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COSTUMBRES NUPCIALES
Estoy seguro de que ustedes hacen alguna cosa, en
cualquier momento de sus vidas, por tradición. Si
alguien les preguntan el porque, ustedes responderán que
es la costumbre. Bien, pues entre ellas hablemos de las
costumbres nupciales.
Entre los godos, un hombre se casaba con una mujer
perteneciente a su propia comunidad. Cuando escaseaban
las mujeres, capturaba a su futura esposa en un poblado
vecino. El novio, acompañado por un amigo, secuestraba a
cualquier muchacha joven que hubiera cometido la
imprudencia de abandonar la seguridad de la casa
paterna.
Nuestra costumbre del padrino es un vestigio de esa
táctica tan contundente y basada en la acción de dos
hombres, ya que para tan importante tarea forzosamente
había que contar con un amigo de confianza.
De esta práctica del secuestro, en la que la novia era
arrebatada literalmente sin que sus pies tocaran el
suelo, derivó el posterior acto simbólico de cruzar el
umbral de la nueva casa con la recién desposada en
brazos. Hace unos 2.200 años, el padrino llevaba consigo
algo más que un anillo. Puesto que persistía la amenaza
de que la familia de la novia tratara de rescatar a ésta
por la fuerza, el padrino permanecía ante la puerta del
novio durante la ceremonia del matrimonio, alerta y bien
armado. Desde luego, gran parte de este ritual pertenece
al folklore germano, pero no se carece de documentación
escrita ni de objetos relacionados con estas prácticas.
Por ejemplo, la amenaza de rescate por parte de la
familia de la novia se consideraba tan auténtica que
debajo de los altares de las iglesias de muchos pueblos
primitivos —entre ellos los hunos, los godos, los
visigodos y los vándalos—, había todo un arsenal de
porras, cuchillos y lanzas.
La tradición de que la novia permanezca a la izquierda
del novio correspondía también a algo más que una
fórmula de la etiqueta. Entre los bárbaros del norte de
Europa —así llamaban a estos pueblos los romanos—, el
novio colocaba a su secuestrada pareja a su izquierda
para protegerla, pues de este modo su mano derecha, la
que maneja la espada, quedaba libre para actuar en caso
de ataque.
LAS ALIANZAS
Todo matrimonio se sella con las alianzas, hoy de oro.
El origen y el significado del anillo matrimonial son
objeto de amplias discusiones. Una escuela de
pensamiento sostiene que el anillo moderno simboliza los
grilletes que utilizaban los bárbaros para llevar a la
novia a la vivienda de quien la había capturado.
De ser esto verdad, la ceremonia actual, con la doble
entrega de anillos, expresaría de forma adecuada de la
igualdad de los sexos. La otra escuela de pensamiento se
basa en los primeros aros que fueron intercambiados en
una ceremonia nupcial.
La III dinastía del Imperio Antiguo egipcio fue la
primera en utilizar un anillo para el dedo, sobre unos
4.800 años. Para los egipcios, el círculo, carente de
principio y de final, significaba eternidad... y éste
era, en cierto modo, el compromiso del matrimonio.
Los anillos de oro eran los que tenían en mayor estima
los egipcios ricos, y más tarde los romanos. Se sabe que
más de un joven romano de modestas posibilidades
financieras se arruinó para complacer a su futura
esposa. Tertuliano, un sacerdote cristiano que escribió
en el siglo II, observó que “la mayoría de las mujeres
nada saben acerca del oro, excepto el anillo de
matrimonio que se les pone en el dedo”.
En público, la casada romana de clase media exhibía con
orgullo su aro de oro, pero en su casa, según
Tertuliano, “llevaba un anillo de hierro”. En siglos
anteriores, el diseño de un anillo solía tener cierto
significado. Algunos aros romanos ostentan una llave en
miniatura soldada a ellos. Esta llave no significaba que
la esposa tenía entrada al corazón de su marido, sino
que, de acuerdo con la ley romana, más bien simbolizaba
un contrato matrimonial: la esposa tenía derecho a la
mitad de la fortuna de su marido, y podía, cuando
quisiera, apropiarse de un saco de grano, una pieza de
tela de lino o cualquier otro bien que hubiera en el
almacén de su casa. Pasarían dos milenios antes de que
esa costumbre tan civilizada volviera a imponerse.
Los antiguos hebreos colocaban el anillo nupcial en el
índice. En la india, en el pulgar. La costumbre
occidental de lucir el anillo nupcial en el “tercer”
dedo —sin contar el pulgar— comenzó entre los griegos,
debido a su especial clasificación anatómica. En el
siglo III antes de Cristo, los médicos griegos creían
que cierta vena, la “vena del amor”, iba desde el
“tercer dedo” directamente al corazón. Este dedo,
lógicamente, se convirtió en el más apto para llevar un
anillo que simbolizara un asunto en el que intervenía el
corazón. Los romanos, imitando las tablas anatómicas
griegas, adoptaron sin reservas esta misma práctica. Lo
que intentaron fue decidir con exactitud qué dedo era el
tercero, y para ello introdujeron la aclaración “el dedo
contiguo al último”. Éste se convirtió también en el
“dedo sanador” de los médicos romanos, el utilizado para
remover mezclas de medicamentos. Puesto que se suponía
que la vena de este dedo llegaba hasta el corazón.
