Eduardo Galeano es un montevideano nacido en
1940 con una larga carrera dentro del mundo periodístico,
premiada en diversas ocasiones. En este libro pretende y
consigue demostrar que el mundo está "al revés" y que el
comportamiento humano no sigue la lógica "humana" y ni siquiera
la "animal" en miles de casos, premiando al "malo" y castigando
al "bueno", los que deberían hacer algo, hacen justo lo
contrario, lo valioso se minusvalora y lo absurdo se adora...
El libro es una guía de las barbaridades que
el género humano es capaz de cometer. Por supuesto, no es una
guía completa, porque para ello harían falta, por desgracia
bastantes libros como ese. Es, en definitiva, una guía para
aprender a mantener el "mundo al revés".
Puede dar la sensación de que el autor es un
poco exagerado y poco parcial. No obstante, antes de hacer esa
afirmación se debe hacer un examen de la parcialidad personal,
porque antes de juzgar es bueno y necesario ponerse en el lugar
de todas las partes y, especialmente de los que más sufren para
entender su sufrimiento. Es esa "empatía" que reclama el Nobel
de Economía, Amartya K. Sen en su obra Nuevo examen de la
desigualdad" (1992). El error de no usar la empatía está
magistralmente expresado en unos versos del dramaturgo y poeta
alemán Bertolt Brecht (1898-1956): "Primero se llevaron a los
comunistas, pero a mi no me importó porque yo no era comunista.
Enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mi no me importó
porque yo tampoco era obrero. Después detuvieron a los
sindicalistas, pero a mi no me importó porque yo no soy
sindicalista. Luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy
religioso tampoco me importó. Ahora me llevan a mí pero ya es
demasiado tarde".
Al principio del libro se exponen unas
palabras de Al Capone, uno de los mafiosos más famosos de toda
la Historia de Estados Unidos: "Hoy en día, ya la gente no
respeta nada. Antes, poniamos en un pedestal la virtud, el
honor, la verdad y la ley... La corrupción campea en la vida
americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la
corrupción es la única ley. La corrupción está minando este
país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras
vidas."
Según Galeano "la economía mundial es la más
eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos
internacionales que controlan la moneda, el comercio y el
crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y
contra los pobres de todos los países, con una frialdad
profesional y una impunidad que humillan al mejor de los
tirabombas. (...) Los pistoleros que se alquilan para matar
realizan, en plan minorista, la misma tarea que cumplen, en gran
escala, los generales condecorados por crímenes que se elevan a
la categoría de glorias militares. (...) Los violadores que más
ferozmente violan la naturaleza y los derechos humanos, jamás
van presos. Ellos tienen las llaves de las cárceles. En el mundo
tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz
universal son los que más armas fabrican y los que más armas
venden a los demás países; los bancos más prestigiosos son los
que más narcodólares lavan y los que más dinero robado guardan;
las industrias más exitosas son las que más envenenan el
planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante
negocio de las empresas que lo aniquilan. Son dignos de
impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de
gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de
dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor
cantidad de naturaleza al menor costo."
Así, no es extraño que el eterno personaje de
Quino, esa entrañable Mafalda se preguntara si los derechos
humanos los escribió Esopo.
Tampoco la ambición está libre de las
críticas en esta obra: "Quien no está preso de la necesidad,
está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener
las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de
perder las cosas que tienen."
En el capítulo titulado "Curso básico de
injusticia" se critica la publicidad que fomenta el consumo
desmedido, porque ese consumo no es sostenible: "La publicidad,
¿estimula la demanda o, más bien, promueve la violencia? La
televisión ofrece el servicio completo: no sólo enseña a
confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que,
además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia".
"La economía mundial exige mercados de
consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción
creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia, pero
a la vez exige brazos y materias primas a precio irrisorio, para
abatir sus costos de producción. El mismo sistema que necesita
vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos."
Como dice Galeano esto es fuente de desigualdades sociales
graves, principalmente pero no exclusivamente entre los países
ricos y pobres. Porque en demasiadas ocasiones las cosas no se
venden a su auténtico costo. El precio de las cosas no suele
incluir, por ejemplo, los costos de los daños producidos a la
naturaleza, ni los costos de pagar salarios dignos y respetar
derechos básicos. Así, concluye diciendo que "nunca ha sido el
mundo tan escandalosamente injusto", algo en lo que también
coincide el teólogo jesuita José Mª Castillo, en su libro "La
Iglesia que Quiso el Concilio" (2001).
Algunos de los datos que demuestran esa
asombrosa injusticia no pueden justificarse fácilmente sin hacer
un esfuerzo para autoperdonarnos, sobre todo, porque los que
están a favor de las ventajas de la globalización suelen evitar
descubrir los inconvenientes de ésta, o bien, los esquivan
como si fueran los "daños laterales" de cualquier guerra: "Una
mujer embarazada corre cien veces más riesgo de muerte en África
que en Europa. El valor de los productos para mascotas animales
que se venden, cada año, en los Estados Unidos, es cuatro veces
mayor que toda la producción de Etiopía. Las ventas de sólo dos
gigantes, General Motors y Ford, superan largamente el valor de
la producción de toda el África negra. Según el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo, diez personas, los diez
opulentos más opulentos del planeta, tienen una riqueza
equivalente al valor de la producción total de cincuenta países,
y cuatrocientos cuarenta y siete multimillonarios suman una
fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la humanidad."
