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La Iglesia de Cristo EL CRISTIANISMO
SE PROPAGA. Cuando Jesús fue crucificado, el colegio de los
apóstoles se encontraba disperso. Judas había muerto y solamente
Juan se hallaba al pie de la cruz. El miedo había impulsado a
Pedro a negar al Maestro, y a los demás a esconderse. Sin
embargo, poco tiempo antes de su Ascensión, Jesús había dicho a
sus apóstoles: "Seréis testigos míos en Jerusalén, en la Judea,
en Samaria, y en todos los confines de la tierra." Después de su
Resurrección los volvió a reunir y después de haber presenciado
la Ascensión de Jesús, los apóstoles ya no se volvieron a
separar. Pedro, como jefe de la Iglesia, propuso a la asamblea
elegir un apóstol que sustituyese al traidor Judas, y fue
designado Matías.
CALVINO. Fue el primero en
comprender que la autoridad en materia religiosa no era menos
importante por el hecho de haber sacudido la autoridad papal, y
aunque admitía el libre examen y la supresión del sacerdocio,
impuso la suya incluso a los que se revelaban ante el poder de
Roma. En Ginebra dominaba un terror que no habían inspirado
jamás los muros de Letrán. En Inglaterra, en Francia, en
Alemania, en Europa entera, Calvino imponía la ley entre los
protestantes. Se mostró contrario al humanismo y declaró la
guerra al espíritu moderno en todas sus manifestaciones:
científicas, artísticas, literarias y contra la naturaleza
humana, viciada por el pecado. Los calvinistas fueron
iconoclastas, enemigos de las artes plásticas y de toda
diversión. En tiempo de Cromwell, en Inglaterra, degeneraron en
una verdadera manía contra todo lo que significaba placer, por
sencillo que fuese. El sistema teológico de Calvino es el más
duro que ha podido concebir inteligencia cristiana. Empieza
negando la libertad y todo valor a las buenas obras. Según él,
habiendo quedado nuestra naturaleza corrompida por el pecado
original, es imposible que de ella proceda cosa alguna que no
esté también pervertida. El hombre es ciego en su entendimiento,
vicioso en su corazón y cautivo de su libertad encadenada. Por
otra parte, si Dios decreta la salvación de unos y la ruina de
los demás, si prohíbe a todos el pecado, a la vez y
secretamente, quiere que algunos pequen para tener que
condenarlos; porque, en fin de cuentas, tiene que haber
condenados para "ilustrar su gloria". La Inquisición calvinista
de Ginebra fue, posiblemente, la más cruel de su tiempo.
EL CAMINO DE DAMASCO. Saulo,
aunque luego ciudadano romano, era judío, de la tribu de
Benjamín, y había nacido en Tarso, en el Asia Menor. Estudió en
Jerusalén para ser doctor de la Ley. De temperamento ardiente y
arrebatado, se declaró defensor de la tradición mosaica y
enemigo irreconciliable de Jesús y de las nuevas doctrinas. Se
dice que había participado en el martirio de San Esteban.
Devastaba la Iglesia, entraba en las casas y arrastraba a las
prisiones a cuantos fieles encontraba. Su odio le movió a
dirigirse a Damasco, en Siria, provisto de una carta del Sumo
Sacerdote, porque la que se le autorizaba para traer cargados de
cadenas a cuantos judíos se hubiesen hecho cristianos. Mas la
gracia divina le aguardaba en el camino y cerca de Damasco una
luz vivísima le derribó en tierra, y oyó una voz poderosa que le
decía: "¡Saulo, Saulo" ¿Por qué me persigues?" Saulo se levantó,
pero tuvo que ser conducido por los que le acompañaban, pues
estaba ciego y pasó tres días sin comer ni beber cosa alguna.
Había en Damasco un cristiano llamado Ananías, a quien el Señor
se le apareció y le dijo: "Vete al barrio que se llama Recto y
pregunta por un hombre de nombre Salo de Tarso y dile que es el
instrumento escogido para llevar mi nombre a las naciones, a los
reyes y a los hijos de Israel." Ananías obedeció; encontró a
Saulo, le impuso las manos, le devolvió la vista y le bautizó.