Los cristianos continuaron esta práctica, pero
recorriendo la mano hasta llegar a la vena del amor. El
novio colocaba primero el anillo en la punta del índice
de la novia, con las palabras “en el nombre del Padre”.
Continuaba con la fórmula “del Hijo”, al tiempo que
trasladaba el anillo al dedo medio de su pareja y,
finalmente, al concluir con “y el Espíritu Santo, amén”,
lo pasaba al tercer dedo. Esto se conocía como “fórmula
trinitaria”.
En Oriente, los anillos eran considerados objetos
meramente ornamentales y desprovistos de todo simbolismo
social o significado religioso, por lo que no importaba
en qué dedos se lucieran.
LAS AMONESTACIONES
Antes de casarnos se acostumbran a dar a conocer las
amonestaciones. Durante la época feudal en Europa, todos
los avisos públicos referentes a muertes, impuestos o
nacimientos, eran proclamados en las calles. También hoy
se utiliza el aviso público, escrito u oral, para
anunciar que una pareja se dispone a casarse, en cuyo
caso se habla de “amonestaciones”, que no hace muchos
años eran formuladas todavía desde los púlpitos de las
iglesias.
Las amonestaciones se iniciaron a consecuencia de una
orden dada por Carlomagno, rey de los francos, que
reinaba sobre vastos territorios. Tenía una razón médica
práctica para instituir las amonestaciones. Tanto entre
los ricos como entre los pobres, el parentesco de un
hijo no siempre estaba claro, y cualquier indiscreción
extramatrimonial podía llevar más tarde al matrimonio
entre hermanastros, cosa que sucedía con frecuencia.
Carlomagno, alarmado ante el alto índice de matrimonios
entre parientes tan próximos, y los subsiguientes
perjuicios genéticos para la descendencia, promulgó un
edicto en todo su reino unificado, prescribiendo que
todos los matrimonios habían de ser públicamente
proclamados al menos siete días antes de la ceremonia.
Esta práctica resultó tan satisfactoria, que fue
ampliamente adoptada por todos los credos religiosos.
EL BANQUETE
Ya estamos casados, celebramos el banquete y al final de
este degustamos el pastel nupcial de postres.
El pastel nupcial no siempre fue comido por la novia, ya
que al principio lo arrojaban contra ella. Surgió como
uno de los numerosos símbolos de fertilidad implícitos
en la ceremonia matrimonial, ya que, hasta los tiempos
modernos, se esperaba que a un matrimonio le siguiera la
descendencia con tanta seguridad como la noche sigue al
día... y casi con la misma frecuencia.
El trigo, desde hace largo tiempo símbolo de la
fertilidad y la prosperidad, fue uno de los primeros
cereales arrojados sobre la recién desposada, y se
esperaba de las jóvenes todavía solteras que recogieran
todos los granos que pudieran a fin de asegurarse su
próximo matrimonio, tal como se hace hoy con el ramo de
la novia.
Los pasteleros de la antigua Roma, cuyas habilidades en
la repostería gozaban de mayor consideración que el
talento de los grandes constructores de la ciudad,
alteraron esta práctica. Alrededor del año 2100,
empezaron a elaborar pequeños dulces nupciales, que
habían de ser comidos, en vez de utilizados como
proyectiles.
Sin embargo, los invitados a la boda, disgustados al
verse privados de la diversión que suponía rociar a la
novia con puñados de trigo, a menudo le lanzaban también
estos pastelillos.
La práctica de comerse las migajas de los pastelillos
nupciales se difundió a través de Europa occidental. En
Inglaterra, estas migas se ingerían acompañadas por una
cerveza especial a la que se daba el nombre de “cerveza
nupcial”.
Irónicamente, estas prácticas tan austeras, a fuerza de
tiempo y de ingenio, y debido también al menosprecio
francés por todo lo británico, condujeron al más
opulento de los adornos en una boda: el pastel de
múltiples pisos.
En la década de 1660, durante el reinado de Carlos II,
un cocinero francés —cuyo nombre, por desgracia, se ha
perdido— tuvo la idea de hacer unos cuantos bizcochos
blancos en un solo pastel de varios pisos glaseado. Es
de suponer que los periódicos británicos de la época
deploraron este exceso francés, pero, antes de que
terminara aquel siglo, los reposteros británicos
ofrecían ya las mismas y magníficas creaciones.