A pesar de los datos, el autor no pierde el humor y cita una
pintada callejera que parece resumir el espíritu del mundo:
"¡Combata el hambre y la pobreza! ¡Cómase un pobre!". "Cada vez
cuesta más lo que el sur compra, y cada vez vale menos lo que
vende" y encima "el sur lleva muchos años trabajando de basurero
del norte".
"Paradójicamente, muchos trabajadores del sur
del mundo emigran al norte, o intentan contra viento y marea esa
aventura prohibida, mientras muchas fábricas del norte emigran
al sur. El dinero y la gente se cruzan en el camino. El dinero
de los países ricos viaja hacia los países pobres atraído por
los jornales de un dólar y las jornadas sin horarios, y los
trabajadores de los países pobres viajan, o quisieran viajar,
hacia los países ricos, atraídos por las imágenes de felicidad
que la publicidad ofrece o la esperanza inventa." Ejemplos no
faltan como el escándalo de algunas empresas deportivas (Nike,
Adidas...) que emplean mano de obra infantil sin las más mínimas
medidas de seguridad. O empresas petrolíferas que esquilman la
naturaleza (como Texaco en Ecuador). "La cadena McDonald's
regala juguetes a sus clientes infantiles. Esos juguetes se
fabrican en Vietnam, donde las obreras trabajan diez horas
seguidas, en galpones cerrados a cal y canto, a cambio de
ochenta centavos. Vietnam había derrotado la invasión militar de
los Estados Unidos; y un cuarto de siglo después de aquella
hazaña, que muchos muertos costó, el país padece la humillación
globalizada." Y estas empresas lo tienen y lo ponen muy claro:
"Si no se portan bien, nos vamos a filipinas, o a Tailandia, o a
Indonesia, o a China, o a Marte. Portarse mal significa:
defender la naturaleza o lo que quede de ella, reconocer el
derecho de formar sindicatos, exigir el respeto de las normas
internacionales y de las leyes locales, elevar el salario
mínimo."
Centrándose en latinoamérica, indica que "es
una economía esclavista que se hace la posmoderna: paga salarios
africanos, cobra precios europeos, y la injusticia y la
violencia son las mercancías que producen con más alta
eficiencia." Y hace una aclaración muy grave: "nunca nadie en la
historia de América latina ha sido obligado a devolver el dinero
que robó". Pero claro, y esto en todo el mundo, el mayor
problema es que "los políticos sin escrúpulos no hacen más que
actuar de acuerdo con las reglas de juego de un sistema donde el
éxito justifica los medios que lo hacen posible, por sucios que
sean".
En todo el mundo la pobreza mata, pero "desde
el punto de vista del poder, el exterminio no viene mal, al fin
y la cabo, si en algo ayuda a regular la población, que está
creciendo demasiado. Los expertos denuncia los excedentes de
población al sur del mundo", aunque sea en los países ricos
donde se vive con menos espacio y con más despilfarro.
"El código moral del fin del milenio no
condena la injusticia, sino el fracaso". Como ejemplo de esto se
cita el caso de "Robert McNamara, que fue uno de los
responsables de la guerra del Vietnam" y que "reconoció que la
guerra fue un error", pero "no fue un error porque fuera
injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante
sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota,
no en la injusticia. (...) Que la primera potencia militar del
mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que
todas las bombas arrojadas durante la II Guerra Mundial es un
detalle que carece de importancia. Al fin y la cabo, en su larga
matanza, los Estados Unidos habían estado ejerciendo el derecho
de las grandes potencias a invadir a quien sea y obligar a lo
que sea." Otro curioso ejemplo es el del "almirante
retirado Gene LaRocque, de la marina de guerra de los Estados
Unidos", que a propósito de la Guerra del Golfo comentó: «Ahora
matamos a la gente sin verla jamás. Se aprieta un botón a miles
de millas de distancia. Es la muerte por control remoto, sin
sentimientos ni remordimientos... Y entonces, regresamos a casa
en triunfo»."
Eduardo Galeano critica la ligereza y el
partidismo con el que se usa el término "libertad de comercio".
Por ejemplo, "Inglaterra, Holanda y Francia ejercían la
piratería, en nombre de la libertad de comercio, mediante los
buenos oficios de sir Francis Drake, Henry Morgan, Piet Heyn,
François Lolonois y otros neoliberales de la época". Otro
ejemplo: "Cuando los Estados Unidos se independizaron de
Inglaterra, lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de
comercio y las telas norteamericanas, más caras y más feas que
las telas inglesas, se hicieron obligatorias (...) después, sin
embargo, los Estados Unidos enarbolaron la libertad de comercio
para obligar a muchos países latinoamericanos al consumo de sus
mercancías". También, "los soldados británicos impusieron el
consumo de opio en China, a cañonazos", ya que "la reina
Victoria fue, además la mayor traficante de drogas del siglo XIX",
convirtiendo al opio como la mercancía más valiosa del comercio
imperial. La guerra del Opio (1839-1842) comenzó cuando el
emperador Chino, preocupado por el incremento del consumo de
opio, prohibió la importación del opio el cual era
comercializado por contrabandistas británicos. La respuesta de
Gran Bretaña fue bombardear Cantón y ocupar Shanghai. En 1841,
por ejemplo, en la toma del puerto de Tin-hai, murieron 3
británicos y más de 2000 chinos. Al término de la guerra, los
británicos se quedaron con Hong Kong y China tuvo que abrir más
sus fronteras al "libre comercio". Más cosas: "la industria
británica redujo a la India a la última miseria, y la banca
británica ayudó a financiar el exterminio del Paraguay". Al fin
y al cabo, la era colonial necesitó del racismo tanto como
necesitó de la pólvora". Pero el fin de la era colonial no fue
el fin del racismo ni el fin de la injusticia. Veamos dos
ejemplos: "En 1986, un diputado mexicano visitó la cárcel de
Cerro Hueco, en Chiapas. Allí encontró a un indio tzotzil, que
había degollado a su padre" el cual "llevaba tortillas y
frijoles, cada mediodía, a su hijo encarcelado. Aquel preso
tzotzil había sido interrogado y juzgado en lengua castellana,
que él entendía poco o nada, y con ayuda de una buena paliza
había confesado ser el autor de una cosa llamada parricidio." El
otro ejemplo, en Europa: "En la Copa del Mundo que ganó Francia
en el 98, eran inmigrantes casi todos los futbolistas que
vestían la camiseta azul y al son de la Marsellesa iniciaban
cada partido. Una encuesta realizada en esos días confirmó que
cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas, pero
todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y
los árabes fueran hijos de Juana de Arco."