Estos hechos ocurrían hacia el año 34 d. de J.C. El nuevo
discípulo, Pablo, lleno de un celo ardiente se puso a predicar
en las sinagogas de Damasco y a declarar que Jesús era el
Mesías. Pero los judíos, exasperados, quisieron darle muerte, y
Pablo se retiró a Arabia, donde vivió tres años en el retiro y
en la oración antes de emprender sus famosos viajes. El
cristianismo continuaba progresando en Judea, Samaria y Galilea.
Pedro, como vicario de Jesucristo, empezó a visitar las nuevas
misiones establecidas por todas partes. Los cristianos de
Jerusalén, a quienes la persecución había obligado a
dispersarse, habían llegado hasta la isla de Chipre, Fenicia y
la lejana ciudad de Antioquía, que era entonces la capital de
Siria. Los apóstoles enviaron a esta ciudad a Bernabé, cristiano
celoso e inteligente. Allí fue donde se dio por primera vez a
los fieles el nombre de cristianos. La Palestina estaba entonces
administrada por Herodes Agripa. Los emperadores romanos le
habían devuelto el título de rey y, para hacerse agradable a los
judíos, decretó una persecución de la que el apóstol Santiago el
Mayor, hermano de San Juan Evangelista, fue su primera víctima,
haciéndole decapitar, y encarceló a Pedro, en Jerusalén, para
darle muerte después de la fiesta de Pascua, pero un ángel le
liberó y se refugió en la casa de Juan Marcos, el futuro
evangelista, donde se hallaban reunidos numerosos cristianos.
Los grandes perseguidores de la Iglesia naciente en los primeros
tiempos, fueron los judíos. Uno de los problemas más graves que
se suscitó en el seno de las cristiandades formadas en pueblos
gentiles, era la de si éstos debían someterse también a la ley
mosaica al hacerse cristianos. Muchos judíos entendían que sí,
pero esto repugnaba a los nuevos conversos. Pedro decidió en
sentido negativo con estas palabras: "¿Por qué tentáis a Dios
queriendo imponerles un yugo que ni nuestros padres ni nosotros
hemos podido llevar?" Entonces la asamblea decidió que no debía
molestarse a los paganos que se convertían al cristianismo, ni
exigir de ellos la práctica de los ritos exteriores de la ley
mosaica. El cristianismo se extendía, y maravilla comprobar
cuánto viajó Pablo en su apostolado. Después de haber atravesado
la Siria del norte, se dirigió hacia el noroeste del Asia Menor,
a través de la meseta central, y llegó a la pequeña ciudad del
Tróades, situada a orillas del Mediterráneo. Luego estuvo en
Macedonia y en Atenas, donde sintió una profunda tristeza,
viendo hasta qué punto estaba sumergida en la idolatría.
"Atenienses -les habló en la plaza pública- veo que sois los más
religiosos de los hombres, porque examinando vuestros objetos
sagrados he encontrado entre tantos dioses un altar sobre el que
está escrito: Al Dios desconocido. Ese a quien adoráis sin
conocerle, yo os lo vengo anunciando. Es Cristo."
EL CONCILIO DE TRENTO Y SAN IGNACIO.
La sacudida que en la Iglesia produjo la herejía protestante
provocó una intensa reacción en el mundo católico. La figura del
Monje Lutero encontró su oponente en la ascética severa del
español Ignacio de Loyola, militar herido en Pamplona y a quien
Dios inspiró la creación de una milicia de Cristo, una Compañía
de Jesús saturada de espíritu de obediencia al papado, de
servicio y de trabajo. Los jesuitas introdujeron en el seno de
la Iglesia católica un estilo de vida y de acción. Fueron los
principales impulsores del espíritu que animó el Concilio de
Trento. Éste se desarrolló a lo largo de 25 sesiones entre los
años 1545 y 1563. Posiblemente es el más importante de la
Iglesia y en él se estructuró en forma clara y definida todo lo
referente a las Sagradas Escrituras, los sacramentos, en
especial la Eucaristía, la ordenación del sacerdocio y la teoría
de la justificación. El género de vida que San Ignacio ideó
rompía los antiguos moldes y abría una nueva época a la acción
apostólica. Sin coro, sin hábitos monacales, sin austeridades
excesivas, con gran interés por los estudios, demostró un gran
espíritu práctico en sus reglamentaciones. Su regla fundamental
es el examen del alma y su unión con Dios por la total
consagración del hombre al Creador. Todo Ad Maiorem Dei Gloriam.