LUNA DE MIEL
Después de la ceremonia y el banquete se acostumbra a
iniciar lo que se le llama la “luna de miel”. Existe una
pronunciada diferencia entre el significado original de
“luna de miel” y su actual connotación: un deseable y
placentero aislamiento como preludio a la vida
matrimonial. El antecedente de este término es una
antigua costumbre escandinava, un tanto cínica en su
significado, porque el aislamiento al que alude era en
otro tiempo cualquier cosa menos deseable.
Cuando un hombre de una comunidad septentrional europea
secuestraba a una joven de un poblado vecino, era
obligado que la ocultara durante un período de tiempo.
Sus amigos le proporcionaban cierta seguridad, y su
paradero sólo era conocido por el “padrino”. Cuando la
familia de la novia abandonaba su búsqueda, el hombre
regresaba a su poblado. Al menos, tal es la explicación
popular ofrecida por los folkloristas en cuanto al
origen de la luna de miel. Por tanto, luna de miel
significaba ocultamiento. Para las parejas cuyo afecto
era mutuo, las obligaciones cotidianas de la dura vida
que se llevaba en el pueblo no permitían darse el lujo
de pasar días o semanas en una placentera ociosidad.
La palabra escandinava equivalente a “luna de miel”
procede en parte de una antigua costumbre de Europa
septentrional. Los recién casados, en el primer mes de
su vida matrimonial, bebían directa mente una copa de
vino mezclado con miel. El término “miel” queda
explicado. En cuanto a “luna” procede de una
interpretación más irónica. Para los europeos del norte,
aludía el ciclo mensual de nuestro satélite, y su
combinación con “miel” sugería que no todas las lunas o
meses de la vida matrimonial eran tan dulces como la
primera.
MARCHA NUPCIAL
Hay varios complementos tradicionales en todas las
bodas. Uno de ellos es la marcha nupcial. La ceremonia
tradicional del matrimonio en la iglesia comprende dos
marchas nupciales, debidas a dos compositores clásicos.
La novia avanza hacia el altar al compás de la música
solemne y majestuosa del Coro nupcial de la ópera “Lohengrin”,
escrita por Richard Wagner en 1848. Los recién casados
salen del templo al compás de las notas más vibrantes y
alegres de la marcha nupcial de “El sueño de una noche
de verano”, escrita por Félix Mendelssohn en 1826.
Esta costumbre se remonta a los regios esponsales, en
1858, de Victoria, princesa de Gran Bretaña y emperatriz
de Alemania, con el príncipe Federico Guillermo de
Prusia. Victoria, la hija mayor de la reina Victoria de
Gran Bretaña, seleccionó personalmente esta música.
Mecenas de las artes, tenía en gran estima las obras de
Mendelssohn y poco menos que veneraba las de Wagner.
Dada la tendencia
británica a copiar los gestos de su monarquía, al poco
tiempo las novias de estas islas, tanto las
pertenecientes a la nobleza como las del pueblo llano,
se dirigieron hacia el altar siguiendo los compases de
aquellas piezas, con lo que se estableció toda una
tradición occidental.
EL VESTIDO DE NOVIA
Otro de los elementos bastante tradicionales es el
vestido. El vestido y el velo casi siempre es de color
blanco. ¿Por qué?. Durante siglos, el blanco ha sido el
símbolo de la pureza y la virginidad, pero en la antigua
Roma era el amarillo el color socialmente aceptado para
la indumentaria nupcial de una joven, y un velo de un
amarillo intenso, el flammeum, cubría su rostro.
De hecho, el velo nupcial, largo hasta los pies, se
impuso al traje de novia durante siglos, y, a su vez, el
velo facial acabó por imponerse al primero.
Los historiadores de la moda aseguran que el velo facial
fue, estrictamente, invención del varón, y uno de los
dispositivos más antiguos destinados a mantener a las
mujeres, casadas o solteras, en una categoría humilde y
servil, además de ocultarlas a las miradas de los demás
hombres.
Aunque el velo, en diversos períodos a lo largo de su
prolongada historia, sirvió también como símbolo de
elegancia y de intriga, de modestia y de luto, es un
artículo de la indumentaria femenina que seguramente las
mujeres jamás hubieran creado para sí mismas.
Con un origen oriental que se remonta al menos a 4.000
años, los velos los llevaron durante toda su vida las
mujeres solteras como señal de modestia, y las casadas
como signo de sumisión a sus esposos.
En los países musulmanes, a la mujer se le exigía
taparse la cabeza y parte del rostro cada vez que salía
de su casa. Con el tiempo, estas reglas —elaboradas por
hombres— se hicieron más estrictas y sólo se permitió
que los ojos de la mujer quedaran al descubierto, una
concesión a la necesidad, puesto que los velos antiguos
eran mucho más tupidos y podían impedir la visión.