En definitiva, "países en desarrollo es el
nombre con que los expertos designan a los países arrollados por
el desarrollo ajeno". Otras frases para reflexionar: "Quien no
tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Los
automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen
miedo de ser atropellados."
Este libro plantea que en muchos casos y en
ciertos países las cárceles están llenas de presos por ser
pobres o por actos a los que la pobreza les empuja, mientras los
que mantienen esa pobreza no sufren condena: "Los presos son
pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en
países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente
recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado o cuando
se desploma un edificio construido sin cimientos." Como el caso
del terremoto de México en Septiembre de 1985 que provocó unos
5000 muertos.
Contra la hipocresía de los países ricos
también arremete, especialmente contra los grandes vendedores de
armas, principalmente "Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y
Rusia. En la lista, algunos lugares más atrás también figura
China. Y estos son, casualmente, los cinco países que tienen
derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas. (...) O sea: la paz mundial está en manos de las
cinco potencias que explotan el gran negocio de la guerra":
"Los países que más armas venden al mundo son los mismos países
que tienen a su cargo la paz mundial. (...) La industria de las
armas, venta de muerte, exportación de violencia, trabaja y
prospera. El mundo ofrece mercados firmes y en alza, mientras la
siembra universal de la injusticia continúa dando buenas
cosechas y crecen la delincuencia y la drogadicción, la
agitación social y el odio nacional, regional, local y
personal." Se pueden citar muchos casos: como las injusticias
cometidas por Israel (como estado) contra los palestinos con el
apoyo directo e indirecto de Estados Unidos. Otro caso es el de
Arabia Saudita, un país muy criticado por Amnistía Internacional
por sus continuas violaciones de los Derechos Humanos, pero que
no teme a nada porque sus intercambios de "petróleo por
armamentos, permite a la dictadura saudí ahogar en sangre la
protesta interna, y permite a los Estados Unidos y a Gran
Bretaña alimentar sus economías de guerra y asegurar sus fuentes
de energía (...) [mientras] jamás vemos, escuchamos ni leemos
ninguna denuncia de las atrocidades de Arabia Saudita", ya que
el rey saudí "paga esas millonadas por las armas y, de paso,
compra impunidad".
"Los miembros permanentes del Consejo de
Seguridad gozan del derecho de hacer lo que se les cante", de
forma curiosamente legal. Ejemplos no faltan: "Estados
Unidos pudieron bombardear impunemente el barrio más pobre de la
ciudad de Panamá y, después, pudieron arrasar Irak; Rusia pudo
castigar a sangre y fuego los clamores de independencia en
Chechenia; Francia pudo violar el Pacífico sur con sus
explosiones nucleares; y China puede seguir fusilando,
legalmente, cada año, diez veces más gente que la que cayó
acribillada, a mediados del 89, en la plaza de Tien An Men. Como
antes había ocurrido en la guerra de las islas Malvinas, la
invasión de Panamá sirvió para que la aviación militar probara
la eficacia de sus nuevos modelos; y la televisión convirtió a
la invasión de Irak en una universal vidriera de exhibición de
las nuevas armas que se ofrecían al mercado; Vengan a ver las
novedades de la muerte en la gran feria de Bagdad. (...) Bien
decía don Teodoro Roosevelt que «ningún triunfo pacífico es tan
grandioso como el supremo triunfo de la guerra». En 1906, le
dieron el Premio Nobel de la Paz."
"La industria norteamericana de armamentos
practica la lucha contra el terrorismo vendiendo armas a
gobiernos terroristas, cuya única relación con los derechos
humanos consiste en que hacen todo lo posible por aniquilarlos."
Por desgracia, tiene razón el autor al afirmar que "nunca falta
alguna guerra", aunque nunca los periodistas se planteen "¿A
quien da de ganar esta tragedia? «La cara del verdugo está
siempre bien escondida», cantó alguna vez, Bob Dylan."
"Hay treinta y cinco mil armas nucleares en
todo el mundo. Los Estados Unidos poseen la mitad, y la otra
mitad pertenece a Rusia y, en menor medida, a otras potencias.
Los dueños del monopolio nuclear ponen el grito en el cielo
cuando India, o Pakistán, o quien sea, realiza el sueño de la
explosión propia, y entonces denuncian el peligro que el mundo
corre: cada una de esas armas puede matar a varios millones de
personas, y unas cuantas bastarían para acabar con la aventura
humana en el planeta, y con el planeta también. Pero las grandes
potencias jamás dicen cuándo ha tomado Dios la decisión de
otorgarles el monopolio, ni porqué siguen fabricando esas armas.
(...) ¿Para asustar a quién? ¿A la humanidad entera?".