Adelantándose muchos años a las tendencias más modernas de la
Psicología, San Ignacio escribió los Ejercicios Espirituales,
verdadero camino de análisis y de introspección, en los cuales
el alma se encuentra a sí misma y, como consecuencia, a Dios.
LA EDAD MEDIA. La decadencia
y el hundimiento del Imperio Romano no arrastraron consigo a la
Iglesia; al contrario, con su desaparición resultó singularmente
fortalecida. Los bárbaros que invadieron Europa no tardaron en
convertirse a la verdadera fe. San León impresionó, con su
serena dignidad, al propio Atila, y cuando aquéllos se asentaron
y constituyeron monarquías en distintos países, no tardaron en
convertirse al cristianismo. De un lado, la Iglesia tenía que
pulir y elevar aquella sociedad demasiado dura, batalladora y
cruel; de otra parte, no tardó en surgir un peligro más terrible
aún: las huestes de Mahoma. Las disputas entre el Pontificado y
el Imperio, la codicia excesiva del feudalismo, la suma pobreza
de las clases necesitadas y el abandono total de las artes del
espíritu fueron cuestiones que la Iglesia tuvo que considerar y
resolver. En la Edad Media, la Iglesia cristiana adquirió su
plenitud. En primer lugar, no aparece ya como un pequeño grupo
que inquieta al Estado, ya no se cobija bajo la tutela del
Imperio Romano, erigido sin su concurso, sino que surge vigorosa
y expansiva, hasta el punto de encerrar dentro de su seno la
familia, las naciones, la sociedad civil y la vida pública. En
segundo lugar, la piedad se hace más humana, el culto material
adquiere proporciones sorprendentes y el corazón de los fieles
late al impulso de una nueva ternura para con los santos, para
con la Virgen y para con la Humanidad de Cristo. En tercer
lugar, la doctrina va definiéndose con creciente precisión y
reviste la forma de un sistema coherente merced al esfuerzo
realizado por la Escolástica. Estos tres rasgos del cristianismo
medieval son solidarios. Por eso la aversión a la Escolástica,
la rebelión contra el poder eclesiástico y el desprecio de la
piedad externa en nombre de un culto puramente espiritual, serán
los tres hechos que señalarán el fin de la Edad Media.
LA GRAN PRUEBA. La Buena
Nueva se había extendido por todo el Mediterráneo. Pedro se
hallaba en Roma; Santiago había llegado hasta España; Tomás,
hasta la India. Estaba próxima la gran prueba del fuego y de la
sangre: las persecuciones. Nerón, emperador de Roma, bajo la
acusación de que los cristianos habían incendiado la ciudad,
decretó la primera el año 64. Con diversos intervalos, hasta el
313, se sucedieron diez persecuciones, cada una de las cuales
tuvo sus características. Tertuliano llegó a escribir: "Si se
desborda el Tíbet, si hay sequía, si nuestras tropas son
derrotadas... ¡los cristianos a los leones!" El mundo pagano, y
menos aún los emperadores, no podían comprender la profunda
revolución representada por la doctrina de Cristo. Donde
imperaban el vicio, el despotismo, la esclavitud, el lujo
desenfrenado al lado de la miseria, no cabía, por ser mentes no
iluminadas por la gracia, que se considerara hermano al esclavo
sobre el cual el dueño tenía incluso derecho de vida y de
muerte. Hubo momentos en que bastaba la simple acusación de ser
cristiano, de haberse reunido con ellos en las catacumbas o de
haber realizado el signo de la cruz, para terminar en el Circo
Máximo. Los romanos culpados de seguir la nueva fe eran
decapitados, los esclavos morían crucificados y los hombres
libres eran lanzados a las fieras. En algunos casos, después de
sufrir tortura, se destinaban a las minas, donde morían
lentamente. Sin embargo, el número de fieles aumentaba por
momentos y este hecho ocurría tanto si la furia de las
persecuciones menguaba como si volvían a recrudecerse con más
fuerza. Al terminar una persecución, se comprobaba que el número
de fieles era mayor. Sería imposible contar los innumerables
actos heroicos ocurridos. Uno de los más nobles y hermosos fue
el de la Legión Tebana, denominada así por ser oriunda de Tebas.