Las costumbres eran menos severas y formalistas en los
países de la Europa septentrional. Sólo llevaban velos
las mujeres que habían sido secuestradas por sus
maridos. El color no tenía importancia, pero la
ocultación del rostro era esencial. Entre los griegos y
los romanos, alrededor del siglo IV antes de Cristo, los
velos largos y translúcidos estaban de moda para las
bodas. El amarillo llegó a convertirse en el color
preferido, tanto para el velo como para el vestido de la
desposada.
Durante la Edad Media, el color dejó de ser un factor
esencial y la importancia se atribuyó a la riqueza de la
tela y de los adornos. En Inglaterra y en Francia, la
práctica de vestir de blanco en las ceremonias nupciales
fue comentada ya por escritores del siglo XVI.
El blanco era una manifestación visual de la virginidad.
Los clérigos opinaban que la virginidad, requisito del
matrimonio, no debía ser manifestada de una manera tan
patente. A finales del siglo XVIII, el blanco era ya de
común aceptación.
EL DIVORCIO
Y para finalizar el tema de la boda falta hablar del
divorcio. Una solución cuando una pareja no se llevan
bien. Para que haya disolución formal del matrimonio,
tiene que existir un matrimonio oficial. El más antiguo
certificado de matrimonio conocido se encontró entre
unos papiros arameos, reliquias de una guarnición judía
destacada en Elefantina, una población de Egipto, en el
siglo V antes de Cristo.
En el siglo I se introdujo oficialmente un certificado
de matrimonio entre los hebreos, que sigue utilizándose
hoy con pequeñas alteraciones. También el divorcio
comenzó como un procedimiento simple y prácticamente
informal. En los primeros tiempos de Atenas y Roma, se
desconocían los fundamentos legales para la disolución
de un matrimonio, ya que un hombre podía divorciarse de
su esposa sólo con que ésta llegara a desagradarle.
En fecha tan tardía como el siglo VII, un esposo
anglosajón podía divorciarse de su esposa por los
motivos más triviales. Históricamente, el divorcio que
implicaba consentimiento mutuo estaba más extendido en
las tribus matriarcales, en las que la esposa era
considerada la fuerza procreadora y la cabeza de la
familia. En cambio, en una cultura patriarcal, en la que
los derechos procreadores y sexuales de una esposa a
menudo eran transferidos simbólicamente al marido
mediante el pago del llamado precio de la esposa, el
divorcio favorecía muy en particular los deseos y
caprichos del varón.
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COSTUMBRES RELIGIOSAS
MANOS
UNIDAS PARA LA PLEGARIA (Europa, siglo IX)
Para nuestros antepasados, uno de los gestos más
antiguos y reverentes que acompañaban a la plegaria era
alzar brazos y manos hacia el cielo. Con el tiempo, los
brazos se replegaron y se cruzaron ante el pecho,
colocando las dos muñecas sobre el corazón.
Cada una de estas posturas
posee una lógica intrínseca y una intención obvia,
puesto que Dios reside en el cielo y se tiene la
creencia de que el corazón es la sede de las emociones.
La práctica, mucho más reciente, de unir las manos
formando una especie de triángulo parece menos obvia, e
incluso resulta intrigante.
No se la menciona para nada
en la Biblia y no apareció en la Iglesia cristiana hasta
el siglo IX. Posteriormente, escultores y pintores la
incorporaron en escenas que representaban épocas muy
anteriores a su origen, el cual, al parecer, nada tiene
que ver con la religión o la adoración, y sí mucho con
la subyugación y la servidumbre.
Los historiadores de la
religión remontan este gesto al acto de atar las manos
de un prisionero, y aunque los juncos, las cuerdas o más
tarde las esposas siguieron cumpliendo su función de
defensa de la ley y el orden, las manos unidas pasaron a
simbolizar la sumisión del hombre respecto a su Creador.
Pruebas históricas
contundentes indican que la unión de las manos se
convirtió en un gesto corriente y ampliamente practicado
mucho antes de que se lo apropiara y lo formalizara la
Iglesia cristiana. Antes de que enarbolar una bandera
blanca simbolizara la rendición, un romano capturado
podía evitar la muerte inmediata adoptando esta postura
de las manos atadas.
Para los antiguos griegos,
este gesto tenía el poder mágico de refrenar a los
espíritus ocultos hasta que éstos se doblegaran al
dictado de un sumo sacerdote. En la Edad Media, los
vasallos rendían homenaje y prometían fidelidad a los
señores feudales uniendo las manos. A partir de
prácticas tan evidentes, todas ellas con una intención
común, el cristianismo asumió el gesto como signo de la
obediencia total del hombre a la autoridad civil. Más
tarde, muchos autores cristianos ofrecieron y alentaron
un origen más piadoso y pintoresco, como que las manos
unidas representaban el puntiagudo campanario de una
Iglesia.
EL
ROSARIO (India, antes del año 500 a.C.)