Resumiendo el sentido de su "lucha" contra las armas podemos
incluir una expresiva frase: "Si se prohíbe la industria de la
droga, industria asesina, ¿por qué no se prohíbe la industria de
armamentos, que es la más asesina de todas?", y con respecto a
la industria de las drogas, "¿Por qué los traficantes son los
más fervorosos partidarios de la prohibición?".
¿Alguien se atreve a calcular la crisis
económica que afectaría a Estados Unidos si, de repente, no
hubiera ningún conflicto armado en el mundo que estuviera
alimentado con sus armas?
Pero hay muchas formas de robar y abusar y
muchas de ellas son legales. "Suiza no participó en la guerra.
Participó en el negocio de la guerra, vendiendo sus servicios a
muy buen precio a la Alemania nazi. Un negocio brillante: la
banca suiza convertía en divisas internacionales el oro que
Hitler robaba a los países ocupados y a los judíos. (...) El oro
entraba en Suiza sin ningún inconveniente, mientras los
perseguidos por los nazis eran devueltos en la frontera. Bertold
Brecht decía que robar un banco es delito, pero más delito es
fundarlo. Después de la guerra, Suiza se convirtió en una cueva
internacional de Alí Babá para los dictadores, los políticos
ladrones, los malabaristas de la evasión fiscal y los
traficantes de drogas y de armas." También Galeano arremete
contra la especulación, el negocio de multiplicar el dinero sin
aportar ningún trabajo: "En 1997, de cada cien dólares
negociados en divisas, apenas dos dólares y medio tuvieron algo
que ver con el intercambio de bienes y servicios. En ese año, en
vísperas del huracán que barrió las Bolsas de Asia y del mundo,
el gobierno de Malasia propuso una medida de sentido común: la
prohibición del tráfico de divisas no comerciales. La iniciativa
no fue escuchada. El griterío de las Bolsas mete mucho ruido".
"En los Estados Unidos, la venta de favores
políticos es legal y puede realizarse abiertamente, sin
necesidad de disimulo ni riesgo de escándalo. Trabajan en
Washington más de diez mil profesionales del soborno, que se
ocupan de influir sobre los legisladores y los inquilinos de la
Casa Blanca. (...) Johnnie Chung, un hombre de negocios que
reconoció haber hecho donaciones ilegales, explicó en 1998: «La
Casa Blanca es como el Metro: para entrar, hay que poner
monedas»." Una de las más recientes demostraciones de esto está
en el caso del presidente Bush hijo: Antes de las elecciones
prometió medidas de protección del medio ambiente. Después de
salir elegido, en las elecciones más dudosas de la historia de
los Estados Unidos, hizo los favores pertinentes a la industria
del petróleo, olvidando las promesas electorales que había
vociferado algunas semanas antes. También la industria
armamentística es conocida como una de sus mayores fuentes
financieras y, a ello se debe gran parte de las bombas tiradas
en Afganistán, y su "mirar hacia otro lado" en el caso de la
violencia de Israel contra el pueblo palestino.
"La violencia engendra violencia, como se
sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la
violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en
objeto de consumo." En definitiva, "poco pueden las leyes
jurídicas contra las leyes económicas, y la economía capitalista
genera concentración de poder tan inevitablemente como el
invierno genera frío. (...) La tecnología pone la imagen, la
palabra y la música al alcance de todos, como nunca antes había
ocurrido en la historia humana; pero esta maravilla puede
convertirse en un engaña pichanga si el monopolio privado
termina por imponer la dictadura de la imagen única, la palabra
única y la música única. (...) Como dice el periodista argentino
Ezequiel Fernández-Moores, a propósito de la información:
«Estamos informados de todo, pero no nos enteramos de nada»."
En el capítulo "Lecciones contra los vicios
inútiles" critica un mundo en el que "El trabajo es el vicio más
inútil. No hay en el mundo mercancía más barata que la mano de
obra. (...) El desarrollo de la tecnología no está sirviendo
para multiplicar el tiempo de ocio y los espacios de libertad,
sino que está multiplicando la desocupación y está sembrando el
miedo. (...) Cada vez hay más desocupados en el mundo. Al mundo
le sobra cada vez más gente. (...) La globalización es una
galera, donde las fábricas desaparecen por arte de magia,
fugadas a los países pobres; la tecnología que reduce
vertiginosamente el tiempo de trabajo necesario para la
producción de cada cosa, empobrece y somete a los trabajadores,
en lugar de liberarlos de la necesidad y de la servidumbre; y el
trabajo ha dejado de ser imprescindible para que el dinero se
reproduzca. Son muchos los capitales que se desvían hacia las
inversiones especulativas. Sin transformar la materia, y sin
tocarla siquiera, el dinero se reproduce con más fecundidad
haciendo el amor consigo mismo. Siemens, una de las mayores
empresas industriales del mundo, está ganando más con sus
inversiones financieras que con sus actividades productivas.
(...) El asombroso aumento de la productividad operado por la
revolución tecnológica no sólo no se traduce en una elevación
proporcional de los salarios, sino que ni siquiera disminuye los
horarios de trabajo en los países de más alta tecnología." Hay
una excepción: "Francia decidió, en mayo del 98, reducir la
semana laboral de 39 a 35 horas, dando así una elemental lección
de cordura", aunque no todos estuvieron de acuerdo en la medida.