Sus componentes eran todos cristianos y como se negaran a
sacrificar a los dioses antes de entrar en batalla, fueron
diezmados, es decir, murió uno de cada diez. Como este castigo
no bastara para hacerles abjurar, se exterminó completamente
dicha legión, compuesta de unos 6.000 hombres. Pedro, muerto en
la cruz cabeza abajo, y Pablo, decapitado por ser ciudadano
romano, fueron dos de los primeros mártires. Uno tras otro
murieron los apóstoles, y Juan, que era el más joven, sobrevivió
a todos. En tiempo de Constantino, se produjo un hecho
prodigioso que terminó definitivamente con la persecución de los
cristianos. Cuando las legiones se preparaban para dar la
batalla de Puente Milvio, aparecieron bajo los rayos del sol
poniente una cruz y unas letras, que decían: In hoc signo
vincis. Todos los soldados fueron testigos de este hecho
maravilloso. Entonces Constantino mandó poner una cruz en el
lábaro y al día siguiente las fuerzas romanas obtuvieron la
victoria. En aquella fecha, año 313, se publicó el Edicto de
Milán, por el cual los cristianos tuvieron libertad de practicar
su religión. Años más tarde, el Imperio se convertía al
cristianismo.
LA IGLESIA HASTA HOY. El
siglo XVII vio los campos del cristianismo bien delimitados. De
un aparte el protestantismo, plenamente disidente, sin
posibilidades inmediatas de reintegración a la fidelidad de
Roma. De otra, la Iglesia católica, con una estructura concreta
y con la figura del Papa notablemente robustecida. Las figuras
cumbres de aquella época surgieron en diversos campos.
Fundadoras como Santa Teresa de Jesús; reformadores como Pío V,
San Carlos Borromeo y San Pedro de Alcántara; místicos como San
Juan de la Cruz y apóstoles misioneros como San Francisco
Javier, sin olvidar héroes de la caridad al estilo de San Juan
de Dios y, posteriormente, San Vicente de Paúl. Las herejías,
menos virulentas que en siglos anteriores, también aparecieron
en especial en Francia, donde los jansenitas de Port-Royal
sostenían que el hombre no es libre para salvarse o condenarse.
Otra vez se ponía de manifiesto el gran problema de la
predestinación que tanto eco tuvo en la literatura (El condenado
por desconfiado, incluso en Don Juan Tenorio). La tesis de la
predestinación que impulsaba a la desesperanza de salvarse, tuvo
que ser condenada por la Iglesia. Al mismo tiempo, los soberanos
absolutistas de francia (galicismo) y de España (regalismo)
tendían a crear un catolicismo nacionalista con un gran
predominio e influencia de poder civil. El avance conseguido por
San Ignacio y Trento se iba a ver frenado y casi detenido por la
aparición de la Enciclopedia y la Revolución Francesa a fines
del siglo XVIII. La incredulidad, el ateísmo y la indiferencia
religiosa fueron los grandes enemigos de la fe en el alborear
del siglo pasado. Ya no se luchaba, como en tiempos del
emperador Carlos, por una idea religiosa, errónea o verdadera,
sino que se combatía, de palabra o por la espada, entre creer o
no creer. La ironía de Voltaire y el naturalismo de Rousseau,
nacidos en el ambiente disipado, vicioso y decadente de la corte
de Luis XIV (época de los "libertinos") preparó la gran
revolución del 14 de julio. Los enciclopedistas, algunos de los
cuales se declaraban simplemente ateos, prepararon la venida del
liberalismo. Es bien sabido que los soldados de Napoleón lo
desparramaron por toda Europa y los Estados nacidos después de
Waterloo llevaban en su interior el germen de una revolución
política, pero con raíces antirreligiosas indudables. Pío VII
tuvo que sufrir el enfrentarse con Napoleón I, que deseaba
obtener el divorcio de Josefina. Durante 14 meses estuvo preso,
pero finalmente el pontífice regresó a Roma y años más tarde el
emperador de los franceses moría en una isla perdida en el
Atlántico Sur. Al comenzar el siglo XX el Papa se consideraba
voluntariamente preso en el Vaticano desde el momento en que al
constituirse el reino de Italia, las tropas de Víctor Manuel
habían disuelto los Estados pontífices. Esta situación anómala
fue resuelta en 1929 gracias al Tratado de Letrán por el cual se
constituía el territorio de la Santa Sede, o Vaticano. En el
campo político y social tres grandes tendencias se manifestaban
entonces con claridad; el viejo liberalismo convertido en
defensor de los derechos de la personalidad e individualidad en
contra del poder abusivo del Estado; los movimientos
ultranacionalistas denominados corrientemente "fascismo", por
haber sido el duce el primero en manifestarse, y las tendencias
socialistas extremadas que con el nombre genérico de "comunismo"
predicaban una dictadura del proletariado y el Estado. Nada pudo
hacer el pontificado para evitar las guerras mundiales de 1914 y
1939, salvo cooperar al socorro de prisioneros y personas
desplazadas. El siglo XX se presentó con el signo de lo social.
