cambio social. Gracias a la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio se produciría un aumento de los asesinatos conyugales, práctica que antes se regulaba con la poligamia y que en estos momentos la Iglesia desea controlar. Por esta razón la Iglesia consideró este homicidio como el más grave, comparándolo al del señor y el del padre. En el mismo plano se colocaría el de la mujer que envenena al marido. El castigo pasaría de un ayuno de catorce años a ayuno de perpetuo. De esta manera se igualaban -en algunos aspectos- hombre y mujer. El adulterio también sufrió un fuerte aumento en lo que a la penitencia se refiere. De tres años de ayuno pasó a seis. También en los penitenciales encontramos consejos de abstinencia sexual en determinados días: tres días antes del domingo, las cuaresmas de Pascua y Navidad y los días de fiesta. De esta manera, el matrimonio sólo tenía unos 200 días para realizar el acto sexual. La Iglesia también persigue el aborto, los contraceptivos, las mutilaciones y la desnudez, así como el contacto carnal durante las menstruaciones y el alumbramiento, destacando que el contacto sexual tiene como finalidad la procreación. El gran culpable de estos pecados cometidos por los débiles creyentes era el diablo, Satán. En la Edad Media se integró al diablo en la vida cotidiana. La magia, la adivinación y los conjuros se presentaron como elementos demoniacos. El miedo a Satán se adueñó de la vida medieval aunque la gracia de Dios y la cercanía de los santos estaban allí para remediarlo. Y para ello el creyente cuenta con los sacramentos. El bautismo quedó relegado a los niños en época carolingia ya que se consideró como una integración en la Iglesia. La eucaristía sufrió un cambio revelador al exigirse a las mujeres que envolviesen sus manos en un pliegue de su vestido cuando recibían el cuerpo de Cristo. Entre las virtudes de un buen cristiano encontramos la fe, la esperanza, la justicia, la prudencia, la fuerza, la temperancia, la moderación, la fidelidad, la caridad y la oración.
|
La Familia:
La estructura familiar de la Alta Edad Media recuerda a la que se manifestaba tanto en la sociedad romana como germánica al estar integrada por el núcleo matrimonial -esposos e hijos- y un grupo de parientes lejanos, viudas, jóvenes huérfanos, sobrinos y esclavos. Todos estos integrantes estaban bajo el dominio del varón -bien sea de forma natural o por la adopción-, quien descendía de una estirpe, siendo su principal obligación proteger a sus miembros. No en balde, la ley salia hace referencia a que el individuo no tiene derecho a protección si no forma parte de una familia. Como es de suponer, esta protección se paga con una estrecha dependencia. Pero también se pueden enumerar una amplia serie de ventajas como la venganza familiar o el recurso a poder utilizar a la parentela para pagar una multa ya que la solidaridad económica es obligatoria. No obstante, si alguien desea romper con su parentela debe acudir a los tribunales donde realizará un rito y jurará su renuncia a la protección, sucesión y beneficio relacionados con su familia. La familia vive bajo el mismo techo e incluso comparte la misma cama. Tíos, sobrinos, esclavos y sirvientes comparten la cama donde la lujuria puede encontrar a un amplio número de seguidores en aquellos cuerpos desnudos. Esta es la razón por la que la Iglesia insistirá en prohibir este tipo de situaciones y favorecer la emancipación de la familia conyugal donde sólo padres e hijos compartan casa y cama. El padre es el guardián de la pureza de sus hijas como máximo protector de su descendencia. Las mujeres tiene capacidad sucesoria a excepción de la llamada tierra salia, los bienes raíces que pertenecen a la colectividad familiar. Al contraer matrimonio, la joven pasa a manos del marido, quien ahora debe ejercer el papel de protector. El enlace matrimonial se escenifica en la ceremonia de los esponsales, momento en el que los padres reciben una determinada suma como compra simbólica del poder paterno sobre la novia. La ceremonia era pública y la donación se hacía obligatoria. Entre los francos alcanzaba la suma de un sueldo y un denario si se trataba de un primer matrimonio, aumentando hasta tres sueldos y un denario en caso de sucesivos enlaces. La ceremonia se completaba con la entrega de las arras por parte del novio a la novia, aunque el enlace pudiera llevarse a cabo incluso años después. Los matrimonios solían ser concertados, especialmente entre las familias importantes, por lo que si alguien se casaba con una mujer diferente a la prometida debía pagar una multa de 62 sueldos y medio. La joven tenía que aceptar la decisión paterna aunque conocemos casos de muchachas que se han negado a admitir el compromiso como ocurrió a santa Genoveva o santa Maxellenda. Lo curioso del caso es que diversos concilios merovingios y el decreto de Clotario II (614) prohiben casar a las mujeres contra su voluntad. Esta libertad vigilada motivaría que algunas mujeres tomaran espontáneamente a un hombre, en secreto, o que se produjeran raptos de muchachas, secuestros que contaban con el beneplácito de la víctima que rompía así con la rígida disposición paterna. Como es lógico pensar, todos los códigos