En el capítulo "Clases magistrales de
impunidad" se revelan algunos de los casos más escandalosos de
este mundo al revés. Por ejemplo: "Las empresas petroleras Shell
y Chevron han arrasado el delta del río Níger. El escritor Ken
Saro-Wiwa, del pueblo ogoni de Nigeria, lo denunció «Lo que la
Shell y la Chevron han hecho al pueblo ogoni, a sus tierras y a
sus ríos, a sus arroyos, a su atmósfera, llega al nivel de un
genocidio. El alma del pueblo ogoni está muriendo, y yo soy su
testigo». A principios de 1995, el gerente general de la Shell
en Nigeria, Naemeka Achebe, explicó así el apoyo de su empresa
al gobierno militar: «Para una empresa comercial que se propone
realizar inversiones, es necesario un ambiente de estabilidad...
Las dictaduras ofrecen eso». Unos meses más tarde, la dictadura
de Nigeria ahorcó a Ken Saro-Wiwa. El escritor fue ejecutado con
otros ocho ogonis, también culpables de luchar contra las
empresas que aniquilaron sus aldeas y redujeron sus tierras a un
vasto yermo. Muchos otros ogonis habían sido asesinados, antes,
por el mismo motivo. (...) El presidente de los Estados Unidos
declaró entonces que su país suspendería el suministro de armas
a Nigeria, y el mundo lo aplaudió." Con eso, realmente "Estados
Unidos reconocía que su país había estado vendiendo armas al
régimen carnicero del general Sani Abacha, que venía ejecutando
gente a un ritmo de cien personas por año, en fusilamiento o
ahorcamientos convertidos en espectáculos públicos."
Y es que "los Estados Unidos venden cerca de
la mitad de las armas del mundo y compran cerca de la mitad del
petróleo que consumen. De las armas y del petróleo dependen, en
gran medida, su economía y su estilo de vida." Por desgracia, la
historia de la empresa anglo-holandesa Shell es más larga: En la
isla de Curaçao, en el Caribe, instaló "una gran refinería que,
desde entonces viene echando humos venenosos sobre esa isla de
la salud. En 1983, las autoridades locales mandaron parar (...)
los expertos calcularon en 400 millones de dólares la
indemnización, mínima, que la empresa debía pagar por los males
que la naturaleza había sufrido. La Shell no pagó nada". También
es más larga la historia de la empresa norteamericana Chevron,
que "gastó muchos millones de dólares en una campaña
publicitaria que exaltaba sus desvelos por la defensa del medio
ambiente en los Estados Unidos. La campaña estaba centrada en la
protección (...) de unas maripositas azules que corrían peligro
de extinción. El refugio costaba cinco mil dólares anuales; pero
la empresa gastaba ochenta veces más para producir cada minuto
de la propaganda que alababa su vocación ecologista, y mucho más
todavía por cada minuto de emisión del bombardeo publicitario"
en TV. También es curioso que ese refugio estuviera "instalado
en la refinería El Segundo, en las arenas del sur de Los
Ángeles. Y ésta sigue siendo una de las peores fuentes de
contaminación del agua, el aire y la tierra en toda California."
En definitiva, parece que "La salvación del
medio ambiente está siendo el más brillante negocio de las
mismas empresas que lo aniquilan. En un libro reciente, The
corporate planet, Joshua Karliner brinda tres ejemplos
ilustrativos de alto valor pedagógico: el grupo General Electric
tiene cuatro de las empresas que más envenenan el aire del
planeta, pero es también el mayor fabricante norteamericano de
equipos para el control de la contaminación del aire;" También
se citan los casos de la empresa química DuPont y de la
"multinacional Westinghouse que se ha ganado el pan vendiendo
armas nucleares". Otro ejemplo, "la mismas fábricas de
armamentos que han vendido las minas (...) ofrecen su know
how para limpiar los vastos terrenos minados (...) Un
negocio redondo: arrancar minas resulta cien veces más caro que
colocarlas." Es bueno aclarar que muchos países vendedores de
armamento, como España, han firmado un acuerdo para no vender ni
fabricar este tipo de artefactos, aunque otros tipos los siguen
vendiendo sin remordimientos.
Más de esto se expone en el capítulo titulado
"La impunidad de los exterminadores del planeta", donde se
aclara, por si hiciera falta que: "Las empresas que más éxito
tienen en el mundo son las que más asesinan al mundo; y los
países que deciden el destino del planeta son los que más
méritos hacen para aniquilarlo." Galeano critica como muchas
"expresiones de la preocupación oficial por la ecología" son
mera hipocresía "que nadie cumple", porque "el lenguaje del
poder otorga impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la
imponen por modelo universal en nombre del desarrollo y también
a las grandes empresas que, en nombre de la libertad, enferman
al planeta, y después le venden remedios y consuelos. (...) La
humanidad entera paga las consecuencias de la ruina de la
tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el
enloquecimiento del clima y la dilapidación de los bienes
mortales que la naturaleza otorga. (...) Es el veinticinco por
ciento de la humanidad quien comete el setenta y cinco por
ciento de los crímenes contra la naturaleza. (...) Cada
norteamericano echa al aire, en promedio, veintidós veces más
carbono que un hindú y trece veces más que un brasileño." Así,
los países ricos son "países y clases sociales que definen su
identidad a través de la ostentación y el despilfarro. La
difusión masiva de esos modelos de consumo, si posible fuera,
tiene un pequeño inconveniente: se necesitarían diez planetas
como éste para que los países pobres pudieran consumir tanto
como consumen los países ricos, según las conclusiones del
fundamentado informe Bruntland, presentado ante la Comisión
Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo en 1987. Las empresas más
exitosas del mundo son también las más eficaces contra el mundo.