El término “rosario”, que
significa “corona de rosas”, apareció en la Europa del
siglo XV, pero la práctica de recitar oraciones
valiéndose de una sarta de nudos o cuentas se remonta a
los sacerdotes hindúes de antes del año 500 a.C..
También se propagó en el mundo occidental antes de la
aparición del cristianismo.
Para muchas religiones
antiguas, la repetición frecuente de una plegaria había
de incrementar su eficacia. Implorar a los dioses, a
Dios o a un santo, para que librase a los fieles, por
ejemplo de una epidemia, recitando cien veces una
oración, era dos veces más efectivo que rezar la misma
plegaria tan sólo cincuenta veces.
Muchas religiones
prescribían el número exacto de repeticiones de una
oración específica. Por ejemplo, los templarios, orden
fundada en el año 1119 para luchar en las Cruzadas,
viajaban continuamente y no podían asistir con
regularidad a las ceremonias religiosas, por lo que se
les exigía recitar el Padrenuestro cincuenta y siete
veces al día. Cuando moría uno de ellos, el número se
incrementaba hasta cien veces diarias durante una
semana.
Sencillamente, contar y
rezar simultáneamente, aunque sea con la ayuda de los
dedos, es imposible en la práctica, y por tanto se
requería una ayuda. El rosario era la ayuda perfecta
para la memoria. Los sacerdotes de la Iglesia griega
calculaban sus numerosas genuflexiones y signos de la
cruz mediante cordones provistos de un centenar de
nudos. Las personas ricas unían en sartas piedras
preciosas, trozos de vidrio y pepitas de oro.
En el siglo XI, lady Godiva,
una dama anglosajona célebre por haber protestado contra
los impuestos cabalgando desnuda a través de la ciudad
inglesa de Coventry, legó a un monasterio “un pequeño
círculo de gemas que ella misma había ensartado, para
que, pasándolas una tras otra mientras recitaba sus
oraciones, no quedara por debajo del número exacto”.
En el siglo siguiente el
rosario fue popularizado en la Iglesia católica por el
español santo Domingo, fundador de la orden de
predicadores, después llamados dominicos. En una
aparición, la Virgen María le pidió que rezara el
rosario “como remedio espiritual contra la herejía y el
pecado”.
Los etimologistas ofrecen
dos posibles orígenes para la palabra “rosario” en sí.
Muchos rosarios antiguos tenían sus cuentas talladas en
la misma madera preciosa conocida como palo rosa y se
les conocía
como
coronas de rosas. Otra teoría sostiene que el origen hay
que buscarlo en la palabra francesa “rosaire".
LA
AUREOLA (Europa y Asia, Antigüedad)
El círculo luminoso
utilizado durante siglos por los artistas para coronar
las cabezas de figuras religiosas no fue originariamente
un símbolo cristiano, sino pagano, y está incluso en el
origen de la corona real.
Hay antiguos escritos y
dibujos llenos de referencias a los nimbos de luz que
rodeaban las cabezas de las deidades.
En el arte antiguo hindú,
indio, griego y romano, las cabezas de los dioses emiten
una radiación celestial. Los reyes, para destacar su
relación especial con un dios, y la autoridad divina así
infundida en ellos, adoptaban una corona de plumas,
piedras preciosas u oro. Los emperadores romanos,
convencidos de su divinidad, rara vez aparecían en
público sin un tocado simbólico. Y la corona de espinas
colocada en la cabeza de Cristo era interpretada como
una burla pública de su reino celestial.
Con su difusión a lo largo
del tiempo, el círculo luminoso perdió su asociación con
los dioses paganos y se convirtió en símbolo por derecho
propio para numerosas confesiones, con una notable
excepción. Los padres de la primitiva Iglesia católica,
teniendo en cuenta las raíces paganas de la aureola,
trataron de disuadir a los artistas y escritores de que
la representaran o describieran. Los manuscritos
miniados de la Edad Media revelan que estas admoniciones
tuvieron efectos prácticamente nulos.
Los historiadores sitúan la
adopción gradual de la aureola por la Iglesia alrededor
del siglo VII, pero con una función prosaica y
utilitaria, como una especie de parasol para proteger la
estatuaria religiosa exterior contra las lluvias, la
erosión y las deposiciones de los pájaros. Las aureolas
eran entonces amplias planchas circulares de madera o de
bronce.
Milenios antes de Cristo,
los campesinos trillaban el grano amontonando las heces
de espigas sobre terreno duro, y haciendo pasar sobre
ellos, una y otra vez, una yunta de bueyes describiendo
círculos. Estos circuitos creaban un camino circular, al
que los griegos daban el nombre de “halos” (halo), que
significa literalmente “suelo circular para el
trillado”.