La doctrina católica sobre el trabajo fue expuesta ya con
claridad por León XIII en su encíclica Rerum Novarum y subrayado
por Pío XI en la titulada Quadragésimo Anno. Caracteriza a la
Iglesia de la segunda mitad del siglo el elevamiento del papel
del clero nativo; la cooperación seglar a la obra apostólica; el
incremento del culto a María, manifestado por el realce de
Lourdes y Fátima; el movimiento provocado por el Año Santo de
1950; la situación especial de los católicos en los países
comunistas, que dio lugar a la "Iglesia del Silencio" y el
proceso de "aggiornamiento", es decir, la adaptación de la
estructura eclesiástica a las necesidades de la sociedad. La
actitud de los sucesores del Papa Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI
y Juan Pablo II pusieron de manifiesto el interés que despierta
el movimiento católico incluso en los medios no confesionales y
la realización del Concilio Ecuménico demostró el profundo
interés de la Iglesia en las renovaciones de sus métodos para
llegar a los grandes sectores de la población moderna.
LA VIDA CRISTIANA EN LA EDAD MEDIA.
La fe llenaba todos los aspectos de la vida medieval. No sólo
las diócesis y las iglesias tenían sus santos protectores, sino
también los gremios de artes y oficios. Las ceremonias de la
nobleza, como la vela de las armas, la bendición de la espada,
etc., dieron a la caballería, institución típicamente medieval,
un sentido místico y cristiano. En las Galias, la consagración,
que desde Pepino el Breve hizo del rey el ungido del Señor,
imprimió a la realeza un carácter eminentemente religioso, del
cual se derivaba una innegable autoridad, pero también una gran
responsabilidad. El Estado y la Iglesia marcharon íntimamente
unidos. En concilios mixtos, nobles y obispos colaboraron en la
codificación ya desde tiempos de Carlomagno. La "tregua de
Dios", generalmente respetada y la pena de excomunión sirvieron
para refrenar los impulsos demasiado bélicos de una época
exaltada. Fue aquella una época de piedad externa: devoción a
las reliquias, peregrinaciones a Tierra Santa, a Santiago y a
Roma; mas, por encima de todo, aquélla se manifestó en el
grandioso movimiento de las Cruzadas que se estudia en el tomo V
de esta obra. Las catedrales construidas por y para el pueblo
fueron verdaderas Biblias, disertaciones teológicas en piedra.
El florecimiento de la pintura y la escultura va ligado
íntimamente a la Religión, sobre todo en Italia, Francia y
España. Hasta el Renacimiento los artistas de estos países
raramente se atrevían a pintar temas profanos. El teatro, por
ejemplo, nació de una necesidad religiosa, la de mostrar al
pueblo en forma viva los grandes hechos evangélicos. El
simbolismo culminaba en los menores detalles. Así, en las
representaciones de la Pasión, Jesús y el buen ladrón vestían
túnicas blancas, mientras el mal ladrón llevaba una vestimenta
negra, reflejo de su alma. La Escolástica, impulsada por el
genio de Santo Tomás de Aquino, el auge de las universidades, la
creación de órdenes hospitalarias, etc., demuestran que la
Iglesia había llegado a una plenitud en la que su doctrina
informaba la vida de las naciones. En el siglo XIII, la
Escolástica alcanzó su apogeo. No se concebía que pudiera
existir un pensamiento que no concordara por entero con la Fe.