Los gigantes del petróleo, los aprendices de brujo de la energía
nuclear y de la biotecnología, y las grandes corporaciones que
fabrican armas, acero, aluminio, automóviles, plaguicidas,
plásticos y mil otros productos, suelen derramar lágrimas de
cocodrilo por lo mucho que la naturaleza sufre."
Los abusos son incontables y van desde
patentar plantas amazónicas por parte de empresas bioquímicas
(como la ayahuasca patentada por la empresa estadounidense
International Plant Medicine Corporation), hasta el desastre de
la ciudad india de Bophal en la que otra empresa estadounidense,
Union Carbide, fue la causante de unas 6600 muertes con escasas
o nulas subvenciones por culpa de no aplicar las más básicas
medidas de seguridad que en Estados Unidos son obligatorias.
Actualmente "Union Carbide y Dow Chemical venden, en América
latina, numerosos productos prohibidos en su país, y lo mismo
ocurre con otros gigantes de la industria química mundial. En
Guatemala, por ejemplo, las avionetas fumigan las plantaciones
de algodón con pesticidas que no se pueden vender en los Estados
Unidos ni en Europa: esos venenos se filtran en los alimentos".
La empresa alemana Bayer, que ya usó la "mano de obra gratuita
de los prisioneros de Auschwitz", es el "segundo productor
mundial de pesticidas" y vende, a Uruguay por ejemplo, más de
"veinte agrotóxicos no autorizados en Alemania", algunos
considerados "altamente peligrosos por la Organización Mundial
de la Salud".
Otro de los efectos de la globalización
es que el aluminio japonés se fabrica en Brasil. "En Brasil, la
energía y la mano de obra son baratas y el medio ambiente sufre,
en silencio, el feroz impacto de esta industria sucia. Para dar
electricidad al aluminio, Brasil ha inundado gigantescas
extensiones del bosque tropical. Ninguna estadística registra el
costo ecológico de este sacrificio. Al fin y al cabo, es
costumbre: otros muchos sacrificios sufre la floresta amazónica,
mutilada día tras día, año tras año, al servicio de las empresas
madereras, ganaderas y mineras." Más datos: "en Taiwán, un
tercio del arroz no se puede comer, porque está envenenado de
mercurio, arsénico o cadmio; en Corea del Sur, sólo se puede
beber agua de la tercera parte de los ríos. Ya no hay peces
comestibles en la mitad de los ríos de China. En una carta, un
niño chileno retrató así a su país: «Salen barcos llenos de
árboles y llegan barcos llenos de autos»". Por estas causas, ya
se sabe que "la degradación ambiental será, en los próximos
años, la principal causa de los éxodos de población en los
países del sur."
En otro capítulo, "La impunidad de los
cazadores de gente", advierte que "no es negocio asesinar con
timidez. (...) Ante la ley terrena, la igualdad se desiguala
todo el tiempo y en todas partes, porque el poder tiene la
costumbre de sentarse encima de uno de los platillos de la
balanza de la justicia." Aquí se pasa revista a los crímenes
contra la humanidad y cómo estos resultan impunes: desde la
dictadura de Uruguay hasta la de Argentina, pasando por
Guatemala y el asesinato del obispo Juan Gerardi por la
publicación de cierto informe.
En su capítulo "La impunidad del sagrado
motor" critica con vehemencia el abuso de la industria del
automovilismo y de sus usuarios. No se trata de criticar el
progreso sino de criticar el abuso del progreso: "los
automóviles usurpan el espacio humano, envenenan el aire y, con
frecuencia, asesinan a los intrusos que invaden su territorio
conquistado. (...) Este fin de siglo desprecia el transporte
público" (y ya podemos añadir que el nuevo siglo XXI sigue en la
misma línea. Para llamar la atención, Galeano hace la siguiente
comparación: "La venta de autos es simétrica a la venta de
armas, y bien podría decirse que forma parte de ella: los
automóviles son la principal causa de muerte entre los jóvenes,
seguida por las armas de fuego."
"Según los cálculos del Worldwatch Institute,
si se tomaran en cuenta los daños ecológicos y otros costos
escondidos, el precio de la gasolina tendría que elevarse, por
lo menos al doble. La gasolina es, en los Estados Unidos, tres
veces más barata que en Italia, que ocupa el segundo lugar entre
los países más motorizados; y cada norteamericano quema, en
promedio, cuatro veces más combustible que un italiano, lo que
ya es decir. Esta sociedad norteamericana, enferma de autismo,
genera la cuarta parte de los gases que más envenenan la
atmósfera. (...) Cada vez que algún loco sugiere aumentar los
impuestos a la gasolina, los big three de Detroit
(General Motors, Ford y Chrysler) ponen el grito en el cielo y
desatan campañas millonarias, y de amplio eco popular,
denunciando tan grave amenaza contra las libertades públicas.
(...) Es raro el caso del político, demócrata o republicano,
capaz de cometer algún sacrilegio contra el modo de vida
nacional, fundado en la veneración de las máquinas y en el
derroche de los recursos naturales del planeta. Impuesto como
modelo universal, ese modo de vida, que identifica el desarrollo
humano con el crecimiento económico, realiza milagros que la
publicidad exalta y difunde, y que el mundo entero querría
merecer.(...) Sólo el 20% de la humanidad dispone del 80% de los
autos, aunque el 100% de la humanidad tenga que sufrir el
envenenamiento del aire. Como tantos otros símbolos de la
sociedad de consumo, el automóvil está en manos de una minoría,
que convierte sus costumbres en verdades universales y nos
obliga a creer que el motor es la única prolongación posible del
cuerpo humano."