En el siglo XVI, cuando los
astrónomos reinterpretaron la palabra, aplicándola a las
aureolas de luz solar refractada alrededor de los
cuerpos celestiales, los teólogos se la apropiaron para
designar la corona que rodea la cabeza de un santo. Así,
como observa un moderno historiador religioso, el halo o
aureola combina tradiciones de la agricultura griega, la
deificación romana de unos gobernantes megalómanos, la
astronomía medieval y una antigua medida protectora
contra la suciedad y las inclemencias del tiempo.
TÉRMINOS RELIGIOSOS
Una de las fórmulas
religiosas más familia res y utilizadas con mayor
frecuencia, “amén”, aparece tanto en los escritos
antiguos cristianos como en los musulmanes. Esta palabra
hace trece apariciones en la Biblia hebrea, y 119 en el
Nuevo Testamento. Para los hebreos, la palabra significa
“así sea”, expresando asentimiento o acuerdo, y
significando también verdad.
Así, un erudito hebreo que
terminaba un discurso o sermón con un “amén” aseguraba a
su audiencia que sus afirmaciones eran absolutamente
viables. La palabra se originó en Egipto alrededor del
año 2.500 a.C. Para los egipcios, Amon significaba “el
oculto”, y era el nombre de su principal deidad, que en
cierto tiempo fue adorada en todo el Próximo Oriente.
Igual que culturas posteriores invocaban a su dios
principal con la exclamación “¡Por Júpiter!”, los
egipcios apelaban a su deidad, diciendo: “¡Por Amon!”.
Fueron los hebreos quienes
adoptaron la palabra, le dieron un nuevo significado y
la transmitieron a los cristianos. He aquí los orígenes
de otros términos religiosos corrientes:
Cuando Cristo oraba, se refería al Dios Todopoderoso
como “abba”, palabra que procede del hebreo “Ab”, que
significa “Padre”. San Pablo, al tocar este tema,
recomendó a los cristianos emplear el término cuando se
dirigieran al Señor. Con el tiempo, el prior de un
monasterio recibió el título de “abad”, para indicar que
era el padre espiritual de los monjes.
El término “Evangelista”
procede del griego “ebangelión”, que significa “buena
nueva”, ya que el predicador errante era considerado un
mensajero de Dios y portador de buenas noticias. Los
cuatro autores de los Evangelios, Mateo, Marcos, Lucas y
Juan, fueron conocidos como los cuatro evangelistas.
La palabra “Monje” viene del
latín “monachus”, que significa anacoreta, fraile, y
cuyo origen es “el que vive solo”. Muchos de los datos
históricos más antiguos, sagrados y seculares, son
escritos de monjes, que en la época más oscura de la
Edad Media se contaron entre los pocos que tenían cierta
ilustración. De esta palabra procede también el femenino
“monja”, pero parece que su uso es más reciente, puesto
que escritos medievales se refieren todavía a ellas como
“mujeres de religión”.
El término “Pastor” tiene su
origen en el latín “pastor”. Se aplicó a los ministros
de la religión, tradicionalmente considerados como
pastores de sus rebaños. Cristo se designó a sí mismo el
“Buen Pastor”, dispuesto a ofrecer su vida por sus
ovejas.
Reverendo es el tratamiento
dado a los clérigos desde los siglos XVI y XVII. Procede
del latín “reverendus”, que significa “digno de
respeto”.
El término “Vicario” tiene
la connotación de “sustituto” o “representante”. Los
vicarios son representantes de Cristo en la tierra, y el
Papa ostenta el título de “Vicario de Cristo”.
La palabra “pontífice”
procede del latín “pontifex”, que quiere decir
“constructor de puentes”, ya que una de las principales
funciones del pontífice es construir un puente entre
Dios y la humanidad.
La palabra “sede” procede
también del latín “sedes” y significa “asiento”. Hace
referencia al centro que ocupa el obispo de Roma, que
ostenta el nivel más alto en la autoridad eclesial. La
residencia del Papa es conocida como “Santa Sede”.
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SALUDOS ( Egipto, 2.500 a.C.)
En su uso más antiguo, al menos que
sepamos, un apretón de manos significaba la
transmisión de poder de un Dios a un gobernante
terrenal. Esto se refleja en el verbo egipcio
“dar”, cuyo
jerofífico
era una representación de una mano extendida.
En Babilonia, alrededor del año 1.800 a.C., se
exigía que el rey estrechara las manos de una
estatua de Marduk, la deidad principal de la
civilización. Este acto, que tenía lugar
anualmente durante las fiestas del Año Nuevo,
servía para transferir autoridad al soberano
durante un
año
más.
Tan persuasiva era
la ceremonia que, cuando los asirios derrotaron
a Babilonia y la ocuparon, los subsiguientes
reyes asirios se sintieron obligados a adoptar
el ritual, por temor a ofender a un poderoso ser
celestial.
Es este aspecto del
apretón de manos el que Miguel Ángel pintó tan
soberbiamente en el techo de la capilla Sixtina.