consideran a estas mujeres adúlteras mientras que el hombre se verá en la obligación de pagar a los padres el doble de la donación estipulada. En caso de que no se pague, el castigo es la castración. Si un muchacho se casa con una joven sin el consiguiente mandato paterno, deberá pagar a su suegro el triple de la donación determinada. Si esto se produce, el matrimonio ya es irreversible por lo que debemos preguntarnos si el matrimonio no dejaba de ser un pequeño negocio para los progenitores. Tras los esponsales se realiza un banquete donde la comida y la bebida corren sin reparo -siempre que la economía familiar lo permita-. El jolgorio se acompañaba de cantos y bailes de talante obsceno para provocar la fecundidad de la pareja. Durante el banquete la novia recibe regalos tales como joyas, animales de compañía, objetos del hogar, etc. El novio también le hace entrega de un par de pantuflas, como símbolo de paz doméstica, y un anillo de oro, símbolo de fidelidad de clara tradición romana. Los romanos llevaban el anillo en el dedo corazón de la mano derecha o en el anular de la izquierda -continuando la tradición egipcia según la cual desde esos lugares había un nervio que llevaba directamente al corazón-. Las damas nobles también solían llevar un sello en el pulgar derecho, una muestra de la autoridad que poseía para administrar sus propios bienes. La ceremonia concluye con el beso de los novios en la boca, simbolizando así la unión de los cuerpos. Tras este rito, la pareja era acompañada a la casa y se quedaba en el lecho nupcial. El matrimonio debe consumarse para que alcance su legitimidad, consumación que se produce en la noche de bodas. Al mañana siguiente el esposo entrega a su mujer un obsequio llamado "morgengabe" para agradecer que fuera virgen al matrimonio, dando fe de la pureza de la joven desposada y asegurándose que la descendencia es suya. Esta donación post-consumación no se realiza en caso de segundas nupcias. De este "morgengabe" la viuda se queda con un tercio y el resto será entregado a la familia en caso de muerte del marido. La edad de matrimonio debía de estar próxima a la mayoría de edad, es decir, los doce años, según nos cuenta Fortunato al hacer mención del matrimonio de la pequeña Vilitutha a la edad de trece años, quien falleció a consecuencia del parto poco después. Ya que la virginidad suponía el futuro de la parentela, se protege a la mujer de raptos o violaciones, al tiempo que se reprime la ruptura del matrimonio y se castiga contundentemente el adulterio y el incesto. Los galo-romanos castigan la violación de una mujer libre con la muerte del culpable mientras que si la violada era esclava, el violador debía pagar su valor. Los francos castigaban este delito con el pago de 200 sueldos en época de Carlomagno. Podemos considerar que se trataba de una mujer "corrompida" por lo que carecía de valor, incluso deben renunciar a la propiedad de sus bienes. La única salida a la violación era la prostitución. El incesto estaba especialmente perseguido, a pesar de no tratarse de relaciones entre hermanos. Los matrimonios con parientes se consideran incestuosos, entendiendo por parentela "una pariente o la hermana de la propia esposa" o "la hija de una hermana o de un hermano, la mujer de un hermano o de un tío". Los incestuosos eran separados y quedaban al margen de la ley, a la vez que recibían la excomunión y su matrimonio era tachado de infamia. El adulterio era considerado por los burgundios como "pestilente". La mujer adúltera era estrangulada y arrojada a la ciénaga inmediatamente mientras que los galo-romanos establecían que los adúlteros sorprendidos en flagrante delito serían muertos en el acto " de un solo golpe". Los francos consideraban el adulterio como una mancha para la familia por lo que la culpable debía ser castigada con la muerte. También entendían que el hombre libre que se relacionaba con una esclava de otro era un adúltero por lo que perdía la libertad, lo que no sucedía en el caso de que fuera su esclava con quien se relacionara. Curiosamente los burgundios hacían extensión de la definición de adulterio a aquellas mujeres viudas o jóvenes solteras que se relacionaban con un hombre por propia voluntad. Si el violador o el raptor son duramente castigados, el adúltero apenas recibe castigo ya que los posibles hijos de esa relación son suyos. La mujer sí es culpable porque destruye su porvenir. Afortunadamente, la influencia del Cristianismo cambiará estos conceptos. En palabras de Michel Rouche "mientras que el paganismo acusa a la mujer de ser el único responsable del amor pasional, el Cristianismo lo atribuye indiferentemente al hombre y a la mujer (...) Se abandona la idea pagana conforma a la cual el adulterio mancilla a la mujer y no al hombre". Cierta idea de igualdad de sexos empieza a despuntar en el Occidente europeo. Buena parte de la culpabilidad a la hora de no considerar al hombre adúltero debemos encontrarla en la práctica por parte de los germanos de la poligamia, mientras los galos-romanos mantenían el concubinato. Las relaciones con las esclavas parecen habituales tanto en un grupo como en el otro, naciendo abundantes descendientes de estos contactos. Los hijos nacidos de esa