La autoridad de la Iglesia, reflejo de la verdad divina, era el
supremo testimonio. Santo Tomás entendía que todas las ciencias
prestan su ayuda a la ciencia sagrada como los vasallos al
soberano. La doctrina de Averroes, según la cual una misma cosa
podría ser verdadera desde el punto de vista teológico, y falsa
desde el punto de vista filosófico, no se concebía. En realidad,
no se concibe que tal cosa pueda ocurrir y en este sentido se
declaró la Iglesia, sustentando siempre la primacía de la
Teología sobre todo otro saber. La Escolástica sostenía que la
Ciencia y la Fe no pueden sino estar de acuerdo, pero con
predominio de esta última. Fue una época de intelectualismo
exagerado si bien muy reducido, de grandes movimientos de piedad
unidos a crueldades incomprensibles; suma pobreza y fastuosa
ostentación. En la actualidad, aún leemos y meditamos un libro
escrito en el siglo XIV por un alemán, llamado Tomás de Kempis.
Lo denominó Imitación de Cristo, y los conceptos y
consideraciones en él vertidos que se centran en un desprecio
total de los bienes terrenos, del mundo y los placeres para
alcanzar la unión con Cristo, no han perdido actualidad a pesar
de los seis siglos transcurridos desde la publicación de este
famoso libro. Las violentas luchas por las investiduras; los
conflictos entre güelfos y gibelinos, tendientes a debilitar el
poder pontificio; la triste escisión de la Iglesia oriental en
el siglo IX; el cautiverio de Babilonia, al trasladarse la corte
papal a Avignon durante cuyo período hubo un momento en que la
cristiandad conoció a tres papas simultáneamente, preparaban una
crisis, un cambio del que la Iglesia debía salir más
fortalecida.
LA VIDA MONASTICA. En
Occidente comenzó por ser una imitación de la que se practicaba
en Egipto. Así, aparecen las primeras fundaciones de San Martín
en Francia hacia el año 360. Una de las características más
destacadas de la Edad Media fue el monaquismo. El espíritu
religioso incrementó el número de monjes hasta llegar a cifras
muy notables. La labor de piedad, estudio, trabajo manual,
austeridad y recogimiento que llevaron a cabo fueron para
aquella época violenta, islas de cultura y espiritualidad, de
auténtica civilización. San Benito de Nursia, en el siglo VI,
conocía la vida eremítica por haberla practicado con todo rigor,
pero dulcificó la regla prescribiendo a los monjes un vestido
adecuado, suficiente alimentación y un sueño reparador (cerca de
ocho horas), abrevió el tiempo de rezo y propuso un plan de vida
en el que la oración y el trabajo se complementaban. En la regla
benedictina estaba previsto y ordenado todo: las atribuciones
del abad, la distribución de los oficios divinos, el empleo del
tiempo, la liturgia, la corrección de las faltas, etc. Los
monjes estaban juntos en el coro, en el refectorio, en el
dormitorio y en el trabajo, formando como una gran familia. La
sociedad bárbara, propensa a la crueldad y a la violencia,
recibió el influjo pacificador de los monasterios, aunque en
muchos casos éstos decayeron y se convirtieron en plazas
feudales con todos sus defectos, pero siempre por haber
abandonado la regla cediendo a los placeres mundanos. En el
siglo X surgió una corriente reformadora cuyo origen radicó en
Cluny, en la Borgoña. A los cluniacenses siguieron los
camaldulenses, los agustinos y, sobre todo, los cartujos,
nacidos en la Chartreuse, en el obispado de Reims,
caracterizados por la severidad de su regla, cuya austeridad ha
llegado hasta nuestros días. Más adelante, ya en el siglo XII,
surgieron dos grandes reformadores impulsados por un mismo ideal
religioso, pero enfrentados a dos hechos diversos. Santo Domingo
de Guzmán, fundador de los dominicos, tuvo que luchar duramente
para combatir la herejía albigense que se había apoderado de
gran parte de Francia. Con la palabra y el rosario, el santo
español consiguió vencer a los herejes creando al mismo tiempo
un movimiento de purificación dentro de la Iglesia. Los
contrastes más violentos se dieron en la Edad Media. Junto a
obispos feudales, más atentos a la administración de sus
dilatadas tierras que a la difusión del Evangelio, surgieron
figuras que llevaron el ideal de Cristo hasta lo sublime. El
santo más notable en este aspecto es, sin duda, San Francisco de
Asís, el poverello italiano que hablaba a los pajarillos y
llamaba hermanos al sol, a la muerte y al viento. Los
franciscanos fueron una de las más importantes órdenes
mendicantes en las cuales el voto de pobreza era fundamental.