El folklore ofrece
un origen anterior y más hipotético del apretón
de manos. El aldeano de la antigüedad que
encontraba a un hombre al que no reconocía,
reaccionaba automáticamente echando mano a su
daga. El desconocido hacía lo mismo y, durante
un rato, los dos describían círculos
cautelosamente, uno frente al otro. Si ambos
llegaban al convencimiento de que la situación
exigía un parlamento en vez de un combate a
muerte, las dagas eran enfundadas de nuevo y se
extendían las manos diestras como gesto de buena
voluntad. Esto explica que las mujeres, que a lo
largo de la historia nunca han portado armas, no
adoptaran la costumbre del apretón de manos.
Otras costumbres relacionadas con el saludo
tienen también orígenes antiguos. La práctica
caballeresca de quitarse o levantar el sombrero
se remonta a la época de los asirios, cuando a
los cautivos se les exigía desnudarse por
completo para demostrar que aceptaban ser
subyugados por sus conquistadores.
Los griegos exigían
a sus nuevos criados desnudarse de la cintura
para arriba. Quitarse una prenda de vestir se
convirtió en un acto de respeto corriente.
Los romanos no se
acercaban a un santuario sin antes haberse
despojado de las sandalias, y una persona de
menos rango se descalzaba antes de entrar en la
casa de un superior, costumbre que los japoneses
mantienen todavía, aunque modificada.
En Inglaterra, las
mujeres se quitaban los guantes al ser
presentadas a los personajes de la realeza. De
hecho, otros dos gestos, masculino uno y
femenino el otro, son vestigios de actos de
subyugación o respeto como la inclinación y la
reverencia. Esta última fue, en otro tiempo, una
genuflexión completa.
En Europa, durante
la Edad Media, el símbolo de servidumbre ante un
señor feudal consistía en descubrirse la cabeza.
El mensaje implícito era el mismo de tiempos
anteriores: “Soy tu obediente servidor”. Tan
persuasivo era este gesto que lo adoptó la
Iglesia, al exigir que los hombres se destocaran
al entrar en un templo.
Con el tiempo, para
el hombre se convirtió en una regla corriente de
etiqueta mostrar respeto a un igual simplemente
levantando su sombrero.
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TRADICIONES FÚNEBRES
(Asia occidental, hace 50.000 años)
La prueba más
antigua de una tradición funeraria ha sido adjudicada al
hombre de Neanderthal, del Asia occidental, clasificado,
al igual que nosotros, como Homo sapiens. A menudo, las
ilustraciones representan al hombre de Neanderthal como
una criatura primitiva, con una frente estrecha, nariz
ancha y expresión bruta. En realidad, muchos
neandertalenses poseían clásicas facciones europeas, así
como una piel blanca y desprovista de vello.
A juzgar por los cráneos
descubiertos, los paleontólogos calculan que el hombre
de Neanderthal tenía una capacidad cerebral equivalente
a la nuestra. Estos antepasados nuestros iniciaron la
práctica de enterrar a sus muertos acompañándolos con
unos ritos funerarios. Inhumaban el cuerpo del difunto,
junto con alimentos, armas de caza y carbón vegetal, y
cubrían el cadáver con flores. Una tumba de Neanderthal
descubierta en Shanidar, Irak, contenía el polen de ocho
especies florales diferentes. Hace 50.000 años, el
hombre ya asociaba el fuego con los entierros, puesto
que hay restos de antorchas en tumbas del Neanderthal,
aunque todavía desconocemos su significado.
Mucho más tarde, los antiguos romanos creían
que las antorchas funerarias guiaban el alma del difunto
hacia su morada eterna, y nuestras palabras “funeral”
procede del latín “funus”, que quiere decir precisamente
“antorcha”. Además de la palabra “funeral”, los romanos
nos legaron la moderna práctica de encender cirios en
las ceremonias fúnebres.
Unas velas encendidas alrededor del
difunto se suponía que ahuyentaban los espíritus que
intentaban reanimar el cadáver y tomar posesión de él. Y
puesto que el dominio de los espíritus era la oscuridad,
se suponía que huían de la luz. Fue el temor al mundo de
los espíritus, más bien que el respeto a los seres
queridos difuntos el origen de la mayoría de nuestras
tradiciones funerarias modernas.
EL NEGRO PARA EL LUTO
Nosotros llevamos prendas negras en
un entierro o funeral como signo de respeto al difunto.
Sin embargo, fue el temor a un pariente muerto, y no
digamos a un enemigo o extraño difunto, lo que restauró
el negro como nota distintiva de luto en el mundo
occidental.