En resumen, "en nombre de la libertad de
empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo, se
está haciendo irrespirable el aire del mundo." Galeano insiste
en la necesidad de fomentar el transporte público y las
bicicletas (y sus carriles). Un dato resulta revelador: "el
dinero que Colombia gasta cada año para subsidiar la gasolina,
alcanzaría para regalar dos millones y medio de bicicletas a la
población." Por supuesto, esta es otra cuestión de
discriminación con los países de sur ya que en ellos se sigue
usando gasolina con plomo. Resultan didácticos algunos de los
casos expuestos en el libro: ciudad de México, San Pablo, Río de
Janeiro, Santiago de Chile, Buenos Aires... por el contrario,
algunas ciudades ya se han dado cuenta de la necesidad de
reducir el espacio por donde circulan los automóviles: Amsterdam
o Florencia son un buen ejemplo de ello.
Este autor también critica el modo de vida de
la sociedad de consumo que obliga a obtener rápidos beneficios
en poco tiempo: flores sometidas a luz continua para rápido
crecimiento, gallinas a las que se les reduce las horas de sueño
y se las hace vivir hacinadamente sin casi poder moverse... y
gente que vive siempre deprisa y corriendo pero sin hacer
deporte alguno... por que además "en la última década la
«obesidad severa» ha crecido casi un 30% entre la población
joven de los países más desarrollados", especialmente Estados
Unidos en el que la obesidad ya se trata como epidemia nacional,
y determinados tratamientos son subvencionados por el gobierno.
"El país que inventó las comidas y bebidas light, la
diet food y los alimentos fat free tienen la mayor
cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se
baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión.
Sentado ante la pantalla chica, pasa 4 horas diarias devorando
comida de plástico. Triunfa la comida basura disfrazada de
comida: esta industria está colonizando los paladares del mundo
y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local" en la
"globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast
food". Así no es extraño que la empresa McDonald's sea
denunciada por ecologistas y activistas antiglobalización,
acusando a esta empresa de "maltrato a sus trabajadores, la
violación de la naturaleza y la manipulación comercial de las
emociones infantiles: sus empleados están mal pagados, trabajan
en malas condiciones y no pueden agremiarse; la producción de
carne para las hamburguesas arrasa los bosques tropicales y
despoja a los indígenas; y la multimillonaria publicidad atenta
contra la salud pública, induciendo a los niños a preferir
alimentos de muy dudoso valor nutritivo" y de un altísimo
contenido en grasa como lo han demostrado multitud de estudios.
Pero, en este mundo al revés, la publicidad
hace milagros y los anuncios embaucadores saben cómo conseguir
que el consumidor obedezca sus dictámenes. "En el último cuarto
de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo.
Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y
cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo
de consumo obligatorio. (...) No se sabe si en Navidad se
celebra el nacimiento de Jesús o de Mercurio, dios del comercio,
pero seguramente es Mercurio quien se ocupa de bautizar los días
de la compra obligatoria: Día del Niño, Día del Padre, Día de la
Madre, Día del Abuelo, Día de los Enamorados"... "La cultura de
consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso
inmediato. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta
al servicio de la necesidad de vender." La televisión tiene aquí
su parte de responsabilidad y "el televisor es inocente del uso
y del abuso que se hace de él", aunque los medios dicen siempre
lo mismo: "Ofrecemos a la gente lo que la gente quiere, y así se
absuelven; pero esa oferta, que responde a la demanda, genera
cada vez más demanda de la misma oferta: se hace costumbre, crea
su propia necesidad, se convierte en adicción. En las calles hay
tanta violencia como en la televisión, dicen los medios; pero la
violencia de los medios, que expresa la violencia del mundo,
también contribuye a multiplicarla. (...) Trabajar, dormir y
mirar la televisión son las tres actividades que más tiempo
ocupan en el mundo contemporáneo. Bien lo saben los políticos.
(...) Gracias a la pantalla chica, el presidente Reagan pudo
convencer a la opinión pública norteamericana de que Nicaragua
era un peligro. Hablando ante el mapa del norte de América, que
progresivamente se iba tiñendo de rojo desde el sur, Reagan pudo
demostrar que Nicaragua iba a invadir los Estados Unidos, vía
Texas."
"Las imágenes del hambre jamás aluden, ni
siquiera de paso, al saqueo colonial. Jamás se menciona la
responsabilidad de las potencias occidentales, que ayer
desangraron al África a través de la trata de esclavos y el
monocultivo obligatorio, y hoy perpetúan la hemorragia pagando
salarios de hambre y precios de ruina. Lo mismo ocurre con la
información sobre las guerras; siempre el mismo silencio sobre
la herencia colonial, siempre la misma impunidad para el amo
blanco que hipotecó la independencia africana, dejando a su paso
burocracias corruptas, militares despóticos, fronteras
artificiales y odios mutuos; y siempre la misma omisión de
cualquier referencia a la industria de la muerte, que desde el
norte vende las armas para que el sur se mate peleando."
"Quizás el más certero símbolo de la época
sea la bomba de neutrones, que respeta las cosas y achicharra a
los seres vivos. (...) La ciencia y la técnica que han sido
puestas al servicio del mercado y de la guerra, nos ponen a su
servicio. (...) La injusticia, motor de todas las rebeliones que
en la historia han sido, no sólo no se ha reducido en el siglo
XX, sino que se ha multiplicado hasta extremos que nos
resultarían increíbles si no estuviéramos tan entrenados para
aceptarla como costumbre y obedecerla como destino. Pero el
poder no ignora que la injusticia está siendo cada vez más
injusta, y que está siendo cada vez más peligroso el peligro.