Este santo introdujo en la Iglesia el concepto de obediencia más
íntimo y universal, enraizado con el que se practicaba en los
monasterios de los primeros siglos del cristianismo, y también
contribuyó a reforzar la sumisión al poder del Papa.
Posteriormente, las órdenes religiosas proliferaron
notablemente. Aparecieron los carmelitas, los trinitarios y los
mercedarios, éstos fundados especialmente para la redención de
cautivos gracias a la fe de San Pedro Nolasco, San Raimundo de
Peñafort, y el rey Jaime I el Conquistador.
LOS COMIENZOS DE LA REBELDIA.
En los siglos XII y XIII había surgido una herejía llamada
catarismo o de los albigenses. Diseminados por Alemania,
Bélgica, España y Francia meridional, los albigenses creían en
la existencia de dos dioses contrarios, el uno principio del
bien y el otro principio del mal. Para ellos, Jesús era uno de
tantos espíritus emanados de la sustancia divina. Rechazaban la
gracia, los sacramentos, el culto de la cruz y de los santos,
las imágenes y reliquias y el sacrifico de la misa;
sustituyéndolos todo con el consolementum, que era una especie
de bautismo. Su moral era austera: abstinencia absoluta de toda
comida de animales a excepción de pescado, virginidad perpetua,
horror a la mentira y al juramento, inviolable fidelidad a la
secta. Algunos llegaron a prohibir el matrimonio, alcanzando
extremos de una severidad inconcebible. No admitían la liturgia
cristiana, basándose en que Cristo sólo había enseñado una
oración, el Padrenuestro. Condenaban la guerra y llegaban a
discutir la autoridad del estado, pretextando que Jesús había
proclamado a los fieles libres del censo romano, y con la
supresión total del juramento, minaban la sociedad feudal en uno
de sus principios esenciales. La predicación de Santo Domingo de
Guzmán, la cruzada de Simón de Montfort, la institución y
funcionamiento de la Inquisición, cortaron los vuelos de este
anarquismo místico, pero la herejía albigense había dejado dos
semillas: el pretendido retorno al Evangelio y la reprobación de
toda autoridad no abonada por suficientes títulos de virtud. La
autoridad de los papas y el poder real de San Luis hicieron que
la herejía quedara cercenada. Mas el día en que la autoridad del
estado vino a menos, y surgieron disensiones entre los soberanos
de la cristiandad, dichos gérmenes hicieron posible la aparición
del protestantismo. La estancia de los papas en Avignon, el
Cisma de Occidente, fue un nuevo y terrible golpe contra el
crédito del Pontificado, convirtiéndolo en blanco de acres
censuras por sus abusos y por su docilidad a las exigencias de
la política francesa. Sin embargo, la fe aún se conservaba
profundamente arraigada y nadie se atrevía a poner en duda la
misión de la Iglesia, viendo en el cisma un castigo de Dios por
los pecados de los fieles. De un lado se dieron figuras heroicas
y sublimes, como la de Juana de Arco, en Francia, quemada viva a
instancias de los ingleses por hereje, y santificada más tarde
por Roma. Pero los movimientos heterodoxos fueron muchos. En
Inglaterra surgió Juan Wiclef, precursor de la Reforma, el cual
sostenía que la única regla de la fe era la Biblia. Juan Huss,
profesor de la Universidad de Drage, se hizo eco, en el centro
de Europa, de las doctrinas rebeldes de Wiclef. Un aire de
polémica y crítica barría la cristiandad. En Florencia, el
fraile Savonarola predicaba la extrema pobreza y el retorno al
Evangelio en forma tan dura que le llevó a desobedecer al Papa
Alejandro VI y murió en la hoguera. El mundo presentía y
preparaba el Renacimiento y con él la prueba más dura para la
Iglesia católica. Mientras tanto, Colón, al frente de un puñado
de españoles, descubría el Nuevo Mundo, que empezó a ser
evangelizado por hombres llenos de fe.
LOS CRISTIANOS NO CATOLICOS.