relación eran esclavos, excepto si el padre decidía su liberación. Ya que las mujeres eran elegidas entre personas cercanas al linaje familiar, la costumbre germánica permitía al marido tener esposas de segunda categoría, siempre libres, añadiéndose las esclavas. La primera esposa era la poseedora de los derechos y sus hijos eran los receptores de la sucesión. Si la primera esposa era estéril, los hijos de las concubinas podían auparse al rango de heredero. Los enfrentamientos en los harenes nobiliarios y reales serán frecuentes. Chilperico llegó a estrangular a su esposa, Galeswintha, para poder dar a su esclava Fredegonda el puesto de favorita, lo que desencadenó la guerra civil entre los años 573 y 613. El papel de la Iglesia respecto a la poligamia supondrá la más absoluta de las prohibiciones, apelando a la indisolubilidad matrimonial y a la monogamia, llegando a prohibir el matrimonio entre los primos hermanos. Será en el siglo X cuando los dictados eclesiásticos en defensa de la monogamia empiecen a surtir efecto. La ley burgundia y la ley romana autorizaban el divorcio, mientras que la Iglesia lo prohibía. Evidentemente existen condicionantes que lo permiten, siempre desfavorables con la mujer. El divorcio es automático si la mujer es acusada por su marido de adulterio, maleficio o violación de una tumba. El marido será repudiado en caso de violación de sepultura o asesinato. El mutuo acuerdo sería la fórmula más acertada para el divorcio, siempre y cuando los cónyuges pertenecieran a la etnia galo-romana. Esta fórmula incluso será aceptada, a regañadientes, por la Iglesia, al menos hasta el siglo VIII. Siempre era más razonable que el llamado "divorcio a la carolingia", consistente en animar a la mujer a que de una vuelta por las cocinas y ordenar al esclavo matarife que la degollara. Tras pagar la correspondiente multa a la familia, el noble podía volver a casarse porque quedaba viudo. No tenían igual suerte las viudas ya que las leyes germánicas intentarán poner todo tipo de impedimentos a un segunda matrimonio de una mujer viuda. Conserva su dote y el "morgengabe", por lo que mantiene independencia económica. Pero si vuelve a contraer matrimonio, perderá esta independencia al caer en el ámbito familiar del nuevo marido y revertir el patrimonio en su propia parentela. Los hijos eran especialmente protegidos en la época altomedieval. En numerosos casos se intenta atraer hacia el niño las cualidades de aquel animal querido y envidiado, por lo que se impondrán nombres relacionados con la naturaleza: Bert-chramm, brillante cuervo, que hoy se ha convertido en Bertrand; Wolf-gang, camina a paso de lobo; o Bern-hard, oso fuerte, del que ha surgido Bernardo. De todas maneras se siguen produciendo casos de exposición de hijos, ahora a las puertas de la iglesia. Afortunadamente para el neonato, el sacerdote anunciaba su descubrimiento de manera pública y si nadie reclamaba al pequeño pasaría a ser esclavo de quien lo había encontrado. El niño sería confiado a alguna nodriza, siendo amamantado hasta los tres años entre el pueblo. En caso de guerra los niños se convertían en un preciado botín. Si una ciudad era conquistada, los conquistadores asesinaban a "cuantos podían orinar contra la muralla" y se llevaban a las mujeres y los niños menores de tres años. A pesar de la enorme natalidad, la mortalidad infantil también era elevada por lo que el núcleo familiar no debía de contar con numerosos niños. Alguno solía ser entregado a un monasterio para su educación, lo que equivalía entregar a Dios aquello que más se ama. La educación estaba vinculada al mundo violento que caracteriza la Alta Edad Media. El deporte y la caza serán los ejes educativos que se inician tras la "barbatoria", el primer corte de la barba del joven. La natación, la carrera o la equitación formaban parte de las enseñanzas fundamentales del joven germano que tiene en el animal y en las armas a sus estrechos colaboradores. Subir al caballo era todo un ejercicio gimnástico al carecer de estribo hasta el siglo IX, siendo el animal uno de los bienes más preciados, tal y como podemos comprobar en el caso de un joven llamado Datus, quien conservó su caballo y dejó a su madre prisionera de los musulmanes durante un ataque de éstos a Conques en el año 793. El joven no entregó su caballo a pesar de que los islámicos arrancaron los senos de la madre y luego le cortaron la cabeza ante sus propios ojos. En un mundo tan marcado por la violencia parece cargado de lógica que la preparación militar sea la elegida para los jóvenes nobles, si bien en las escuelas monásticas podían aprender los rudimentos de la lectura y la escritura. Los ancianos ocupan un curioso papel en el entorno familiar altomedieval. Ya que la media de vida alcanzaba los 30 años, no debía ser muy común ver a ancianos en la sociedad. Su escaso número es proporcional a su utilidad, excepción hecha de los jefe de clanes o tribus, los llamados "seniores". Si el anciano mantiene sus fuerzas será aceptado por la sociedad. Si esto no es así, su futuro sólo le depara donar sus bienes a una abadía donde se retirará. En la abadía recibirá comida, bebida y alojamiento. |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|