Desde que cayó el Muro de Berlín, y los regímenes llamados
comunistas se derrumbaron o cambiaron hasta hacerse
irreconocibles, el capitalismo se ha quedado sin pretextos. En
los años de la guerra fría, cada mitad del mundo podía
encontrar, en la otra mitad, la coartada de sus crímenes y la
justificación de sus horrores. Cada una decía ser mejor, porque
la otra era peor. Ahora, súbitamente huérfano de enemigo, el
capitalismo celebra su hegemonía, y de ella usa y abusa sin
límites; pero ciertos signos indican que empieza a asustarse de
sus propios actos. (...) A diferencia de la solidaridad, que es
horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica
de arriba abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un
poquito las relaciones de poder. (...) Las grandes potencias que
gobiernan al mundo ejercen la delincuencia internacional con
impunidad y sin remordimientos. Sus crímenes no conducen a la
silla eléctrica, sino a los tronos del poder; y la delincuencia
del poder es la mamá de todas las delincuencias." Razones no le
faltan a Eduardo Galeano para esas afirmaciones y para ello
cuenta algunos casos bastante interesantes (como los de Chile,
Nicaragua o Cuba), pero más recientemente podemos también citar
el caso de Palestina, torturada hasta el horror por Israel
(matanzas y ocupación de principios de 2002) y cómo las "grandes
potencias" a las que se refiere el autor, son cómplices por
omisión, ya que se limitan en el mejor de los casos a condenar
los asesinatos, pero no toman otras medidas (dejar de vender
armas, romper relaciones comerciales y diplomáticas...).
"Los estados socialistas del este de Europa
tenían mucho de estados y poco o nada de socialistas. (...) En
nombre de la justicia, ese presunto socialismo había sacrificado
la libertad. Reveladora simetría: en nombre de la libertad el
capitalismo sacrifica la justicia cada día." El caso de Rusia y
su Moscú actual es un buen ejemplo.
Para terminar, el libro reivindica "El
derecho al delirio", el derecho a soñar con un mundo mejor,
aunque posiblemente eso no sea posible. Podemos elegir algunos
versos de ese sueño:
-
"en ningún país irán presos los muchachos
que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que
quieran cumplirlo;"
-
"los economistas no llamarán nivel de
vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida
a la cantidad de cosas;"
-
"el mundo ya no estará en guerra contra
los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar
no tendrá más remedio que declararse en quiebra;"
-
"nadie morirá de hambre, porque nadie
morirá de indigestión;"
-
"los niños de la calle no serán tratados
como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;"
-
"la educación no será el privilegio de
quienes puedan pagarla;"
-
"la policía no será la maldición de
quienes no puedan comprarla;"
-
"la justicia y la libertad, hermanas
siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse,
bien pegaditas, espalda contra espalda;"
-
"la Iglesia también dictará otro
mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la
naturaleza, de la que formas parte»;"
El libro termina diciendo que se terminó de
escribir en agosto de 1998 y que para saber cómo continúa basta
con seguir las noticias de cada día. Y efectivamente, así es.
Después de 1998 han ocurrido multitud de cosas que sin duda
deberían estar incluidas en un libro así. Por ejemplo, tras los
atentados del 11 de Septiembre, Estados Unidos se autoproclamó
como líder en la lucha contra el terrorismo y, sin embargo ha
cometido actos terroristas por los que no sólo no ha sido
condenado sino ni siquiera juzgado. No nos referimos a los
ataques contra Afganistán, de lo que mucho se podría decir, sino
por ejemplo a la matanza que durante esa guerra produjeron en
una cárcel de ese país atacándola incluso con bombas desde el
aire y matando a todos los reclusos que no tuvieron ninguna
oportunidad. Estados Unidos también pretende ser firme defensor
de los Derechos Humanos y se vanagloria de ser un defensor de
los mismos y, sin embargo, a los detenidos de Afganistán,
presuntos terroristas, los torturó en la base de Guantánamo sin
haber sido sometidos a juicio justo. Tampoco podemos olvidar que
en ese país se sigue aplicando la pena de muerte. Otro ejemplo,
en la invasión de Israel a Palestina de 2002, con el exterminio
que las tropas judías ejercieron destrozando multitud de
ciudades, Estados Unidos tardó mucho tiempo en condenar la
invasión y, en todo caso, no tiene sentido que exigiera a Israel
que se retirara de los territorios ocupados a la vez que le
vende armas a gran escala.
También en 2002 saltó la noticia de que una
empresa había conseguido descifrar el genoma del arroz y que
esto llevaría a paliar el hambre del mundo. Esa empresa pretende
hacer creer al mundo que el hambre que padece es por culpa de
que el arroz que la naturaleza ha creado es imperfecto. Pretende
hacer creer al mundo que son capaces de mejorar el arroz, sin
ningún efecto secundario, por supuesto, y que además, todo ese
inmenso trabajo lo realizan por amor a la humanidad. Los
millones de dólares que cuesta esa investigación pretenden
lógicamente ser recuperados con creces vendiendo ese arroz
cuando supuestamente lo consigan, lo cual, generará más hambre,
más diferencias sociales, más injusticia y más dependencia de
los países pobres de las multinacionales de los países ricos.
Así, los países ricos pueden sentirse bien al facilitar un arroz
"con vitaminas" evitando que los pobres tengan derecho a buscar
una alimentación rica y variada.
Por desgracia, el mundo está lleno de
noticias como esta y mientras no lo remediemos seguirá
estándolo. "Pero alguien, quién sabe quién, escribió al pasar,
en un muro de la ciudad de Bogotá: Dejemos el pesimismo para
tiempos mejores."