Esta costumbre es muy antigua. El
hombre primitivo creía que sin una vigilancia continua,
el espíritu del muerto entraba en el cuerpo de los vivos
y los poseía. Pruebas antropológicas sugieren que los
hombres blancos primitivos se pintaban de negro el
cuerpo para asistir a los entierros, a fin de
disfrazarse de espíritus. Y hay pruebas mucho más
recientes, en este siglo y en el pasado, procedentes de
tribus africanas negras que se embadurnaban los cuerpos
con el color opuesto, un blanco de yeso, para evitar el
reconocimiento y la posesión por parte de los muertos
recientes.
A partir de la pintura negra
corporal, los antropólogos llegan al atuendo funerario
negro, que en muchas sociedades vestían los parientes
más próximos del difunto o difunta, durante semanas o
meses, como un camuflaje protector. El velo que cubría
la cara de la mujer enlutada tuvo su origen en este
temor.
En
los países mediterráneos, la viuda llevaba un velo y
prendas negras durante todo el año, para ocultarse del
espíritu merodeador de su marido. Por tanto, el color
negro no significa respeto, sino que para una persona
con piel blanca constituye una máscara defensiva.
EL ATAÚD
Los antiguos sumerios enterraban a
sus difuntos en cestos tejidos con juncos trenzados.
Pero, una vez más, el temor a los difuntos explica los
orígenes del ataúd o del sarcófago.
En el norte de Europa se tomaban
medidas drásticas para impedir que los muertos
persiguieran a los vivos. Frecuentemente se ataba el
cuerpo del difunto, después de decapitarlo y amputarle
los pies. Para plantearle más obstáculos, camino del
cementerio se seguía un trayecto sinuoso, para que no
supiera encontrar de nuevo la ruta de su casa.
En muchas culturas, los muertos eran
sacados de sus casas no a través de la puerta principal,
que tan familiar les había sido, sino por un agujero en
la pared, practicado para la ocasión y que era cerrado
inmediatamente.
Si bien un entierro a un metro y
medio o dos bajo tierra se consideraba una buena
precaución, resultaba más seguro encerrar primero al
difunto en un ataúd de madera. Clavar la tapa
proporcionaba una protección adicional. No sólo muchos
de los ataúdes primitivos eran asegurados con numerosos
clavos, demasiados, según los arqueólogos, no sólo para
evitar que se cayera la tapa durante la procesión
funeraria, sino que, una vez depositado el ataúd en la
tumba, se colocaba una piedra grande y pesada sobre su
tapa, antes de cubrirlo con tierra.
Cerrado ya el sepulcro, se colocaba en él otra piedra
todavía mayor, que más tarde dio lugar a las lápidas.
Mucho más adelante en la historia, los deudores
encargaban con todo su afecto una lápida provista de
inscripciones, y visitaban con el mayor respeto la
tumba, pero antes de que se instaurase esta práctica
piadosa, los familiares y los amigos jamás se
aventuraban a pasar cerca del lugar donde reposaban sus
difuntos.
COCHE FÚNEBRE
Después de labrar sus campos, el
campesino romano rastrillaba la tierra con un “hirpex”,
un útil triangular, de madera o de hierro, con púas
fijadas a un lado. En el año 51 a.C., cuando los
romanos, bajo el mando de Julio César, completaron su
conquista de la Galia, introdujeron el “hirpex”,
rastrillo en latín, en Europa occidental.
Los habitantes de las Islas
británicas llamaron “harrow” a esta herramienta, y el
nombre cambió de nuevo en el siglo XI cuando los
normandos invadieron Inglaterra y adoptaron la
pronunciación “herse”. Los conquistadores normandos
observaron que el rastrillo, una vez invertido, se
parecía a sus candelabros de iglesia, y tales
candelabros, que suelen encontrarse sobre el altar,
siempre han sido parte integrante de las ceremonias
fúnebres. En aquellos tiempos, los de mayor tamaño se
colocaban sobre el túmulo durante las exequias de las
personas distinguidas.
En el siglo XI, el progreso del
rastrillo fue tal que llegó a medir casi dos metros de
longitud, por lo que precisaba docenas de velas o
cirios, y constituía en muchas ocasiones una obra
maestra de artesanía. Durante el cortejo funerario, se
le trasladaba ya sobre la tapa del ataúd.
En el
siglo siguiente, en Inglaterra, el carro con ruedas que
transportaba el féretro fue conocido como “hearse”, que
era entonces la pronunciación usual británica. Así fue
como el rastrillo agrícola se convirtió en el coche
funerario, todavía hoy llamado en inglés “hearse”.
El paso del coche o carroza de
caballos al vehículo motorizado es, desde luego, muy
reciente. Resulta interesante observar que la marcha
lenta de los entierros no es tan sólo una señal de
respeto para el dlifunto. Recuerda días ya muy remotos,
en los que las velas encendidas formaban parte de este
ceremonial, pues, por más que los acompañantes caminaran
con mesura y reverencia, la solemnidad de su paso estaba
influida también por la necesidad práctica de mantener
las velas encendidas.
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