Más de la mitad de los seguidores de Cristo que hoy existen en
el mundo profesan la religión católica, y los que no se sienten
obligados a obedecer la autoridad del Papa se hallan divididos
en varias ramas. En el siglo VI los egipcios y los etíopes
abrazaron el cristianismo cayendo en la herejía monofisita que
sostenía la naturaleza divina de Jesús con exclusión de la
naturaleza humana. Ante la invasión musulmana el 90% de la
población egipcia fue convirtiéndose al credo mahometano, pero
aún existen en el país, y sobre todo en Etiopía, numerosos
cristianos coptos. La separación de la Iglesia oriental a raíz
del Cisma que se inició en el siglo IX y se hizo definitivo en
el XI ha dado lugar a una gran masa de cristianos que en el
dogma y en la práctica del culto poco se diferencian de los
católicos. Cuando los turcos conquistaron Constantinopla, una
parte de cismáticos quedó englobada en el imperio musulmán,
especialmente los que vivían en Grecia, mientras otros se
sintieron atraídos por la Iglesia ortodoxa rusa, cuyo corazón
estaba en Moscú, a quien llamaban "la tercera y última Roma",
pues la segunda era la perdida Constantinopla. La Iglesia
ortodoxa rusa sufrió diferentes vicisitudes y persecuciones. Con
la liberación de Grecia y los Balcanes del dominio musulmán
resultaron de este modo la Iglesia cismática renaciente y la
ortodoxa perseguida. En la actualidad ambas tienen vida
independiente y sus contactos con Roma son cada día más
cordiales y frecuentes, habiéndose arribado al levantamiento de
las excomulgaciones mutuas y a la supresión de los términos
"heréticos" y "cismáticos" en sus relaciones. Los protestantes,
que predominan en el Norte de Europa y Norteamérica, se hallan
divididos en numerosas sectas y confesiones. No es posible
dibujar hoy un mapa confesional en un país como los Estados
Unidos. Católicos y protestantes se hallan tan mezclados que no
hay divisiones ni es posible asegurar cuál de las dos
confesiones tiene mayor número de adeptos. Pero mientras los
católicos mantienen la fe y la unidad de Roma, los protestantes
se encuentran ramificados en innumerables "iglesias".
LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA IGLESIA.
La difusión del cristianismo aparece como un auténtico milagro,
ya que en poco tiempo se extendió hasta los últimos rincones del
Imperio y gozó de cierta protección oficial. Desde los primeros
tiempos fue preciso luchar esforzadamente para mantener la
pureza de la fe pues las herejías surgieron ya en los primeros
siglos. Los maniqueos pretendían demostrar la existencia de dos
principios iguales, el Bien y el Mal, adaptando ciertas
religiones persas a la tesis cristiana. Los montanistas
aseguraban que así como el Antiguo Testamento fue la religión
del Padre y el cristianismo era la religión del Hijo, debía
venir otra religión del Espíritu Santo, más dura y severa. Más
tarde los arrianos, los pelagianos y otros, pusieron en peligro
la rectitud del dogma. La iglesia, a través de veinte siglos, ha
tenido que esforzarse para mantener un equilibrio entre dos
tendencias extremistas; una la que niega la divinidad a Jesús y,
en general, destruye todo vínculo religioso dejando al hombre en
completa libertad. Otra no menos peligrosa (arrianistas,
albigenses, etc.), viene a predicar una religión tan dura y tan
intolerante que resulta inhumana. En Alejandría floreció la
sabiduría cristiana en tiempos de los primeros Padres de la
Iglesia. Los denominados "griegos" y los "latinos", como
Tertuliano, asentaron las bases de una filosofía cristiana y las
piedras fundamentales del dogma. San Clemente de Alejandría,
Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo, y sobre todo San
Agustín, fueron, junto con los romanos pontífices, los grandes
continuadores de la obra de los apóstoles. El primer Concilio
Ecuménico se reunió en Nicea el año 325. En sus sesiones se
debatieron muchos puntos que afectaban al dogma y a la
disciplina, pero el tema fundamental fue la refutación de la
herejía de Arrio, el cual sostenía, entre otras razones, que el
Hijo no era igual al Padre. De los 318 obispos asistentes 300
condenaron rotundamente el arrianismo. Uno de los paladines de
aquel concilio fue el obispo español Osio. |